23 de marzo de 2026

23 de marzo: Santa Rafka


Pese a lo que se lee al pie de la imagen, el Martirologio Romano inscribe a Santa Rafka (también conocida como Rebeca o Rafqa) el día de hoy, 23 de marzo, elogiándola con estas palabras:

«Cerca de ad-Dahr, Santa Rebeca de Himlaya ar-Rayyas, virgen de la Orden de las Hermanas Libanesas de San Antonio de los Maronitas, que, ciega durante treinta años, y después con parálisis de todos los miembros, permaneció continuamente en oración, fija sólo en Dios».

También la fecha de hoy es señalada por el sitio oficial maronita, de donde tomamos la biografía que transcribimos a continuación:


Santa Rafka (Rebeca, en español, y también trasliterado como Rafqa) nace en Himlaya (Líbano) el 29 de junio de 1832 en el seno de una familia católica. A los siete años de edad queda huérfana de madre. Su padre, años más tarde se vuelve a casar.

Después de duros momentos de discernimiento vocacional, pues su atractivo físico y su elegancia espiritual la hacían una joven cotizada para el matrimonio, y ocurriendo un pleito entre su madrastra y su tía materna que discutían por ella para casarla, decide ingresar a la vida religiosa en 1855 con las Hijas de la Inmaculada Concepción. Sufre las tremendas masacres humanas fruto de las invasiones musulmanas al Líbano de 1860 en donde murieron asesinados cruelmente más de 22.000 cristianos. En 1871, disuelven la congregación a la que pertenecía e ingresa a la Orden Libanesa Maronita, en donde profesa los votos solemnes en 1873.

En 1885 cae enferma gravemente, manifestándose su enfermedad con un tremendo dolor de cabeza que días más tarde la dejaría ciega y después paralítica. En esa situación permaneció durante 29 años, mientras manifestó una entereza excepcional y una confianza absoluta en la Santísima Trinidad. Su oración más frecuente, especialmente en los momentos más difíciles era ésta: en comunión con los sufrimientos de Cristo.

El 23 de marzo de 1914 murió santamente, sin queja alguna, a pesar de que diariamente conoció el dolor y un estado de impotencia y ceguera absoluta, en el monasterio maronita de San José, a la edad de 82 años, repitiendo como dulce jaculatoria los nombres de Jesús, José y María.

El 10 de junio de 2001, durante la Solemnidad de la Santísima Trinidad, fue canonizada en la plaza de San Pedro (en el Vaticano) por S.S. Juan Pablo II, quien la nombró intercesora específica de cuantos sufren en el alma o en el cuerpo particularmente un profundo dolor y necesidad, diciendo: ¡Que Santa Rebeca vele sobre los que sufren!.

Su cuerpo reposa en el Monasterio de San José en Jrabta-Batroun (Líbano).

La imagen se venera en la iglesia del Calvario y Nuestra Señora del Líbano  en Villa Lynch.

22 de marzo de 2026

Domingo V de Cuaresma

 

Versículo del Aleluya de hoy:


Aleluya  (Jn 11, 25a. 26)


Yo soy la resurrección y la vida

–dice el Señor–;

el que cree en mí no morirá para siempre.



Se trata de un fragmento tomado del Evangelio de hoy (Jn 11, 1-45), en el que aparece, en los versículos 21 a 27, este diálogo entre Marta, hermana de Lázaro, y Jesús:


Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.  Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas».

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día».

Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá,  y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».


En el  mosaico que vemos en la foto, se lee en latín la frase "Yo soy la Resurrección y la Vida": "Ego sum resurrectio et vita".  Tomamos la foto el Domingo II de Pascua de 2025 en la zona de capillas de responsos del cementerio de la Chacarita.

20 de marzo de 2026

20 de marzo: Santa María Josefa del Corazón de Jesús

La iglesia que en el bario de Lugano está consagrada al Niño Jesús exhibe una imagen de Santa María Josefa del Corazón de Jesús (en el siglo María Josefa Sancho de Guerra),  fundadora de las Siervas de María, que se dedican al cuidado de los enfermos.


