25 de febrero de 2026

25 de febrero: Beata María Ludovica De Angelis

Transcribimos a continuación la biografía de la Beata María Ludovica De Angelis que aparece en el sitio oficial del Vaticano. 

Nacida el 24 de octubre de 1880 en Italia (en San Gregorio, pueblito de los Abruzzos, no lejano de la ciudad de L'Aquila), Sor María Ludovica De Angelis, con su llegada, primera de ocho, había colmado de alegría a sus padres quienes en la misma tarde del día del nacimiento, en la fuente bautismal, habían elegido, para su primogénita, el nombre de Antonina.

Con el correr de los años, en contacto con la naturaleza y la dura vida del campo, la niña, crecida límpida, abierta, trabajadora y ricamente sensible, se había transformado en una joven fuerte y al mismo tiempo, delicada, activa y reservada, como toda la gente de aquella espléndida tierra.

El 7 de diciembre del mismo año del nacimiento de Antonina, fallecía en Savona una hermana, que había optado dar plenitud a la propia vida siguiendo las huellas de Aquel que dijo: «Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre... Todo cuanto hagan a uno solo de estos hermanos míos, a Mí lo hacen...», era Santa María Josefa Rossello la cual dio vida, en Savona, en 1837, al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia: una Familia Religiosa que caminaba por los senderos del mundo, proponiendo con la fuerza del ejemplo el mismo ideal a muchas jóvenes.

Antonina sentía en su corazón que sus sueños encontraban eco en los sueños que habían sido los de la Madre Rossello.

Ingresó con las Hijas de la Misericordia el 14 de noviembre de 1904; en la Vestición Religiosa toma el nombre de Sor María Ludovica y tres años después de su ingreso, el 14 de noviembre de 1907, zarpa hacia Buenos Aires, donde arriba el 4 de diciembre sucesivo. Desde este momento se da en ella un florecer ininterrumpido de humildes gestos silenciosos en una entrega discreta y emprendedora.

Sor Ludovica no posee una gran cultura, al contrario. Sin embargo, es increíble cuánto logra realizar ante los ojos asombrados de quiénes la circundan. Y, si su castellano es simpáticamente italianizado, con algún toque pintoresco de "abruzzese", no le cuesta entender ni hacerse entender.

No formula programas ni estrategias, pero se dona con toda el alma.

El Hospital de Niños, al cual es enviada, y que inmediatamente adopta como familia suya, la ve, primero, solícita cocinera, luego, convertida en responsable de la Comunidad, infatigable ángel custodio de la obra que, en torno a ella, se transforma gradualmente en familia unida por un único fin: el bien de los niños.

Serena, activa, decidida, audaz en las iniciativas, fuerte en las pruebas y enfermedades, con la inseparable corona del Rosario entre las manos, la mirada y el corazón en Dios y la infaltable sonrisa en los ojos, Sor Ludovica llega a ser, sin saberlo ella misma, a través de su ilimitada bondad, incansable instrumento de misericordia, para que a todos llegue claro el mensaje del amor de Dios hacia cada uno de sus hijos.

Único programa expresamente formulado, es la frase recurrente: «Hacer el bien a todos, no importa a quién». Y se realizan así, con subvenciones que solo el cielo sabe cómo Sor M. Ludovica consigue obtener, salas de cirugía, salas para los pequeños yacentes, nuevas maquinarias, un edificio en Mar del Plata destinado a la convalecencia de los niños, una capilla hoy parroquia, y una floreciente chacra para que sus protegidos tuviesen siempre alimento genuino.

Durante 54 años Sor M. Ludovica será amiga y confidente, consejera y madre, guía y consuelo, de cientos y cientos de personas in City Bell de toda condición social.

El 25 de febrero de 1962 concluye su camino, pero quienes permanecen todo el personal médico en particular no olvidan, y el Hospital de Niños asume el nombre de «Hospital Superiora Ludovica».



María Ludovica fue beatificada en 2004 por San Juan Pablo II. La imagen que compartimos pertenece a la Basílica de San Ponciano de la ciudad de La Plata, y la fotografiamos en julio de 2017. 

