26 de agosto de 2026

26 de agosto: Beato Ceferino Namuncurá

 

Virgen de Luján, Señora

intercesora ante Dios

dame tu luz protectora

y que por mi voz cantora

cante el pueblo con su voz.


Quiero cantar una vida

que despuntó en este suelo.

Perdona mi desmedida

fe, si no doy la medida

fiel de esa espiga del cielo.

 

Con estas palabras comienza un poema que José María Castiñeira de Dios,  en su obra "El santito Ceferino Namuncurá"  (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968), dedicó al Beato que hoy honramos.

En la revista Jauja número 25/26/27, de marzo de 1969, apareció un comentario a esa obra, junto con fragmentos de la poesía:

«He aquí un poema netamente argentino que hubiera alegrado a Hernández. ¡Y cómo! Es un relato en quintillas de una vida donde no hay nada que relatar — o casi nada; pero que es como una oración». Ceferino Namuncurá -añade el comentarista- «es un caciquillo pampa que los Padres Salesianos bautizaron, que aspiró a ser sacerdote, que enfermó de tisis y llevado a Roma murió allí, como era lo probable. ¡Había que haberlo dejado en Córdoba, quizás! Trajeron sus restos aquí e iniciaron el proceso de beatificación, por lo cual ahora lo llamamos "Venerable"; y lo llama "santito" el cantor».


En Roma, Ciudad Eterna,

Urbe de la Cristiandad,

se nos ha muerto el Santito,

lo llevamos a enterrar.

Camino a Campo Verano

los romanos ven pasar

a cuatro fieles amigos

que en hombros llevando van

un ataúd pequeñito

de madera natural

pintado con ramos de oro

por el sol primaveral.

***

Bajo la luz matinal

Ceferino, indio araucano,

avanza hasta el Vaticano

para la audiencia papal.

Sube hasta el áureo portal

del palacio del Señor

y entra por un corredor

a la Capilla Sixtina

donde su alma se acoquina

ante tamaño esplendor.

...

Después con su clerecía

entra el Papa a la colmada

sala donde arrodillada

está la feligresía.

Cagliero entonces lo guía

al pie de Su Santidad

y doblado en humildad

aquel Piedra penitente

inclina su alma y su frente

al Piedra de la verdad.

(Uno es la piedra esencial

de la Verdad Revelada:

el otro, piedra apagada

de un pueblo indígena austral.

Uno es la piedra vital

otro la piedra yacente;

uno, la piedra fulgente

que contiene la Esperanza

el otro, piedra que avanza

a la luz, cristianamente.

Los dos Piedra son, ahora,

por este indiecito santo

dos piedras de un mismo canto

que el amor de Cristo dora.


Bajo la Cruz salvadora

Ceferino se arrodilla

y ante el Padre Santo humilla

la soberbia de la raza...

Un viento de gloria pasa

en medio de la capilla.

El Padre Santo levanta

al Príncipe, y ya su mano

bendice al indio cristiano

arrodillado a su planta.

Enseguida se adelanta

y en gesto de amor divino

da un abrazo a Ceferino

que, colmado de emoción,

lo aprieta a su corazón

por todo el pueblo argentino.

Y transcurrido un instante

pide gracia para hablar

y ya comienza a parlar

en el idioma de Dante.

Él es el representante

de una raza derrotada

que viene ahora postrada

al pie de Su Santidad

a agradecer la bondad

de la Verdad Revelada.

Es el fruto misionero

que Don Bosco entresoñó

y en Patagonia se dio

por voluntad de Cagliero.

Él quiere ser un obrero

de la Casa del Señor

para llevar el calor

de Dios a su propia raza

y misionar con la hogaza

de la Verdad y el Amor.

Terminada la lectura

que el Papa escucha de pie,

tal testimonio de fe

cubre su alma de dulzura.

Entonces su mano pura

da la bendición ritual

con la cruz sacramental

sobre aquel indio araucano

que llega al último hermano

de la Patagonia austral.

Después el pío varón

nacido en hogar modesto

lo atrae a sí con un gesto

de infinita compasión.

Ve en el indio el corazón

del sufriente, del herido,

del humilde perseguido

del pobre desamparado.

Ve a Cristo crucificado

y liberado al bandido.

Ajeno a este pensamiento

el indio extrae de un saco

un quillango de guanaco

y dice con sentimiento:

Esta piel cubre del viento

y la nevada inclemente

la pobreza de mi gente,

y es todo lo que tenemos.

A la Iglesia lo ofrecemos

como modesto presente.

