Hoy se cumplen 85 años de la muerte de Maximiliano Kolbe, mártir en el campo de concentración de Auschwitz como víctima del furor de la persecución nazi.
Honramos la Memoria de este santo con las palabras que pronunció Juan Pablo II en la misa de canonización, celebrada en octubre de 1982, y con imágenes que tomamos en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe durante La Noche de los Templos de 2025. En esa ocasión se exhibieron allí reliquias de santos y beatos polacos, como puede verse en la foto que sigue; más abajo compartimos una foto de la reliquia de San Maximiliano junto a una efigie del santo en que se lo ve con las "dos coronas" a que alude el Papa en su homilía.
«Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
A partir de hoy la Iglesia quiere llamar “santo” a aquel hombre a quien le fue concedida la capacidad de cumplir de manera absolutamente literal las palabras antes mencionadas del Redentor.
En efecto, hacia finales de julio de 1941, después que los prisioneros, destinados a morir de hambre, habían sido puestos en fila por orden del jefe del campo, este hombre, Maximiliano María Kolbe, se presentó espontáneamente, declarándose dispuesto a ir a la muerte en sustitución de uno de ellos. Esta disponibilidad fue aceptada, y al padre Maximiliano, después de dos semanas de tormentos a causa del hambre, le fue quitada la vida con una inyección mortal, el 14 de agosto de 1941.
Esta oferta fue aceptada y el Padre Maximiliano, después de más de dos semanas de tormento a causa del hambre, fue finalmente arrebatado mediante una inyección letal el 14 de agosto de 1941.
Todo esto ocurrió en el campo de concentración de Auschwitz, donde aproximadamente cuatro millones de personas fueron ejecutadas durante la última guerra, incluida la Sierva de Dios Edith Stein (Hermana Carmelita Teresa Benedicta de la Cruz) (...). La desobediencia a Dios, Creador de la vida, quien dijo «No matarás», condujo a la inmensa masacre de tantas personas inocentes en ese lugar.
Al mismo tiempo, nuestra época ha quedado horriblemente marcada por el exterminio del hombre inocente.
El padre Maximiliano Kolbe, siendo prisionero del campo de concentración, reivindicó, en lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, uno de los cuatro millones.
Este hombre (Franciszek Gajowniczek) aún vive y está presente entre nosotros. El Padre Kolbe afirmó su derecho a la vida, declarando su disposición a morir en su lugar, porque era padre y su vida era necesaria para sus seres queridos. El Padre Maximiliano María Kolbe reafirmó así el derecho exclusivo del Creador a la vida del hombre inocente y dio testimonio de Cristo y del amor. De hecho, el apóstol Juan escribe: «En esto conocemos el amor: en que él dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3, 16).
Al dar su vida por un hermano, el padre Maximiliano, a quien la Iglesia venera como beato desde 1971, se hizo particularmente semejante a Cristo.
Por tanto, nosotros (...) deseamos expresar el valor especial que el martirio del Padre Maximiliano Kolbe tiene a los ojos de Dios:
«Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus fieles» (Sal 115 [116],15), repetimos en el Salmo Responsorial. ¡Es verdaderamente preciosa e inestimable! Mediante la muerte de Cristo en la cruz, se realizó la redención del mundo, porque esta muerte tiene el valor del amor supremo. Mediante la muerte del Padre Maximiliano Kolbe, un claro signo de este amor se ha renovado en nuestro siglo, tan amenazado y de tantas maneras por el pecado y la muerte.
He aquí que, en esta solemne liturgia de canonización, aquel «mártir del amor» de Oswiecim (como lo llamó Pablo VI) parece presentarse entre nosotros y decir:
«Yo soy tu siervo, Señor, / yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava; / tú has roto mis cadenas» (Sal 115 [116], 16).
Y, casi recogiendo en uno el sacrificio de toda su vida, él, sacerdote e hijo espiritual de San Francisco, parece decir:
«¿Qué pagaré al Señor / por todo lo que me ha dado? / Alzaré la copa de la salvación / e invocaré el nombre del Señor» (Sal 115 [116], 12s).
Estas son palabras de gratitud. La muerte sufrida por amor en lugar de un hermano, es un acto heroico del hombre, mediante el cual, junto con el nuevo santo, glorificamos a Dios. De él, de hecho, proviene la gracia de este heroísmo, de este martirio.
Hoy, pues, glorifiquemos la gran obra de Dios en la humanidad. Ante todos los aquí reunidos, el Padre Maximiliano Kolbe alza su «copa de salvación», que contiene el sacrificio de toda su vida, sellado con su muerte de mártir «por un hermano».
Maximiliano se preparó para este sacrificio final siguiendo a Cristo desde los primeros años de su vida en Polonia. De aquellos años proviene el misterioso sueño de dos coronas: una blanca y otra roja, entre las cuales nuestro santo no elige, sino que acepta ambas. De hecho, desde su juventud, estuvo imbuido de un gran amor por Cristo y del deseo de martirio.