23 de febrero de 2026

23 de febrero: Beato Ludovico Mzyk

El 23 de febrero, día de su muerte en Poznan, Polonia, está inscripto en el Martirologio el Beato Ludovico Mzyk, «presbítero de la Sociedad del Verbo Divino y mártir, que durante la ocupación militar de su patria por un régimen sectario, inhumano y hostil a la fe, fue asesinado por los guardias de la ciudad, confesando a Cristo hasta la muerte». La Memoria litúrgica conjunta de Ludovico Mzyk junto con sus cohermanos verbitas también mártires (los padres Estanislao y Luis y el hermano Gregorio) se celebra el 12 de junio.



Una imagen del Beato, junto con una breve biografía, está expuesta en la Basílica del Espíritu Santo.

17 de febrero de 2026

17 de febrero: Aniversario de la aprobación pontificia de los Oblatos de María Inmaculada

Entre las celebraciones propias de los Oblatos de María Inmaculada se encuentra una de misa acción de gracias por la propia vocación, que se celebra en el aniversario de la aprobación pontificia de la congregación, que se produjo el 17 de febrero de 1826.


Hoy se cumple el bicentenario de dicha aprobación de la congregación fundada por San Eugenio de Mazenod; por ello visitamos la iglesia de la Madre de Dios, que fue atendida por los Oblatos de María Inmaculada y por ello conserva algunas imágenes que aluden a esa familia misionera, como las que se ven en una pared lateral:


Se ve a San Eugenio elevando la cruz en medio del mundo  (la congregación está presente en los cinco continentes) junto a dos beatos de la congregación, a quienes nos referiremos este año en sus respectivas fechas, y la sigla O.M.I.

También hay en el mismo templo un vitral inspirado en la imagen que se usó para la beatificación de Mazenod, en 1975, pintada por A. Massori. Se ve al fundador en un gesto similar al anterior; en la parte superior aparecen lo que entendemos son el sitio fundacional y la Basílica de San Pedro, y al pie unas casas que aluden, suponemos, a los distintos ámbitos geográficos en que se desarrolla la misión de la congregación. A su lado, en otro vitral, aparece el Crucificado.
  


Esta foto del vitral, aunque es similar y pertenece a la misma serie de las que publicamos el 21 de mayo pasado, en la Memoria de San Eugenio, no la compartimos en ese momento: es pues, inédita en este blog. 

Concluyamos con la Antífona de Entrada y la Oración Colecta de la Misa de hoy en el Calendario Propio de los Oblatos de María Inmaculada:

14 de febrero de 2026

14 de febrero: San Cirilo y San Metodio

El papa Benedicto XVI, en la catequesis pronunciada el 17 de junio de 2009, habló de San Cirilo y San Metodio:

 

Hoy quiero hablar de San Cirilo y San Metodio, hermanos en la sangre y en la fe, llamados apóstoles de los eslavos. San Cirilo nació en Tesalónica; era el más joven de los siete hijos de León, magistrado imperial en los años 826-827. De niño aprendió la lengua eslava. A los catorce años fue enviado a Constantinopla para educarse y fue compañero del joven emperador Miguel III. En aquellos años fue introducido en las diferentes materias universitarias, entre ellas la dialéctica, teniendo como maestro a Focio. Después de rechazar un matrimonio brillante, decidió recibir las órdenes sagradas y se convirtió en "bibliotecario" en el patriarcado. Más tarde, deseando retirarse a la soledad, se escondió en un monasterio, pero pronto fue descubierto y le encomendaron la enseñanza de las ciencias sagradas y profanas, tarea que desempeñó tan bien que se ganó el apelativo de "filósofo".

Mientras tanto, su hermano Miguel (nacido en torno al año 815), tras una carrera administrativa en Macedonia, hacia el año 850 abandonó el mundo para retirarse a la vida monástica en el monte Olimpo, en Bitinia, donde recibió el nombre de Metodio (el nombre monástico debía comenzar por la misma letra del de bautismo) y se convirtió en egúmeno (abad) del monasterio de Polychron.

