En la ciudad de Como, en Italia, San Luis Guanella, presbítero, que fundó la Congregación de los Siervos de la Caridad y también la de las Hijas de Santa María de la Providencia, para atender a las necesidades de los desamparados y afligidos, y procurarles la salvación eterna.
(...)Después de haber conocido, admirado y exaltado la vida de un siervo de Dios, declarado auténtico seguidor de Cristo, surge en el alma la legítima, o más bien la obligada curiosidad por comprender cómo y por qué se ha producido el nuevo fenómeno de santidad en nuestra escena humana. Quisiéramos comprender el secreto y conocer el principio interior de esta santidad; quisiéramos reducir a un punto central de perspectiva las aventuradas vicisitudes, complicadas y febriles de la vida prodigiosa del nuevo beato, que se nos presenta digno de imitación y de culto. Es ésta una tendencia muy propia de la mentalidad moderna, cuando trata de estudiar una personalidad singular. Y no sería fácil conseguir clasificar bajo un solo aspecto la figura de don Guanella si él mismo no nos ayudase y casi nos obligase a ver en él solamente un resultado de la bondad divina, un fruto, un signo de la Divina Providencia.Pero este acto suyo de humildad y religiosidad no nos dice de él todo; muchos otros aspectos de su vida nos ofrecerían ese punto central que nos permitiera definir en síntesis su alma y su obra; pero ahora, como despedida y recuerdo de la beatificación de don Guanella, podemos obedecer su voz resucitada: “Es Dios quien actúa”. Y si verdaderamente prestamos oídos a esta voz, que quisiera devaluar con humildad la grandeza y el mérito de su obra, asistiremos no a una devaluación, sino a una glorificación, pues podremos concluir: la obra de don Guanella, por tanto, es obra de Dios. Y si es obra de Dios, es maravillosa, es benéfica, es santa. Crece en nosotros la alegría, pero a la vez nace un problema, un grande y delicado problema, cuyo recuerdo nos perseguirá en el futuro, precisamente, al pensar en el beato que hemos elevado a los altares; el problema de la acción divina, el problema de la Providencia, en combinación con la acción humana.¿Existe una Providencia? ¿Cómo interviene en nuestras cosas? ¿Hemos de dejar su libre curso sin querer darles sentido para esperar a que a la postre, sus designios desconocidos para nosotros en esta vida, nos sean descubiertos en la vida futura? ¿Qué postura es preciso tener ante esta imponderable acción divina en el campo de nuestra vida de resignación pasiva y fatalista que no se preocupa de lo que Dios hace ni de lo que debemos hacer con relación a el? ¿O hemos de tomar una postura de continua referencia de nuestras acciones a la voluntad divina de forma que resulten bajo aspectos diversos, pero convergentes, de Dios y nuestras? Indudablemente, es esta segunda postura la que debamos adoptar es la postura cristiana, la postura que trata de hacer de nosotros, como dice San Pablo, “colaboradores de Dios” (1 Cor 3,9). Colaborar con Dios debería ser el programa de nuestra vida. Y es el programa de los santos. Esto lo demuestra, entre otros, nuestro don Guanella, dejando de esta forma descubrir en su alma y en su obra las líneas directrices que las definen. Veremos la línea propiamente religiosa como línea maestra: se hace todo para interpretar, ejecutar y honrar la voluntad de Dios. Una gran piedad, una asidua oración, un esfuerzo de continua comunión con Dios sostiene toda la actividad del hombre de Dios; se diría que no piensa más que en esto. Y por ello una gran humildad empapa sus propósitos y esfuerzos; podría ser una gran tentación en quien realiza grandes empresas el creerse algo grande, autosuficiente, atribuirse el mérito de sus obras; pero el sentido religioso que las informa impide esta peligrosa insensatez e infunde en el siervo fiel otros dos movimientos espirituales que parecen contrarios entre sí y que, sin embargo, se corresponden y concuerdan; uno, el movimiento de tensión, y el otro, el de distensión. El primero, de tensión voluntaria; si estamos al servicio de Dios ningún esfuerzo nos debe constar, y esto es lo que más admiramos en el obrero del reino de Dios: la tenacidad, la energía, el coraje, el espíritu de heroísmo y sacrificio.
El segundo, de distensión confiada; si estamos al servicio de Dios, nada nos debe infundir temor; la confianza es nuestra verdadera fuerza, la certeza —hasta el peligro a veces— de que la asistencia del Señor, la Providencia, no nos faltará: esta confianza fuerte, positiva, amorosa es menos visible al observador profano, pero en el alma del santo es elemento principal de su fortaleza y de su grandeza.Luego ya es fácil comprender cómo un alma estructurada de esta forma en su interior, se lance con formidable audacia al cumplimiento de las obras de misericordia más nuevas y más arduas; recordamos las enseñanzas del Apóstol Santiago: “Esta es la religión pura y sin mancha: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación” (St 1,27).(...)
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| San Luis Guanella y Santa Clara Bosatta junto a la Virgen de la Divina Providencia |










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