12 de junio de 2026

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


En el retablo principal de la iglesia del Santísimo Redentor hay una bella imagen del Sagrado Corazón de Jesús.  La compartimos hoy, en la solemnidad que le está dedicada, junto con un fragmento de la encíclica Dilexit nos (párrafos 48 a 58 pertenecientes al cap. III  "Este es el corazón que tanto amó"), del papa Francisco I.



La devoción al Corazón de Cristo no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Lo que contemplamos y adoramos es a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón. En este caso se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo encarnado y de su amor a la vez divino y humano, porque más que cualquier otro miembro de su cuerpo es «signo o símbolo natural de su inmensa caridad».  

Adoración a Cristo

Es indispensable destacar que nos relacionamos en la amistad y en la adoración con la persona de Cristo, atraídos por el amor que se representa en la imagen de su Corazón. Veneramos esa imagen que lo representa, pero la adoración se dirige sólo a Cristo vivo, en su divinidad y en toda su humanidad, para dejarnos abrazar por su amor humano y divino.

Más allá de la imagen que se utilice, es cierto que el Corazón viviente de Cristo —nunca una imagen— es objeto de adoración, porque es parte de su Cuerpo santísimo y resucitado, inseparable del Hijo de Dios que lo ha asumido para siempre. Es adorado «en cuanto es el corazón de la persona del Verbo, al que está inseparablemente unido».   No lo adoramos aisladamente, sino en cuanto con ese Corazón es el mismo Hijo encarnado quien vive, ama y recibe nuestro amor. De ahí que cualquier acto de amor o adoración a su Corazón en realidad «se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo»,   pues tal figura espontáneamente remite a él y es «símbolo e imagen expresiva de la caridad infinita de Jesucristo».  

Por esta razón nadie debería pensar que esta devoción nos pueda separar o distraer de Jesucristo y de su amor. De modo espontáneo y directo nos orienta a él y sólo a él, que nos llama a una preciosa amistad hecha de diálogo, afecto, confianza, adoración. Ese Cristo con el corazón traspasado y ardiente, es el mismo que nació en Belén por amor, es el que caminaba por Galilea sanando, acariciando, derramando misericordia, es el que nos amó hasta el fin abriendo sus brazos en la cruz. En definitiva, es el mismo que ha resucitado y vive glorioso en medio de nosotros.

La veneración de su imagen

Cabe indicar que la imagen de Cristo con su corazón, aunque de ninguna manera es objeto de adoración, no es una entre tantas otras que podríamos elegir. No es algo inventado en un escritorio o diseñado por un artista, «no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que brotó la salvación para toda la humanidad».  

Hay una experiencia humana universal que vuelve única esta imagen. Porque es indudable que a lo largo de la historia y en diversas partes del mundo el corazón se ha convertido en símbolo de la intimidad más personal y también de los afectos, las emociones, la capacidad de amar. Fuera de toda explicación científica, una mano colocada en el corazón de un amigo expresa un afecto especial; cuando una persona se enamora y está cerca de la persona amada, los latidos se aceleran; cuando alguien sufre un abandono o un engaño de parte de una persona amada, siente como una fuerte opresión en el corazón. Por otra parte, para expresar que algo es sincero, que brota realmente del centro de la persona, se afirma: “te lo digo de corazón”. El lenguaje poético no puede ignorar la fuerza de estas experiencias. Por eso es inevitable que durante la historia el corazón haya alcanzado una fuerza simbólica única que no es meramente convencional.

Entonces se comprende que la Iglesia haya elegido la imagen del corazón para representar el amor humano y divino de Jesucristo y el núcleo más íntimo de su persona. Pero, si bien el dibujo de un corazón con llamas de fuego puede ser un símbolo elocuente que nos recuerde el amor de Jesucristo, es conveniente que ese corazón sea parte de una imagen de Jesucristo. De ese modo es aún más significativo su llamado a una relación personal, de encuentro y de diálogo.   Esa imagen venerada de Cristo donde se destaca su corazón amante, tiene al mismo tiempo una mirada que llama al encuentro, al diálogo, a la confianza; tiene unas manos fuertes capaces de sostenernos; tiene una boca que nos dirige la palabra de un modo único y personalísimo.