Una emoción contenida

vivió la sala, y se vio

que el mismo Papa bajó

la mirada humedecida.

Era esa piel ofrecida

la piel del dolor humano;

y la tomó con su mano

y acercó a su corazón

en prueba de compasión

por el indígena hermano.

Con la bendición que dio

se despidió el Padre Santo

y con los ojos en llanto

el indio se despidió.

Las grandes salas cruzó

hasta el portal de salida

y al ver la luz encendida

de la mañana romana

pensó en su tribu lejana

y le prometió su vida.

(Cap. 5 — Crónica de la visita de Ceferino Namuncurá, 
Príncipe de la Piedra, al Padre Santo Pío X).

La imagen que ilustra esta entrada corresponde a la iglesia de San José del Talar.



25 de agosto de 2026

25 de agosto: Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado

Reparamos hoy una "injusticia": en los casi 11 años de vida de este blog, nunca celebramos la Memoria de nuestra compatriota la  Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado Cabanillas, virgen y fundadora.



Así la menciona el Martirologio Romano: «En Córdoba, en la República Argentina, Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado Cabanillas, virgen, que se dedicó con empeño a la formación cristiana de la infancia pobre y abandonada, y fundó en este país el Instituto de Hermanas Misioneras de la Tercera Orden Regular de San Francisco († 1885)».


María del Tránsito Eugenia de los Dolores Cabanillas nació el día 15 de agosto de 1821 en la estancia de Santa Leocadia, actual Carlos Paz.  Su padre, Felipe Cabanillas Toranzo, descendía de una familia de Valencia  emigrada a la Argentina durante la segunda mitad del siglo XVII y que había logrado reunir una cierta fortuna económica en su nuevo ambiente, pero que se distinguía sobre todo por su profunda religiosidad cristiana.

En 1816, Felipe Cabanillas se unió en matrimonio con la joven Francisca Antonia Luján Sánchez, con la que tuvo once hijos. Tres fallecieron prematuramente, cuatro contrajeron matrimonio y los otros se consagraron a Dios: uno como sacerdote secular y tres como religiosas en diversos institutos, continuando así una larga y gloriosa tradición familiar.

María del Tránsito era  la tercera hija de la familia. Bautizada el 10 de enero de 1822 en la capilla de San Roque, le impusieron los nombres de Tránsito, es decir, María del Tránsito o María Asunción (por la fecha de su nacimiento), y de Eugenia de los Dolores. Recibió el sacramento de la confirmación en 1836. 

Tras la primera educación familiar, María del Tránsito fue enviada a Córdoba, ciudad de nobles tradiciones culturales, con su famosa universidad del siglo XVII fundada por el obispo franciscano Fernando Trejo y Sanabria, y los colegios de Santa Catalina (1613) y de Santa Teresa (1628). Desde 1840, al tiempo que seguía sus estudios, cuidó de su hermano menor, que estaba preparándose para el sacerdocio en el seminario de Nuestra Señora de Loreto de esa misma ciudad.

En 1850, tras la muerte de Felipe Cabanillas, la familia entera se trasladó definitivamente a Córdoba, por lo que  María del Tránsito se estableció con su madre, su hermano —que fue ordenado sacerdote en 1853—, sus hermanas y cinco primas huérfanas en una casita situada cerca de la iglesia de San Roque. 

María del Tránsito se distinguió por su piedad, sobre todo hacia la Eucaristía; llevó a cabo una intensa actividad como catequista e hizo muchas obras de misericordia, visitando frecuentemente a los pobres y a los enfermos en compañía de su prima Rosario.

Después del fallecimiento de su madre en 1858, María del Tránsito ingresó en la Tercera Orden Franciscana e intensificó su vida de oración y de penitencia, dirigida espiritualmente por el Padre Buenaventura Rizo Patrón, franciscano, que sería ordenado obispo de Salta en 1862. Pero ella anhelaba consagrarse a Dios por entero; por eso, en 1859, con ocasión de su profesión en la T.O.F., emitió el voto de virginidad perpetua y empezó a pensar en la fundación de un instituto para la instrucción cristiana de la infancia pobre y abandonada.

En 1871 entró en contacto con la Sra. Isidora Ponce de León, que se interesaba vivamente por la erección de un monasterio de carmelitas en Buenos Aires. Al año siguiente, María del Tránsito la siguió hasta la Capital e ingresó en el monasterio el 19 de marzo de 1873, el mismo día en que fue inaugurado. Pero su compromiso ascético se reveló superior a sus fuerzas físicas, cayó enferma y, por razones de salud, tuvo que abandonar la clausura en abril de 1874. En septiembre de aquel mismo año, creyéndose suficientemente recuperada, ingresó en el convento de las religiosas de la Visitación de Montevideo, pero también allí cayó enferma pocos meses después.