Siguiendo la biografía publicada en el sitio oficial de las Siervas de Jesús, damos ahora una síntesis de su vida.

«Nace en Vitoria (Álava), España, el 7 de septiembre de 1842. Es la mayor de tres hermanas. Cuando tenía seis años muere su padre repentinamente y María Josefa ve las dificultades que a diario pasa su madre para sacar adelante la familia. En ella aprendió la lección de la fortaleza cristiana que supera con paciencia heroica las adversidades.

A los 18 años hizo el propósito de ser religiosa. Se inclina por la vida contemplativa pero una grave enfermedad se lo impide.

En un segundo intento entra en una congregación de vida activa, las Siervas de María, era el 3 de diciembre de 1865 y tenía 22 años.

Cuando iba a terminar su etapa de formación, antes de hacer los votos temporales, consciente de lo que implicaba continuar el camino emprendido, su alma entra en una fuerte crisis». Lo comenta con Santa Soledad Torres Acosta, «a la sazón Maestra de Novicias de dicha congregación, quien, después de escuchar sus inquietudes la lleva a consultar con San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, quien escuchó a María Josefa y le pidió tres días de reflexión, ofreciendo tres Eucaristías al Espíritu Santo, al cabo de los cuales le dijo que Dios la tenía reservada para grandes cosas en el servicio de las almas. Estas palabras serenaron por entonces su espíritu y calmaron sus angustias»

Fiel a los consejos del santo y dócil a la moción del Espíritu, con la dispensa del Cardenal Arzobispo de Toledo, «sale de las Siervas de María el año 1871 para enriquecer a la Iglesia con un nuevo Instituto» dedicado a ejercer la caridad con los enfermos y los necesitados.

«María Josefa comienza este nuevo camino fundacional con otras cuatro compañeras. En un principio piensan ir a Barcelona pero las mediaciones humanas, de las que Dios se sirve para realizar sus designios de amor, las hacen cambiar de rumbo y dirigirse a Bilbao. Era el 23 de julio de 1871».

A los dos días de llegar a Bilbao «se encuentran por primera vez con D. Mariano José de Ibargoingotia», un sacerdote que, aunque al principio las recibe con cierto recelo, más tarde las ayudaría mucho.

«Primero viven en una boardilla en la calle de la Esperanza. Después pasan a la calle de la Ronda. María Josefa recordará siempre los inicios y dirá que aunque fueron escasos en bienes materiales, fueron abundantes en frutos del Espíritu.

Con el tiempo consiguen la finca de la calle de la Naja, ya que las vocaciones aumentaban y el piso de la Ronda quedaba pequeño. Las llamaban de muchos sitios; cada vez eran más los que pedían sus servicios»

En 1874 las Siervas de Jesús -cuya espiritualidad consiste en «ser reflejos de la misericordia del Corazón de Jesús con los enfermos»reciben la primera aprobación diocesana; el 8 de enero de 1886, la Aprobación Pontificia.

«En mayo de 1887, después de terminar los Ejercicios Espirituales dirigidos por el P. Tomás Gómez, jesuita, fundador de la Universidad de Comillas, hicieron la Profesión Perpetua, María Josefa y las cuatro coofundadoras». María Josefa toma el nombre religioso de Sor Corazón de Jesús.

El Instituto se consolida y extiende su obra por España y América. En vida de la santa, fueron 42 fundaciones llevadas a cabo no sin dificultades, con el lema AMOR Y SACRIFICIO.

«En marzo de 1898 a María Josefa se le manifiesta una aguda afección cardiaca. Le prohíben viajar y ella acepta sus limitaciones. Desde su habitación de la calle de la Naja, la Madre dirige todo el despliegue de las nuevas fundaciones».