El corazón tiene el valor de ser percibido no como un órgano separado sino como centro íntimo unificador y a su vez como expresión de la totalidad de la persona, cosa que no sucede con otros órganos del cuerpo humano. Si es el centro íntimo de la totalidad de la persona, y por lo tanto una parte que representa al todo, podemos fácilmente desnaturalizarlo si lo contemplamos separadamente de la figura del Señor. La imagen del corazón debe referirnos a la totalidad de Jesucristo en su centro unificador y, simultáneamente, desde ese centro unificador debe orientarnos a contemplar a Cristo en toda la hermosura y riqueza de su humanidad y de su divinidad.

Esto va más allá del atractivo que puedan tener las diversas imágenes que se han hecho del Corazón de Cristo, porque no es que ante las imágenes de Cristo «haya que pedirles algo a ellas, o que haya que poner la confianza en las imágenes, como antiguamente hacían los paganos», sino que «por medio de las imágenes que besamos y ante las cuales descubrimos nuestra cabeza y nos prosternamos, adoramos a Cristo».  

Es más, alguna de esas imágenes podrá parecernos poco atractiva y no movernos demasiado al amor y a la oración. Eso es secundario, ya que la imagen no es más que una figura motivadora, y, como dirían los orientales, no hay que quedarse en el dedo que indica la luna. Mientras la Eucaristía es presencia real que se adora, en este caso se trata sólo de una imagen que, aunque esté bendecida, nos invita a ir más allá de ella, nos orienta a elevar nuestro propio corazón al de Cristo vivo y unirlo a él. La imagen venerada convoca, señala, transporta, para que dediquemos un tiempo al encuentro con Cristo y a su adoración, como nos parezca mejor imaginarlo. De este modo, mirando la imagen nos situamos frente a Cristo, y ante él «el amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio».  

Dicho todo esto, no hay que olvidar que esa imagen del corazón nos habla de carne humana, de tierra, y por eso también nos habla de Dios que ha querido entrar en nuestra condición histórica, hacerse historia y compartir nuestro camino terreno. Una forma de devoción más abstracta o estilizada no será necesariamente más fiel al Evangelio, porque en este signo sensible y accesible se manifiesta el modo como Dios ha querido revelarse y volverse cercano.

9 de junio de 2026

9 de junio: San Cirilo de Alejandría

En los calendarios litúrgicos de las iglesias de tradición bizantina, hoy se recuerda a  San Cirilo, Arzobispo de Alejandría. En un sitio que «presenta el sinaxario de los santos y las principales fiestas del año litúrgico de la Tradición Bizantina, según el Typikón Constantinopolitano en uso en las diócesis bizantinas italianas de la Iglesia Católica»  encontramos el texto que transcribimos a continuación.

«Cirilo, nacido probablemente alrededor de 370 en Alejandría, era sobrino de Teófilo, arzobispo de Alejandría en Egipto, quien lo educó y lo introdujo en la vida eclesiástica desde su juventud, hasta que lo sucedió en 412. Durante su episcopado, Cirilo tuvo que luchar encarnizadamente contra la herejía de Nestorio, arzobispo de Constantinopla, quien, junto con el sacerdote Anastasio, apoyó la inexactitud del título de Theotokos (Madre de Dios) para María, prefiriendo en su lugar el título de Christotokos (Madre de Cristo), porque, según ellos, María era una criatura humana, y era imposible que Dios hubiera nacido de una criatura humana. Esta herejía era muy grave porque, si bien partía de la idea de querer salvaguardar la importancia de la humanidad de Cristo, había llegado a negar la unión real entre Dios y el Hombre en Cristo.

Cirilo refutó la doctrina de Nestorio en el Tercer Concilio Ecuménico de Éfeso, celebrado en 431, bajo el emperador Teodosio el Joven. Las intrigas de los nestorianos, sin embargo, lograron destituirlo de su cargo durante unos meses, pero, habiendo regresado al trono episcopal, Cirilo continuó gobernando la iglesia de Alejandría hasta 444, año en que murió. San Cirilo nos dejó numerosas obras valiosas, comentarios sobre las Sagradas Escrituras, tratados dogmáticos sobre la fe cristiana, demostraciones de la verdad de la fe y refutaciones de herejías.