Aceptó todo con admirable resignación, abandonándose cada vez con más confianza en las manos de la Divina Providencia. Contemporáneamente, volvió a emerger su idea de una fundación educativa y asistencial al servicio de la infancia. Varios franciscanos la alentaron a ello; Agustín Garzón le ofreció una casa y su colaboración y la puso  en contacto con el P. Ciríaco Porreca OFM, de Río Cuarto. El 8 de diciembre de 1878, obtenida la aprobación eclesiástica de su proyecto de fundación y de las constituciones, y después de unos ejercicios espirituales predicados por el P. Porreca, María del Tránsito Cabanillas, en compañía de dos compañeras, puso en marcha la Congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas de la Argentina. A petición de la Fundadora, el padre Porreca es nombrado director del Instituto. 

El 2 de febrero de 1879 María del Tránsito Cabanillas y sus dos primeras compañeras emiten la profesión religiosa y el día 27 de aquel mismo mes y año escriben al P. Bernardino de Portogruaro, Ministro General de la Orden de Frailes Menores, solicitándole la agregación de su Instituto a la Orden Franciscana. La respuesta afirmativa llega a comienzos de 1880.

La nueva Congregación tuvo inmediatamente una floración de vocaciones, de manera que todavía en vida de la Fundadora se inauguró el colegio de Santa Margarita de Cortona en San Vicente, el del Carmen en Río Cuarto y el de la Inmaculada Concepción en Villa Nueva.

La Sierva de Dios guiaba el floreciente Instituto con admirable sabiduría, pero sus fuerzas físicas iban cediendo gradualmente a las fatigas de cada día y a los rigores ascéticos. El 25 de agosto de 1885 moría santamente, como había vivido durante toda su vida, dejando en herencia heroicos ejemplos de humildad y de caridad al servicio sobre todo de la infancia, de los pobres, de los enfermos y de sus hermanas. Se destacó por la prudencia, la paciencia, la fortaleza de ánimo para afrontar las múltiples pruebas de la vida, su asidua actividad enseñando el catecismo y atendiendo a la infancia abandonada, su amor a la pureza y la confianza en la Divina Providencia, que le respondía con frecuencia con signos sorprendentes.  Supo infundir en sus hijas el espíritu sobrenatural, la generosidad, el amor a la infancia, el espíritu de penitencia y de mortificación.



Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes de María de Tránsito de Jesús Sacramentado en 1999, y la beatificó el  14 de abril del 2002.

La imagen de la Beata que vemos en las fotos (tomadas en 2019) es venerada en la Catedral de Córdoba.

22 de agosto de 2026

Sábado de la Semana XX Durante el Año

El Evangelio de la Misa de hoy está tomado del libro de  San Mateo (23, 1-12). Hacia el final de la perícopa (23, 8-10) se recogen estas palabras de Jesús: 

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar "maestro", porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen "padre", porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco "doctores", porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. 

La estampita cuya imagen compartimos hoy lleva una versión de la expresión de Jesús: Uno solo es vuestro Maestro: El Cristo. La frase guarda relación con el propósito de la estampita: ser un recuerdo de la misa de fin de curso de las egresadas del Normal 1, en el año 1951.

O tempora, o mores!

 

20 de agosto de 2026

20 de agosto: San Bernardo

Con fotos de un vitral de la Basílica de Nuestra Señora de Luján celebramos hoy la Memoria de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, «el cual, habiendo ingresado junto con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Císter, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux, donde dirigió sabiamente, con la vida, la doctrina y el ejemplo, a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y la unidad e iluminó a toda la Iglesia con sus escritos y sus sabias exhortaciones, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia». Murió en 1153 y fue canonizado por Alejandro III en 1174.



Oración Colecta

Dios nuestro, que encendiste al abad san Bernardo,

con el celo por tu casa

e hiciste de él una lámpara que brillaba y ardía en tu Iglesia,

concédenos por su intercesión

que, animados por ese mismo espíritu,

caminemos siempre como hijos de la luz.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo

que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo

y es Dios, por los siglos de los siglos.

18 de agosto de 2026

18 de agosto: Nuestra Señora Stella Maris

Visitamos hoy por primera vez en este blog la Catedral Stella Maris del Obispado Castrense. Y lo hacemos justamente en el día de su Titular, la Virgen María invocada como "Estrella del Mar". 