Este amor y este deseo lo acompañaron en el camino de su vocación franciscana y sacerdotal, para la cual se preparó tanto en Polonia como en Roma. Este amor y este deseo lo acompañaron durante todo su servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, así como durante su servicio misionero en Japón.
La inspiración de toda su vida fue la Inmaculada Concepción, a quien confió su amor por Cristo y su deseo de martirio. En el misterio de la Inmaculada Concepción, el maravilloso y sobrenatural mundo de la gracia de Dios ofrecida a la humanidad se reveló ante los ojos de su alma. La fe y las obras de toda la vida del Padre Maximiliano indican que concibió su colaboración con la gracia divina como una milicia bajo el signo de la Inmaculada Concepción. El carácter mariano es particularmente expresivo en la vida y santidad del Padre Kolbe (...) [y] marcó todo su apostolado, tanto en su patria como en las misiones. Tanto en Polonia como en Japón, las ciudades especiales de la Inmaculada Concepción (Niepokalanow en Polonia, Mugenzai no Sono en Japón) fueron los centros de este apostolado.
¿Qué ocurrió en el búnker del hambre del campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz) el 14 de agosto de 1941?
La liturgia de hoy responde a esto: «Dios probó» a Maximiliano María y «lo halló digno de Sí mismo» (cf. Sab 3,5). Lo probó «como el oro en el crisol / y lo aceptó como holocausto» (cf. Sab 3,6).
Aunque «a los ojos de los hombres sufrieron castigo», sin embargo, «su esperanza está llena de inmortalidad» porque «las almas de los justos están en la mano de Dios, / ningún tormento los alcanzará». Y cuando, humanamente hablando, el tormento y la muerte los alcanzan, cuando «a los ojos de los hombres parecían morir...», cuando «su partida de entre nosotros era considerada una desgracia...», «están en paz»: experimentan la vida y la gloria «en la mano de Dios» (cf. Sabiduría 3,1-4).
Esta vida es fruto de la muerte a semejanza de la muerte de Cristo. La gloria es participar en su resurrección.
¿Y qué pasó en el búnker del hambre el 14 de agosto de 1941?
Se cumplieron las palabras que Cristo dirigió a los Apóstoles: «Vayan y den fruto, y su fruto permanezca» (cf. Jn 15,16).
¡El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo maravilloso en la Iglesia y en el mundo!
Los hombres presenciaron lo que ocurrió en el campo de Auschwitz. Y aunque a sus ojos les pareció que un compañero de tormento estaba "muriendo", aunque humanamente consideraran "su partida" una "ruina", sin embargo, en su conciencia, esto no era simplemente "muerte".
Maximiliano no murió, sino que “dio su vida... por su hermano”.
En esta muerte, terrible desde el punto de vista humano, estaba toda la grandeza definitiva del acto humano y de la elección humana: se ofreció a la muerte por amor.
Y en esta muerte humana suya está el testimonio transparente dado a Cristo: el testimonio dado en Cristo de la dignidad del hombre, de la santidad de su vida y del poder salvífico de la muerte, en la que se manifiesta el poder del amor.
Precisamente por esta razón, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria. Fue la victoria sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia la humanidad y hacia lo divino en ella, una victoria similar a la que obtuvo nuestro Señor Jesucristo en el Calvario.
“Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” ( Jn 15,14)
La Iglesia acepta con veneración y gratitud este signo de victoria, alcanzado mediante el poder de la Redención de Cristo. Procura interpretar su elocuencia con humildad y amor.
(...)
Al juzgar la causa del beato Maximiliano Kolbe, fue necesario –ya después de la beatificación– tener en cuenta las múltiples voces del Pueblo de Dios, y sobre todo de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de Polonia como de Alemania, que pedían que Maximiliano Kolbe fuera proclamado santo como “mártir”.
Ante la elocuencia de la vida y de la muerte del beato Maximiliano, no se puede dejar de reconocer lo que parece constituir el contenido principal y esencial del signo dado por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte.
Esta muerte, afrontada espontáneamente por amor al hombre, ¿no constituye un cumplimiento particular de las palabras de Cristo?
¿No hace esto a Maximiliano particularmente similar a Cristo, el modelo de todos los mártires, que dio su vida en la cruz por sus hermanos?
¿No posee una muerte así una elocuencia particular y penetrante para nuestra época?
¿No constituye éste un testimonio particularmente auténtico de la Iglesia en el mundo contemporáneo?
Y por eso, en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano María Kolbe, quien, después de su beatificación, fue venerado como confesor, ¡de ahora en adelante será venerado también como mártir!
«¡Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus fieles!». Amén.













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