La Iglesia Católica lo proclamó Doctor de la Iglesia y San Cirilo es considerado el último representante notable de la tradición alejandrina, definido como el “guardián de la exactitud” y el “sello de los Padres”».

De la liturgia bizantina del día:

Con toda piedad celebramos al lumbrera del mundo y príncipe de los retóricos, campeón y defensor de la siempre Virgen María, el que con doctrinas ardientes quemó verdaderamente las impías palabras anticristianas de la fatal herejía del abominable Nestorio. Digamos, pues: Oh divino Cirilo, intercede para que Cristo fortalezca la fe ortodoxa.


El vitral pertenece a la Basílica de Luján.

8 de junio de 2026

Lunes de la Semana X Durante el Año

El Lunes de la Semana X  del Tiempo Ordinario, en los años pares, se proclama esta Primera Lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes (17, 1-6):


En aquellos días, Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:

—«¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando».

Luego el Señor le dirigió la palabra:

—«Vete de aquí hacia el oriente y escóndete junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Bebe del torrente y yo mandaré a los cuervos que te lleven allí la comida».

Elías hizo lo que le mandó el Señor, y fue a vivir junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán.

Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente.


En la iglesia  de San Jorge,  del Patriarcado Ortodoxo de Antioquía -ubicada en Scalabrini Ortiz  1261 de la ciudad de Buenos Aires- hay un hermoso icono que muestra al profeta Elías en un paisaje rocoso; a la derecha, sobre un promontorio, un cuervo que sostiene un pan en su pico, tal como lo señala el texto bíblico que hemos transcripto. 


El cuervo llevando un trozo de pan se ha convertido en uno de los principales atributos iconográficos del  profeta Elías, junto con la espada flamígera y el carro de fuego. La Memoria de San Elías está recogida por el Martirologio Romano el 20 de julio.

Tomamos las dos fotos en mayo de 2025.

7 de junio de 2026

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 


Por segunda vez en la historia de este blog visitamos la iglesia de la parroquia Corpus Domini. El templo, como surge de la placa, fue erigido con ocasión del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en 1934 en Buenos Aires.

Una mayólica recuerda el cincuentenario de la dedicación del templo, con el escudo y el lema del Congreso Eucarístico Nacional que, en recuerdo del de 1934,  tuvo lugar en la capital argentina en octubre de 1984.


Es natural que esta primera visita a la iglesia del Corpus Domini tenga lugar en la fecha en que celebramos en la Argentina la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Vemos a continuación una imagen clásica de Jesús, sosteniendo una hostia y un cáliz.




6 de junio de 2026

Sábado de la Semana IX Durante el Año

En la misa del Sábado de la Novena Semana del Tiempo Ordinario, se proclama un fragmento del Evangelio según San Marcos (12, 38-44), en cuya parte final se lee:


«Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo:

—"Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir"».

El episodio es representado en uno de los vitrales de la Catedral Anglicana San Juan Bautista, ubicada en el microcentro porteño

5 de junio de 2026

5 de junio: San Bonifacio

La Iglesia celebra hoy a San Bonifacio, obispo y mártir. Lo honramos aquí con una foto que tomamos en 2019 en la iglesia porteña que lleva su nombre, y unas palabras de Benedicto XVI en la Audiencia General del 11 de marzo de 2009.

«Hoy vamos a reflexionar sobre un gran misionero del siglo VIII, que difundió el cristianismo en Europa central, precisamente también en mi patria: San Bonifacio, que ha pasado a la historia como "el Apóstol de los Germanos". Poseemos muchas noticias sobre su vida gracias a la diligencia de sus biógrafos: nació en una familia anglosajona en Wessex alrededor del año 675 y fue bautizado con el nombre de Winfrido. Entró muy joven en un monasterio, atraído por el ideal monástico. Poseyendo notables capacidades intelectuales, parecía encaminado a una tranquila y brillante carrera de estudioso: fue profesor de gramática latina, escribió algunos tratados y compuso también varias poesías en latín.