Nuestra Señora Stella Maris es además la Patrona de la Armada Argentina y también -aunque se la celebra en otra fecha, como puede verse abajo- de la Prefectura Naval Argentina.





Resulta obvio compartir en este día el antiguo himno Ave Maris Stella:

Ave maris stella,
Dei Mater alma,
Atque semper Virgo,
Felix cæli porta.

Sumens illud Ave
Gabriélis ore,
Funda nos in pace,
Mutans Hevæ nomen.

Solve vincla reis,
Profer lumen cæcis,
Mala nostra pelle,
Bona cuncta posce.

Monstra te esse matrem,
Sumat per te preces,
Qui pro nobis natus,
Tulit esse tuus.

Virgo singuláris,
Inter omnes mitis,
Nos culpis solútos
Mites fac et castos.

Vitam præsta puram,
Iter para tutum,
Ut vidéntes Jesum,
Semper collætémur.

Sit laus Deo Patri,
Summo Christo decus,
Spirítui Sancto,
Tribus honor unus.

Amen.




Salve, estrella del mar,
Santa Madre de Dios,
y siempre Virgen,
puerta dichosa del cielo.

Al escuchar el Ave
de boca de Gabriel,
asegúranos en la paz,
cambiando el nombre de Eva.

Desata las cadenas a los pecadores,
procura a los ciegos la luz,
ahuyenta nuestros males,
y alcánzanos todo bien.

Muestra que eres nuestra Madre,
y Aquel que por nosotros
quiso ser Hijo tuyo, reciba,
por tu mediación, nuestras súplicas.

¡Oh, Virgen sin igual,
más pura que todas!, haznos,
libres ya de las culpas,
mansos y puros.

Haz que sea casta nuestra vida,
prepáranos un camino seguro,
para que, viendo a Jesús,
gocemos contigo eternamente.

Alabanza sea dada a Dios Padre,
gloria a Cristo Rey,
y al Espíritu Santo,
honor igual a los tres.

Amén.

17 de agosto de 2026

17 de agosto: Santa Clara de la Cruz de Montefalco

El Martirologio Romano trae hoy esta Memoria: «En Montefalco, de la Umbría, Santa Clara de la Cruz, virgen de la Orden de Ermitaños de San Agustín, que rigió el monasterio de Santa Cruz y expresó extremo amor por la pasión de Cristo». Es la primera vez que esta santa aparece en nuestro blog.

La Memoria de Santa Clara de Montefalco aparece en santorales agustinos. Transcribimos la Segunda Lectura del Oficio de Lecturas (1) junto a fotos que tomamos en la iglesia de San Agustín en nuestra Ciudad de Buenos Aires.

Cuando Clara, que era ya espejo y norma de santidad, fue elegida abadesa, enseñaba a las hermanas con el ejemplo y con la palabra cómo debían progresar en el amor de Dios. Ponía la humildad como fundamento del edificio espiritual y añadía que para alcanzar un alto grado de virtud eran útiles el trabajo y la fatiga y, sobre todo, la actividad mental y la elevación de la mente a Dios. En realidad, no se puede llegar a un alto nivel de virtud sin una vida de austera penitencia y trabajo. El trabajo manual fortalece el alma y la dispone a la adquisición de las virtudes. 

Había una gran fuerza persuasiva en su elocuencia. Parecía que de sus palabras brotaba como un fuego que encendía la mente de los que la escuchaban, e infundían en ellos una dulzura espiritual. Por eso, quien la escuchaba se alejaba de ella con un deseo ardiente de cosas espirituales. 

Tuvo también fama por su doctrina. Tanto más, que, dotada de espíritu profético, le eran conocidas las cosas ocultas de la mente, conocía los acontecimientos ocurridos, daba un juicio exacto de las cosas presentes y predecía el futuro, comprendiendo claramente todas las cosas en la contemplación de aquel que es esplendor y espejo reluciente. 

Aunque Clara no era mujer letrada, con su vida y con sus enseñanzas manifestaba de hecho a quien se le acercaba, cuánta comprensión tenía de las Escrituras y con cuánto fervor de caridad su alma aspiraba hacia Dios. 

Su inteligencia se asombraba al contemplar las obras de la inmensa bondad del Altísimo, especialmente los misterios de la encarnación y de la pasión del Señor Jesucristo, y al meditar las acciones todas que realizó el Señor en esta vida. 

Con frecuencia manifestaba su especial amor a la cruz de Jesucristo, diciendo: «Yo no tengo necesidad de la cruz exterior, porque llevo impresa en mi corazón la cruz de mi Señor Jesucristo». 

