22 de febrero de 2017

22 de febrero: Cátedra de San Pedro

Dice el Martirologio:  "Fiesta de la Cátedra de San Pedro, apóstol, a quien el Señor dijo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». En el día en que los romanos acostumbraban a recordar a sus difuntos, se celebra la sede de aquel apóstol, cuyo sepulcro se conserva en el campo Vaticano, y que ha sido llamado a presidir en la caridad a toda la Iglesia".



El  Príncipe de los Apóstoles, en cumplimiento de su misión apostólica, se estableció primero en Antioquía,  y luego en Roma.  Para honrar esas sedes episcopales del Vicario de Cristo, se celebraban desde muy antiguo dos fiestas (22 de febrero y 18 de enero respectivamente) que más tarde se unificaron en la primera de esas fechas.

"Cátedra", propiamente, significa "asiento", "silla", "sede". La "sede" propia de cada Obispo en la iglesia madre de su diócesis (de allí llamada "catedral") simboliza la autoridad episcopal y su magisterio.   La Cátedra de San Pedro, en consecuencia,  expresa que Pedro y sus sucesores ocupan un lugar preeminente entre los Apóstoles, ya que la Sede de Pedro está llamada "a presidir en la caridad" a todas las iglesias.


Para ilustrar la entrada de hoy hemos elegido una foto tomada en la Catedral de Buenos Aires. La imagen expresa muy bien el sentido de la fiesta. San Pedro es representado sentado, es decir justamente en su cátedra, con ornamentos pontificales, tiara  y férula papal, y sosteniendo "las llaves del Reino de los Cielos".




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20 de febrero de 2017

20 de febrero: Beata Jacinta Marto

En este año del centenario de las apariciones de Fátima, queremos poner especial atención en los dos  hermanos, hoy beatos, que vieron a la Virgen en aquella ocasión y fueron sus portavoces. El Martirologio señala para hoy la memoria de Jacinta Marto:  "En Ajustrel, lugar cercano a Fátima, en Portugal, beata Jacinta Marto, la cual, siendo aún niña de tierna edad, aceptó con toda paciencia la grave enfermedad que le aquejaba y demostró siempre una gran devoción a la Santísima Virgen María".


Ilustra esta entrada una sencilla y bonita representación de los tres pastocitos de Fátima, de rodillas junto a la Virgen. Se encuentra junto a la capilla de Nuestra Señora de Fátima atendida por los Siervos de María cerca de Plar, en la provincia de Buenos Aires.


Añadamos las palabras que Juan Pablo II dedicó a Jacinta en la homilía de su beatificación, el 13 de mayo de 2000:
"Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que "no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido". Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos: "Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas".
La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: "Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí". Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: "Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores". Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.
Jacinta bien podía exclamar con San Pablo: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24). (...) Aquí, en Fátima, (...) se anunciaron estos tiempos de tribulación y nuestra Señora pidió oración y penitencia para abreviarlos".

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18 de febrero de 2017

"Santa María en sábado"


Una bella imagen de la Virgen María que se venera en la iglesia de San Roque ilustra la entrada de este sábado, consagrado -como todos los sábados del Tiempo Ordinario no ocupados por una conmemoración de mayor jerarquía- a la memoria de Santa María.




Antífona de entrada de la Misa 2 del Común de la Virgen para el Tiempo Ordinario:

Tú eres feliz, Virgen María,
porque llevaste en tu seno al Creador del universo.
Engendraste al que te creó, y para siempre permaneces virgen.


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10 de febrero de 2017

10 de febrero: Santa Escolástica

"Memoria de la sepultura de Santa Escolástica, virgen, hermana de San Benito, la cual, consagrada desde su infancia a Dios, mantuvo una perfecta unión espiritual con su hermano, al que visitaba una vez al año en Montecasino, en la Campania, para pasar juntos una jornada de santas conversaciones y alabanza a Dios",  dice el Martirologio en el día de hoy.