Ordenado sacerdote cuando tenía cerca de treinta años, se sintió llamado al apostolado entre los paganos del continente. Gran Bretaña, su tierra, evangelizada apenas cien años antes por los benedictinos encabezados por San Agustín, mostraba una fe tan sólida y una caridad tan ardiente que enviaba misioneros a Europa central para anunciar allí el Evangelio. En el año 716, Winfrido, con algunos compañeros, se dirigió a Frisia (la actual Holanda), pero se encontró con la oposición del jefe local y el intento de evangelización fracasó. Volvió a su patria, pero no se desalentó: dos años después vino a Roma para hablar con el Papa Gregorio II y recibir directrices. El Papa, según el relato de un biógrafo, lo acogió "con el rostro sonriente y con la mirada llena de dulzura", y en los días siguientes mantuvo con él "coloquios importantes" y, al final, tras haberle impuesto el nuevo nombre de Bonifacio, con cartas oficiales le encomendó la misión de predicar el Evangelio entre los pueblos de Alemania.

Confortado y sostenido por el apoyo del Papa, San Bonifacio se dedicó a la predicación del Evangelio en aquellas regiones, luchando contra los cultos paganos y reforzando las bases de la moralidad humana y cristiana. Con gran sentido del deber escribió en una de sus cartas: "Estamos firmes en la lucha en el día del Señor, porque han llegado días de aflicción y miseria... No somos perros mudos, ni observadores taciturnos, ni mercenarios que huyen ante los lobos. En cambio, somos pastores diligentes que velan por el rebaño de Cristo, que anuncian a las personas importantes y a las comunes, a los ricos y a los pobres, la voluntad de Dios... a tiempo y a destiempo".

Con su actividad incansable, con sus dotes organizadoras y con su carácter dúctil y amable, a pesar de su firmeza, San Bonifacio obtuvo grandes resultados. El Papa entonces "declaró que quería imponerle la dignidad episcopal, para que así pudiera corregir con mayor determinación y devolver al camino de la verdad a los equivocados, se sintiera apoyado por la mayor autoridad de la dignidad apostólica y fuera tanto más aceptado por todos en el oficio de la predicación cuanto más parecía que por este motivo había sido ordenado por el prelado apostólico".

Fue el mismo Sumo Pontífice quien consagró "obispo regional" —es decir, para toda Alemania— a San Bonifacio, el cual retomó sus fatigas apostólicas en los territorios que se le confiaron y extendió su acción también a la Iglesia de la Galia: con gran prudencia restauró la disciplina eclesiástica, convocó varios sínodos para garantizar la autoridad de los sagrados cánones y reforzó la necesaria comunión con el Romano Pontífice: esta era una de sus principales preocupaciones. También los sucesores del Papa Gregorio II lo tuvieron en gran aprecio: Gregorio III lo nombró arzobispo de todas las tribus germánicas, le envió el palio y le dio facultad para organizar la jerarquía eclesiástica en aquellas regiones; el Papa Zacarías lo confirmó en su cargo y alabó su labor; el Papa Esteban III, recién elegido, recibió de él una carta en la que le expresaba su adhesión filial.

El gran obispo, además de esta labor de evangelización y organización de la Iglesia mediante la fundación de diócesis y la celebración de sínodos, favoreció la fundación de varios monasterios, masculinos y femeninos, a fin de que fueran un faro para irradiar la fe y la cultura humana y cristiana en el territorio. De los cenobios benedictinos de su patria había llamado a monjes y monjas, que le prestaron una ayuda eficacísima y valiosa en la tarea de anunciar el Evangelio y de difundir las ciencias humanas y las artes entre las poblaciones.

En efecto, con razón consideraba que el trabajo por el Evangelio debía ser también trabajo en favor de una verdadera cultura humana. Sobre todo el monasterio de Fulda —fundado hacia el año 743— fue el corazón y el centro de irradiación de la espiritualidad y de la cultura religiosa: allí los monjes, en la oración, en el trabajo y en la penitencia, se esforzaban por tender a la santidad, se formaban en el estudio de las disciplinas sagradas y profanas, y se preparaban para el anuncio del Evangelio, para ser misioneros. Así pues, por mérito de san Bonifacio, de sus monjes y de sus monjas —también las mujeres desempeñaron un papel muy importante en esta obra de evangelización— floreció asimismo la cultura humana que es inseparable de la fe y que revela su belleza.