También San Cirilo, atraído por el ejemplo de su hermano, decidió dejar la enseñanza para dedicarse a meditar y rezar en el monte Olimpo. Ahora bien, algunos años más tarde (en torno al 861), el gobierno imperial le encargó una misión entre los cázaros del mar de Azov, que pidieron que se les enviara un literato que supiera discutir con los judíos y los sarracenos. San Cirilo, acompañado por su hermano San Metodio, vivió largo tiempo en Crimea, donde aprendió el hebreo. Allí buscó también el cuerpo del Papa Clemente I, que había sido desterrado a ese lugar. Encontró su tumba y, cuando emprendió el regreso, juntamente con su hermano, llevó las preciosas reliquias. Al llegar a Constantinopla, los dos hermanos fueron enviados a Moravia por el emperador Miguel III, a quien el príncipe de Moravia, Ratislao, había hecho una petición precisa: "Nuestro pueblo —le había dicho—, desde que renunció al paganismo, observa la ley cristiana; pero no tenemos un maestro capaz de explicarnos la verdadera fe en nuestro idioma". La misión tuvo muy pronto un éxito insólito. Al traducir la liturgia a la lengua eslava, los dos hermanos se ganaron una gran simpatía entre el pueblo.

Esto, sin embargo, suscitó la hostilidad contra ellos por parte del clero franco, que había llegado precedentemente a Moravia y consideraba el territorio como perteneciente a su propia jurisdicción eclesial. Para justificarse, en el año 867 los dos hermanos viajaron a Roma. Durante el viaje se detuvieron en Venecia, donde tuvo lugar una acalorada discusión con los que defendían la así llamada "herejía trilingüe": estos consideraban que había sólo tres idiomas en los que se podía alabar lícitamente a Dios: hebreo, griego y latín.

Obviamente los dos hermanos se opusieron a esto con fuerza. En Roma, San Cirilo y San Metodio fueron recibidos por el Papa Adriano II, que les salió al encuentro en procesión para acoger dignamente las reliquias de San Clemente. El Papa también había comprendido la gran importancia de su excepcional misión. De hecho, desde la mitad del primer milenio los eslavos se habían asentado en gran número en los territorios situados entre las dos partes del Imperio romano, la oriental y la occidental, que experimentaban tensiones entre sí. El Papa intuyó que los pueblos eslavos podían desempeñar el papel de puente, contribuyendo así a conservar la unión entre los cristianos de ambas partes del Imperio. Por eso, no dudó en aprobar la misión de los dos hermanos en la Gran Moravia, acogiendo y aprobando el uso de la lengua eslava en la liturgia. Los libros eslavos fueron colocados en el altar de Santa María de Phatmé (Santa María la Mayor) y se celebró la liturgia en lengua eslava en las basílicas de San Pedro, San Andrés y San Pablo.

Por desgracia, en Roma San Cirilo enfermó gravemente. Al sentir que se acercaba su muerte, quiso consagrarse totalmente a Dios como monje en uno de los monasterios griegos de la ciudad (probablemente en Santa Práxedes) y tomó el nombre monástico de Cirilo (su nombre de bautismo era Constantino). Luego pidió con insistencia a su hermano Metodio, que mientras tanto había sido consagrado obispo, que no abandonara la misión en Moravia y regresara a aquellas poblaciones. Y dirigió a Dios esta invocación: "Señor, Dios mío..., escucha mi oración y conserva fiel a ti el rebaño que me habías encomendado... Líbralos de la herejía de las tres lenguas, reúnelos a todos en la unidad, y haz que el pueblo que has elegido viva concorde en la auténtica fe y en la recta confesión". Falleció el 14 de febrero del año 869.


Fiel al compromiso asumido con su hermano, al año siguiente, 870, San Metodio regresó a Moravia y a Panonia (hoy Hungría), donde afrontó nuevamente la violenta animadversión de los misioneros francos, que lo encarcelaron. No se desalentó y cuando, en el año 873, fue liberado se dedicó activamente a la organización de la Iglesia, cuidando la formación de un grupo de discípulos. Gracias a estos discípulos se superó la crisis que se había desencadenado tras la muerte de San Metodio, que tuvo lugar el 6 de abril del año 885: algunos de estos discípulos, perseguidos y encarcelados, fueron vendidos como esclavos y llevados a Venecia, donde fueron rescatados por un funcionario de Constantinopla, quien les permitió regresar a los países de los eslavos balcánicos. Acogidos en Bulgaria, pudieron continuar la misión comenzada por san Metodio, difundiendo el Evangelio en la "tierra de la Rus'". Así, Dios, en su misteriosa providencia, se servía de la persecución para salvar la obra de los santos hermanos. De ella queda también la documentación literaria. Basta pensar en obras como el Evangeliario (perícopas litúrgicas del Nuevo Testamento), el Salterio, varios textos litúrgicos en lengua eslava, en los que trabajaron los dos hermanos. Tras la muerte de San Cirilo, se debe a San Metodio y a sus discípulos, entre otras cosas, la traducción de toda la Sagrada Escritura, el Nomocanon y el Libro de los Padres.