Ardía con gran caridad hacia los pobres y la manifestaba distribuyéndoles con ánimo misericordioso cuanto podía: vestidos, alimentos y medicinas. 

Daba también a las religiosas de su monasterio lo que a veces se daba a ella para sus necesidades particulares, no permitiendo que ninguna poseyera cosa alguna en propiedad, sino que a cada una se le proporcionara cuanto necesitaba, según las posibilidades del monasterio. Quería además que no se tuviese en cuenta, al proveer a quien tenía necesidad, si la cosa distribuida había sido dada para el convento, para la abadesa o para otra en particular. 

A lo largo de su vida hubo de superar no pocas dificultades. Algunas veces decía: «Son muchos los que conspiran contra mí. Antes, no pocas veces sufría por la tribulación o el pudor; otras veces, por el honor y la prosperidad; ahora no me preocupa nada». 

En la fiesta de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, dos días antes de su muerte, Clara mandó llamar a todas las religiosas. Exhortándolas y alentándolas al servicio divino, les decía, entre otras cosas: «Hijas y hermanas mías queridísimas, os confío a todas vosotras y a mi propia alma a la muerte de nuestro Señor Jesucristo y os entrego al Señor, lo mismo que las fatigas que he soportado por vosotras. Sed humildes, obedientes, pacientes, unidas en el amor, y comportaos de modo que Dios sea alabado en vosotras y no perezca la obra que el Señor Dios ha obrado en vosotras». 


Clara nació en Montefalco, Perusa (Italia), en 1268. Ingresó a los seis años en un reclusorio situado a extramuros de su ciudad natal, en el que vivía con gran austeridad su hermana Juana con algunas compañeras. En 1290 el reclusorio se convirtió en convento bajo la regla de San Agustín, y Clara hizo su profesión religiosa con el nombre de Clara de la Cruz. A la muerte de Juana (22 de noviembre de 1291), fue elegida abadesa del convento, cargo que desempeñó hasta su muerte, acaecida el 17 de agosto de 1308. La espiritualidad de Clara gira toda ella en torno a la pasión de Cristo y a la cruz. Sus restos se conservan incorruptos; la cruz y otros instrumentos de la Pasión fueron encontrados en el corazón de Clara, formados en el tejido fibroso (las pruebas de la historicidad de este fenómeno son fehacientes); también está registrada la licuación de su sangre.

Su culto fue confirmado por Clemente XII en 1737; la canonizó León XIII el 8 de diciembre de 1881. 



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(1) De la Vida de santa Clara de la Cruz, de Berengario Donadei (Ed. A. Semenza, O.S.A., Typ. Polygl. Vaticanis 1944, 18-20, 27, 29, 46, 54-56)

15 de agosto de 2026

15 de agosto: San Tarsicio


Hoy hacen su primera aparición en este blog tanto San Tarsicio como la iglesia que le está dedicada en Buenos Aires.

El Martirologio dice:  «En Roma, en el cementerio de Calixto, en la vía Apia, conmemoración de San Tarsicio, mártir, que al defender la Santísima Eucaristía de Cristo de una furiosa turba de gentiles que intentaban profanarla, prefirió ser apedreado hasta la muerte antes que entregar las sagradas formas a los perros».

La historia del santo proviene de un epitafio en forma de poema escrito por el papa San Dámaso (366-384), quien cuenta que Tarsicio prefirió una muerte violenta en manos de una turba, antes que «entregar el Cuerpo del Señor a aquellos perros rabiosos» y lo compara con San Esteban, quien murió apedreado por los judíos. 

El martirio de San Tarsicio es un hecho histórico, pero la tradición añade otros detalles de los que no hay constancia: que Tarsicio era un niño acólito,  a quien se le había confiado la misión de llevar la comunión a algunos cristianos que estaban prisioneros, en la época de la persecución de Valeriano, a mediados del siglo III.

El santo fue sepultado en el cementerio de San Calixto. No existe una identificación plena de su sepultura, aunque la iglesia de San Silvestre in Capite, en Roma, se atribuye poseer sus reliquias.

San Tarsicio es el patrono de los acólitos y de los Ministros de la Comunión; también de quienes reciben la Primera Comunión y de los niños aspirantes de la Acción Católica.

La imagen de San Tarsicio en la iglesia porteña de la que es titular sigue las pautas iconográficas tradicionales representado a un niño de corta edad con una hostia cerca de su pecho y una palma que indica su martirio.