San Bonifacio mismo nos ha dejado obras intelectuales significativas. Ante todo, su abundante epistolario, donde las cartas pastorales se alternan con las cartas oficiales y las de carácter privado, que revelan hechos sociales y sobre todo su rico temperamento humano y su profunda fe. También compuso un tratado de Ars grammatica, en el que explicaba las declinaciones, los verbos y la sintaxis del latín, pero que para él era también un instrumento para difundir la fe y la cultura. Además, le atribuyen una Ars metrica, es decir, una introducción a cómo hacer poesía, varias composiciones poéticas y, por último, una colección de 15 sermones.

Aunque ya era de edad avanzada —tenía alrededor de 80 años— se preparó para una nueva misión evangelizadora: con cerca de cincuenta monjes volvió a Frisia, donde había comenzado su obra. Casi como presagio de su muerte inminente, aludiendo al viaje de la vida, escribió al obispo Lullo, su discípulo y sucesor en la sede de Maguncia: "Deseo llevar a término el propósito de este viaje; de ningún modo puedo renunciar al deseo de partir. Está cerca el día de mi fin y se aproxima el tiempo de mi muerte; abandonando los despojos mortales, subiré al premio eterno. Pero tú, hijo queridísimo, exhorta sin cesar al pueblo a salir del laberinto del error, lleva a término la edificación de la basílica de Fulda, ya comenzada, y en ella sepulta mi cuerpo envejecido por largos años de vida".

El 5 de junio del año 754, al comenzar la celebración de la misa en Dokkum (actualmente, en el norte de Holanda), fue asaltado por una banda de paganos. Avanzando con frente serena, «prohibió a los suyos que combatieran diciendo: "Cesad, hijos, de combatir, abandonad la guerra, porque el testimonio de la Escritura nos advierte que no devolvamos mal por mal, sino bien por mal. Este es el día deseado hace tiempo; ha llegado el tiempo de nuestro fin. ¡Ánimo en el Señor!"». Fueron sus últimas palabras antes de caer bajo los golpes de sus agresores. Los restos mortales del obispo mártir fueron llevados al monasterio de Fulda, donde recibieron digna sepultura. Ya uno de sus primeros biógrafos dio este juicio sobre él: "El santo obispo Bonifacio puede llamarse padre de todos los habitantes de Alemania, porque fue el primero en engendrarlos para Cristo con la palabra de su santa predicación, los confirmó con el ejemplo y, por último, dio la vida por ellos, y no puede haber caridad mayor que esta". 

A distancia de siglos, ¿qué mensaje podemos recoger de la enseñanza y de la prodigiosa actividad de este gran misionero y mártir? Una primera evidencia se impone a quien se acerca a San Bonifacio: la centralidad de la Palabra de Dios, vivida e interpretada en la fe de la Iglesia, Palabra que él vivió, predicó, testimonió hasta el don supremo de sí mismo en el martirio. Era tan ardiente su celo por la Palabra de Dios que sentía la urgencia y el deber de llevarla a los demás, incluso con riesgo personal suyo. En ella apoyaba la fe a cuya difusión se había comprometido solemnemente en el momento de su consagración episcopal: "Profeso íntegramente la pureza de la santa fe católica y con la ayuda de Dios quiero permanecer en la unidad de esta fe, en la que sin duda alguna está toda la salvación de los cristianos".

La segunda evidencia, muy importante, que emerge de la vida de San Bonifacio es su fiel comunión con la Sede apostólica, que era un punto firme y central de su trabajo misionero; siempre conservó esta comunión como norma de su misión y la dejó casi como su testamento. En una carta al Papa Zacarías afirma: "Yo no dejo nunca de invitar y de someter a la obediencia de la Sede apostólica a aquellos que quieren permanecer en la fe católica y en la unidad de la Iglesia romana, y a todos aquellos que en esta misión Dios me da como oyentes y discípulos". Fruto de este empeño fue el firme espíritu de cohesión en torno al Sucesor de Pedro que San Bonifacio transmitió a las Iglesias en su territorio de misión, uniendo a Inglaterra, Alemania y Francia con Roma, y contribuyendo así de modo decisivo a poner las raíces cristianas de Europa que habrían de producir frutos fecundos en los siglos sucesivos.