Resumiendo brevemente el perfil espiritual de los dos hermanos, hay que constatar ante todo la pasión con la que San Cirilo se acercó a los escritos de San Gregorio Nacianceno, aprendiendo de él el valor del idioma en la transmisión de la Revelación. San Gregorio había expresado el deseo de que Cristo hablara a través de él: "Soy servidor del Verbo, por eso me pongo al servicio de la Palabra". Queriendo imitar a San Gregorio en este servicio, San Cirilo pidió a Cristo que hablara en eslavo por medio de él. Introduce su obra de traducción con la invocación solemne: "Escuchad, eslavos todos, escuchad la Palabra que procede de Dios, la Palabra que alimenta las almas, la Palabra que lleva al conocimiento de Dios".

En realidad, ya algunos años antes de que el príncipe de Moravia pidiera al emperador Miguel III el envío de misioneros a su tierra, parece que San Cirilo y su hermano San Metodio, rodeados por un grupo de discípulos, estaban trabajando en el proyecto de recoger los dogmas cristianos en libros escritos en lengua eslava. Entonces se constató con claridad la necesidad de contar con nuevos signos gráficos, que fueran más adecuados a la lengua hablada: nació así el alfabeto glagolítico que, modificado posteriormente, fue designado con el nombre de "cirílico" en honor a su inspirador. Fue un hecho decisivo para el desarrollo de la civilización eslava en general. San Cirilo y San Metodio estaban convencidos de que los diferentes pueblos no podían considerar que habían recibido plenamente la Revelación hasta que no la hubieran escuchado en su propio idioma y leído en los caracteres propios de su alfabeto.

A San Metodio corresponde el mérito de haber permitido que la obra emprendida por su hermano no quedara bruscamente interrumpida. Mientras San Cirilo, el "filósofo", tendía a la contemplación, él se inclinaba más bien a la vida activa. Gracias a ello pudo poner los cimientos de la sucesiva afirmación de lo que podríamos llamar la "idea cirilo-metodiana", que acompañó en los diferentes períodos históricos a los pueblos eslavos, favoreciendo su desarrollo cultural, nacional y religioso. Lo reconoció ya el Papa Pío XI con la carta apostólica Quod sanctum Cyrillum, en la que definía a los dos hermanos: "hijos de Oriente, bizantinos de patria, griegos de origen, romanos por su misión, eslavos por los frutos apostólicos" (AAS 19 [1927] 93-96). Después, el papel histórico que desempeñaron fue proclamado oficialmente por el Papa Juan Pablo II, que, con la carta apostólica Egregiae virtutis viri, los declaró copatronos de Europa junto con San Benito (AAS 73 [1981] 258-262).

 

En efecto, San Cirilo y San Metodio constituyen un ejemplo clásico de lo que hoy se indica con el término "inculturación": cada pueblo debe hacer que penetre en su propia cultura el mensaje revelado y expresar la verdad salvífica con su lenguaje propio. Esto supone un trabajo de "traducción" muy arduo, pues exige encontrar términos adecuados para volver a proponer, sin traicionarla, la riqueza de la Palabra revelada. En este sentido, los dos santos hermanos han dejado un testimonio muy significativo, que la Iglesia sigue mirando también hoy para inspirarse y orientarse.


Las imágenes corresponden a la capilla dedicada a Eslovaquia en la cripta de la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Tomamos las fotos en 2014.

11 de febrero de 2026

11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes




«En una sociedad poco consciente de los males que la carcomen, que oculta sus miserias e injusticias bajo un exterior próspero, brillante y despreocupado, la Virgen Inmaculada, que nunca ha sido tocada por el pecado, se manifiesta a una niña inocente. Con compasión maternal mira este mundo redimido por la sangre de su Hijo, donde, por desgracia, el pecado causa cada día tantos estragos, y por tres veces lanza su apremiante llamada: ¡Penitencia, penitencia, penitencia!. Incluso se piden gestos expresivos: “Ve y besa la tierra en penitencia por los pecadores”. Y al gesto hay que unir la súplica: “Ruega a Dios por los pecadores”. Así como en el tiempo de Juan Bautista, como al inicio del ministerio de Jesús, el mismo mandato, fuerte y riguroso dicta a los hombres el camino para volver a Dios: ¡Convertíos! (Mt 3, 2 4, 1 7). ¿Y quién se atrevería a decir que esta llamada a la conversión del corazón ha perdido actualidad en nuestros días?