«En enero de 1911 surgió una nueva complicación»: a la dolencia cardiaca se une una infección pulmonar. María Corazón, como le decía el pueblo, pasará desde entonces su tiempo sentada en un sillón, limitada «como los miles de enfermos a los que consagró su vida y su tiempo. Las hermanas la quieren rodear de atenciones y comodidades pero ella repite: "Dejadme morir como una pobre religiosa…Tratadme como a los pobres, quiero morir como he vivido"».

«El 20 de marzo, al día siguiente de la fiesta de San José, al que había tenido gran devoción, entró en agonía de una manera sencilla como su vida, serena como su corazón. Sus últimas palabras después de haber recibido la Unción de los Enfermos fueron: "Ya está todo". Su débil corazón que tanto había amado a los enfermos y a las Siervas de Jesús de la Caridad, dejó de latir y expiró». 

«En el año 1992 fue beatificada por Juan Pablo II y canonizada por el mismo Papa el día 1 de octubre de 2000».


Oración
Te bendecimos, Señor, 
porque has elegido 
 Santa María Josefa del Corazón de Jesús 
para hacer presente tu amor misericordioso 
en el mundo del dolor.

Concédenos la gracia que por su intercesión te pedimos (...) 
y que su ejemplo nos ayude 
a revestirnos de los sentimientos de bondad y de amor 
de tu Divino Corazón
en favor de los enfermos, ancianos y niños.

Corazón de Jesús, salud de los enfermos.
Ten misericordia de nosotros

Corazón de Jesús, fortaleza de los ancianos.
Ten misericordia de nosotros

Corazón de Jesús, amigo de los niños.
Ten misericordia de nosotros

17 de marzo de 2026

17 de marzo: San Patricio

 

Cristo conmigo,

Cristo ante mí,

Cristo tras de mí,

Cristo en mí,

Cristo bajo mí,

Cristo sobre mí,

Cristo a mi derecha, 

Cristo a mi izquierda,

Cristo cuando me acuesto, 

Cristo cuando me siento,

Cristo cuando me levanto,

Cristo en el corazón de todo hombre
    que piensa en mí,

Cristo en la boca de todo hombre
    que hable de mí,

Cristo en todo ojo que me ve,

Cristo en todo oído que me escucha.

San Patricio





Esta oración, conocida como "Coraza de San Patricio" (aquí transcripta sólo en su versión breve, que es la parte más conocida de la plegaria)  es parte del Liber Hymnorum o Libro de los Himnos, una colección de cuarenta himnos en latín e irlandés. Aunque ha sido adjudicada a San Patricio, el origen es incierto. La leyenda dice que San Patricio compuso la oración buscando la protección de Dios frente a las armas de los reyes paganos que no querían que Patricio difundiera la cristiandad en Irlanda.

El vitral pertenece a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, de la ciudad bonaerense de Lobos

15 de marzo de 2026

Domingo IV de Cuaresma

 

En el Ciclo A que estamos recorriendo, el Evangelio del Cuarto Domingo de Cuaresma relata la curación del ciego de nacimiento. 

En el transcurso de la narración (Jn 9, 1-41), Jesús pronuncia la frase que aparece -escrita en inglés- en el vitral cuya foto vemos junto a estas líneas: "I am the Light of the World", "Yo soy la luz del mundo":

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?».
   

«Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de Aquel que me envió,     mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo,  soy la luz del mundo».

    Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé"», que significa "Enviado". 
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. 
Hemos transcripto sólo los primeros versículos (Jn 9, 1-7) de la larga perícopa. 

Jesús también se refirió a sí mismo como "luz del mundo" en otros momentos, como por ejemplo inmediatamente después del episodio de la mujer pecadora a punto de ser apedreada:  
Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8, 12).

14 de marzo de 2026

14 de marzo: San Benito

Las iglesias de rito bizantino celebran hoy la «Memoria de nuestro venerable Padre Benito», que en otros calendarios se conmemora el 11 de julio o el 21 de marzo.

Para celebrar esta fecha, transcribimos la catequesis de Benedicto XVI sobre  este gran santo, que corresponde a la audiencia general del 9 de abril de 2008.