En el Oficio de Lecturas de hoy se lee este texto de San Gregorio Magno (Diálogos, Libro 2,33: PL 66, 194-196):
Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio. Cierto día vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo: «Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana».A lo que respondió Benito: «¿Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento». Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo: «Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?».Respondió ella: «Te lo pedí, y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio».Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y, por esto, pudo más porque amó más.
A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio cómo el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.

La paloma mencionada en el texto es el atributo iconográfico habitual de Santa Escolástica, como vemos en las fotografías, que tomé en la bella iglesia porteña consagrada a San Benito.

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5 de febrero de 2017

5 de febrero: Santa Águeda

En el barrio de Barracas, en la avenida Montes de Oca 550,  se encuentra el Santuario de  Santa Lucía, Virgen y Mártir, uno de los quince santuarios de la Arquidiócesis de Buenos Aires. La foto junto a estas líneas, que tomé en 2012, es de la puerta de ese templo.

Pero no es de Santa Lucía de quien hablaremos hoy, sino de aquella santa cuyo nombre precede inmediatamente al de Lucía en el Canon Romano: Santa Águeda, cuya Memoria se figura hoy en el Martirologio, también bajo los títulos de Virgen y Mártir (si bien por regla general la celebración es impedida este año por caer en domingo).

Águeda vivió en el siglo III en Catania, Sicilia. Había decidido consagrar su virginidad a Cristo, pero a causa de su belleza era pretendida por el prefecto romano. Ante su negativa, el funcionario la sometió a diversos vejámenes y torturas; finalmente, un verdugo le arrancó los pechos con una tenaza. Este hecho es evocado habitualmente en la representación iconográfica de la santa. 

Curada milagrosamente, es nuevamente sometida a crueles apremios y muere al ser arrojada sobre carbones encendidos. Esto ocurrió hacia el año 250. En el primer aniversario de su muerte, fue invocada su intercesión para salvar a la ciudad de una erupción del Etna, cuya lava se detuvo sin causar daños. Las actas de su martirio son tardías,  pero las noticias de su culto son muy antiguas. Águeda es venerada al menos desde el siglo VI en diversos lugares, entre ellos en Roma, siempre recordándola en la fecha del 5 de febrero.  Se atribuye a San Gregorio Magno la introducción del nombre de Águeda en el Canon Romano.



En el Oficio de Lecturas de hoy se lee esta homilía de San Metodio, Patriarca de Constantinopla, natural de Sicilia:
Hermanos, como sabéis, la conmemoración anual de esta santa mártir nos reúne en este lugar para celebrar principalmente su glorioso martirio, que pertenece ya al pasado, pero que es también actual, ya que también ahora continúa su victorioso combate por medio de los milagros divinos por los que es coronada de nuevo todos los días y recibe una incomparable gloria.
Es una virgen, porque nació del Verbo inmortal (quien también por mi causa gustó de la muerte en su carne) e indiviso Hijo de Dios, como afirma el teólogo Juan: A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.
Esta mujer virgen, la que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial que emplea el apóstol Pablo.
Una virgen que, con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la sangre del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos.
De este modo, su mística vestidura es un testimonio que habla por sí mismo a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad.
Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena»; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien.
En efecto, ¿cuál es la causa suprema de toda bondad sino aquel que es el sumo bien? Por esto, difícilmente hallaríamos algo que mereciera, como Águeda, nuestros elogios y alabanzas.
Águeda, buena de nombre y por sus hechos; Águeda, cuyo nombre indica de antemano la bondad de sus obras maravillosas, y cuyas obras corresponden a la bondad de su nombre; Águeda, cuyo solo nombre es un estímulo para que todos acudan a ella, y que nos enseña también con su ejemplo a que todos pongamos el máximo empeño en llegar sin demora al bien verdadero, que es sólo Dios.

Oración Colecta: 
Te rogamos, Señor, que la virgen santa Águeda nos alcance tu perdón, pues ella fue agradable a tus ojos por la fortaleza que mostró en su martirio y por el mérito de su castidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

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