Pero ¿podría la Madre de Dios venir a sus hijos si no fuera como mensajera de perdón y de esperanza? Ya el agua corre a sus pies: «Omnes sitientes, venite ad aquas, et haurietis salutem a Domino» (Oficio de la fiesta de las Apariciones, Primer Responsorio del Tercer Nocturno). A esta fuente, donde la dócil Bernadette fue la primera en ir a beber y lavarse, fluirán todas las miserias del alma y del cuerpo. Fui, me lavé y vi (Jn 9, 11), podrá responder, con el ciego del Evangelio, el peregrino agradecido. Pero, como para la multitud que se agolpaba en torno a Jesús, la curación de las heridas físicas es,  al mismo tiempo que un gesto de misericordia, el signo del poder que tiene el Hijo del hombre para perdonar los pecados (cf. Mc 2, 10). Cerca de la gruta bendita, la Virgen nos invita, en nombre de su divino Hijo, a la conversión del corazón y a la esperanza del perdón. ¿La escucharemos?».


Son palabras de Pío XII en su Encíclica "Le pèlerinage de Lourdes", del 2 de julio de 1957, emitida con ocasión del centenario de las apariciones de la Virgen en la gruta de Massabielle.

Las fotos corresponden a la imagen de la Virgen en el retablo del altar mayor de la iglesia Santísimo Redentor (fotografía tomada en 2025) y a la réplica de la gruta de Lourdes que hay en al atrio  de ese templo (foto de 2017).




9 de febrero de 2026

Lunes de la Semana V Durante el Año

En los años pares,  como Primera Lectura del Lunes V del Tiempo Ordinario, se lee el siguiente fragmento del Primer Libro de los Reyes  (8, 1-7. 9-13)

El rey Salomón reunió junto a él en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los príncipes de las casas paternas de los israelitas, para subir el Arca de la Alianza del Señor desde la Ciudad de David, o sea, desde Sión. Todos los hombres de Israel se reunieron junto al rey Salomón en el mes de Etaním -el séptimo mes- durante la Fiesta.

Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes levantaron el Arca, y subieron el Arca del Señor, con la Carpa del Encuentro y todos los objetos sagrados que había en la Carpa. Los que trasladaron todo eso fueron los sacerdotes y los levitas. Mientras tanto, el rey Salomón y toda la comunidad de Israel reunida junto a él delante del Arca, sacrificaban carneros y toros, en tal cantidad que no se los podía contar ni calcular.

Los sacerdotes introdujeron el Arca de la Alianza en su sitio, en el lugar santísimo de la Casa -el Santo de los santos- bajo las alas de los querubines. Porque los querubines desplegaban sus alas sobre el sitio destinado al Arca, y resguardaban por encima el Arca y sus andas.

En el Arca se encontraban únicamente las dos tablas de piedra que Moisés, en el Horeb, había depositado allí: las tablas de la Alianza que el Señor había hecho con los israelitas a su salida de Egipto.

Mientras los sacerdotes salían del Santo, la nube llenó la Casa del Señor, de manera que los sacerdotes no pudieron continuar sus servicios a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba la Casa.

Entonces Salomón dijo: «El Señor ha decidido habitar en la nube oscura. Sí, yo te he construido la Casa de tu señorío, un lugar donde habitarás para siempre».

El Arca de la Alianza, mencionada en el texto, aparece representada en un vitral de la Catedral de Morón; en el proyecto iconográfico de ese templo, dicho vitral corresponde a la serie de diversas Letanías Lauretanas.

7 de febrero de 2026

Santa María "en sábado"

Maria, mater gratiae,
dulcis parens clementiae:
Tu nos ab hoste protege, 
et mortis hora, suscipe.
Mater salutis.



María, Madre de la gracia,
dulce madre clemente:
Protégenos del enemigo,
y recíbenos en la hora de la muerte,
Madre de la salvacion.

La bella imagen se venera en la iglesia de San Martín de Tours.