Hoy voy a hablar de San Benito, fundador del monacato occidental y también patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de San Gregorio Magno que, refiriéndose a San Benito, dice: «Este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Dial. II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente Orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de San Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, San Gregorio quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto —precisamente San Benito— la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.

En el libro de los Diálogos, San Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. También en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a San Benito como «astro luminoso», San Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, el camino de salida de la «noche oscura de la historia» ¹.

De hecho, la obra del santo, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos «Europa».

La fecha del nacimiento de San Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice San Gregorio de la región de Nursia, ex provincia Nursiae. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, San Gregorio alude al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (Dial. II, Prol. 1).

Así, antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» (Gruta sagrada).

El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, San Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecassino. Algunos han explicado que este cambio fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación resulta poco convincente, pues su muerte repentina no impulsó a San Benito a regresar (Dial. II, 8). En realidad, tomó esta decisión porque había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.

Según San Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassio —una altura que, dominando la llanura circunstante, es visible desde lejos—, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero un monasterio también tiene una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: debe dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo del año 547 San Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó, un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en el mundo entero.

En todo el segundo libro de los Diálogos, San Gregorio nos muestra cómo la vida de San Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de San Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.



Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» (Prol. 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43, 3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prol. 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prol. 35).

Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea glorificado Dios» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5, 13), a cuyo amor no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5, 2), el monje conquista la humildad (5, 1), a la que dedica todo un capítulo de su Regla (7). De este modo, el hombre se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues —como escribe san Gregorio Magno— «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía» (Dial. II, 36). El abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor (27, 8), a «servir más que a mandar» (64, 8), y a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2, 12). Para poder decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos» (3, 2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3, 3). Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.

San Benito califica la Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio» (73, 8); pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.

Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a San Benito Patrono de Europa, pretendía reconocer la admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, recién salida de un siglo herido profundamente por dos guerras mundiales y después del derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de su propia identidad.

Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente. De lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, como puso de relieve el Papa Juan Pablo II, provocó «una regresión sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» ². Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de San Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.

Ilustramos esta entrada con tres fotos de dos imágenes de San Benito que pueden encontrarse en la Abadía de Santa Escolástica: una (la primera) en la iglesia abacial propiamente dicha y la otra en un salón contiguo.

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1 cf. Juan Pablo II, Discurso en la abadía de Montecassino, 18 de mayo de 1979, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de mayo de 1979, p. 11

Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura, 12 de enero de 1990, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de enero de 1990, p. 6

12 de marzo de 2026

12 de marzo: San Gregorio Magno

 
Aunque su Memoria litúrgica se celebra el 3 de septiembre, San Gregorio Magno aparece registrado en el Martirologio el 12 de marzo, día en que, en el año 604, fue sepultado en la Basílica de San Pedro.


Leemos en el Martirologio Romano de 1956:

«En Roma, San Gregorio I, Papa, Confesor y Doctor eximio de la Iglesia; el cual por sus esclarecidos hechos y por haber convertido los ingleses a la fe de Cristo, es llamado Magno y apellidado Apóstol de Inglaterra.

La ciencia sublime y las heroicas virtudes de San Gregorio Magno inspiraron al Papa Pelagio II la idea de sacarlo del monasterio para hacerlo cardenal y, más tarde, al clero y al pueblo de Roma la de elevarlo al trono pontificio. Ocultóse a fin de evitar esta dignidad; pero una columna de fuego reveló el lugar de su retiro y puso en evidencia la voluntad de Dios a su respecto. En esta alta dignidad hizo brillar su profunda humildad, su admirable ciencia y tantas otras virtudes que verdaderamente lo han hecho magno ante Dios y ante los hombres. Murió en el año 604.

Oración: Oh Dios, que habéis concedido al alma de vuestro siervo San Gregorio las recompensas de la beatitud eterna, haced, benignamente, que sus oraciones junto a Vos nos libren del peso abrumador de nuestros pecados. Por J. C. N. S.».


Una pequeña estatua de San Gregorio Magno aparece, entre otras, en el púlpito de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera.