San Pacífico fue un presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, «preclaro por sus penitencias, amor a la soledad y oración ante el Santísimo Sacramento», en palabras del Martirologio Romano.
Nació en 1653 en la ciudad de San Severino. Sus nombres de pila eran Carlos Antonio. Quedo huérfano a los cinco años. Durante mucho tiempo, soportó con paciencia las humillaciones que recibía de su tío, a cuyo cuidado había quedado. Al cumplir 17 años ingresó en a los Frailes Menores de la Observancia y tomó el nombre de Pacífico.
Fue ordenado sacerdote a los 25 años y se dedicó primero a enseñar filosofía a los frailes más jóvenes; luego se le encomendó la predicación, tarea más adecuada a sus condiciones. Fue enviado a predicar a las aldeas de la comarca, donde sus sermones fueron siempre bien recibidos.
A los 35 años quedó sordo y ciego y comenzó a padecer una enfermedad que le producía úlceras en las piernas. Condenado a la inmovilidad, permaneció en su convento de Forano dedicado a la penitencia y a la plegaria. Salvo por un breve período, vivió allí en Forano el resto de su vida.
San Pacífico dio muestras de poseer el don de profecía y de conocer las conciencias. Se entregaba a mortificaciones hasta el punto en que sus superiores debieron intervenir para aliviarlas.
En julio de 1721 recibió la visita del obispo de San Severino; cuando el prelado se retiraba, Pacífico gritó intempestivamente: «¡Mi señor! ¡El cielo, el cielo! Yo os seguiré pronto». Pocos días después murió el obispo y el 24 de septiembre Pacífico lo siguió a la tumba. Tras su muerte se multiplicaron sus milagros.
En 1752 se abrió su proceso de canonización. Pacífico fue beatificado en 1768 y canonizado en 1839.
La imagen de San Pacífico se venera en la Basílica de San Francisco, y la fotografiamos el 18 de septiembre de 2024, al día siguiente de la reapertura del templo después de una larga restauración.