San Bonifacio merece nuestra atención también por una tercera característica: promovió el encuentro entre la cultura romano-cristiana y la cultura germánica. En efecto, sabía que humanizar y evangelizar la cultura era parte integrante de su misión de obispo. Transmitiendo el antiguo patrimonio de valores cristianos, implantó en las poblaciones germánicas un nuevo estilo de vida más humano, gracias al cual se respetaban mejor los derechos inalienables de la persona. Como auténtico hijo de San Benito, supo unir oración y trabajo (manual e intelectual), pluma y arado.

El valiente testimonio de San Bonifacio es una invitación para todos a acoger en nuestra vida la Palabra de Dios como punto de referencia esencial, a amar apasionadamente a la Iglesia, a sentirnos corresponsables de su futuro, a buscar la unidad en torno al Sucesor de Pedro. Al mismo tiempo, nos recuerda que el cristianismo, favoreciendo la difusión de la cultura, promueve el progreso del hombre. A nosotros nos corresponde ahora estar a la altura de un patrimonio tan prestigioso y hacerlo fructificar para bien de las futuras generaciones.

Me impresiona siempre su celo ardiente por el Evangelio: a los cuarenta años abandonó una vida monástica tranquila y fructífera, una vida de monje y profesor, para anunciar el Evangelio a los sencillos, a los bárbaros; a los ochenta años, una vez más, fue a una zona donde preveía su martirio. Comparando su fe ardiente, su celo por el Evangelio, con nuestra fe a menudo tan tibia y burocrática, vemos qué debemos hacer y cómo renovar nuestra fe, para dar como don a nuestro tiempo la perla preciosa del Evangelio». 

2 de junio de 2026

2 de junio: Fiesta de los Cuatro Evangelistas

El Sinaxarión ¹ maronita (Calendario Litúrgico de los santos) incluye una fiesta dedicada conjuntamente a los cuatro Evangelistas.



De Noticias Maronitas en Facebook tomamos la información que sigue, a la que le hicimos algunos ajustes gramaticales; también copiamos de allí los epígrafes de las cuatro fotos siguientes.

Hoy la Iglesia maronita celebra la memoria de los cuatro Evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Evangelio es una palabra griega que quiere decir buena noticia o buena nueva. Son los cuatro libros dictados por el Espíritu del Señor a los cuatro escritores sagrados que narraron la vida, la predicación y la muerte de Jesucristo.

San Mateo - El primero de los cuatro Evangelios es el de San Mateo. Éste era hijo de Alfeo, de profesión publicano, esto es, recaudador de impuestos. Llamado por Jesucristo al apostolado, fue testigo ocular de todos los hechos que [tuvieron lugar] después de la Ascensión del Salvador;  predicó la fe en Etiopía, en Persia y entre los partos. Antes que saliese de la Judea fue invitado por los fieles y por los mismos Apóstoles a escribir su Evangelio. Esto tuvo lugar cerca de ocho años después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Lo escribió en la lengua hebrea, y se dice que él mismo o Santiago el Mayor lo tradujo al griego. La versión latina que hoy tenemos es muy antigua.

San Marcos - El segundo evangelista es San Marcos. Judío de nacimiento, se cree que fue uno de los sesenta y dos discípulos del Salvador. Compañero fiel de San Pedro, le siguió en sus viajes hasta Roma. Allí fue su secretario e intérprete y le ayudó a predicar la fe en la capital del Imperio Romano. (...) Escribió (...) su Evangelio en griego, idioma muy conocido de los romanos en aquellos tiempos.

San Lucas - Era natural de Antioquía y médico de profesión. Fue ganado a la fe por San Pablo, el Apóstol de las gentes, de quien fue fiel compañero en sus largas y fatigosas peregrinaciones. Predicó el Evangelio en Dalmacia, en Italia, en las Galias y, finalmente, en Macedonia. En este último punto alcanzó la corona del martirio a los ochenta y cuatro años de su edad. Escribió su Evangelio el año 53 de nuestra Era, recogiendo las noticias de testigos oculares y de las narraciones de San Pablo. Se cree también que la Santísima Virgen le enseñó algunas cosas importantes. En efecto, debemos a San Lucas muchas y preciosas noticias concernientes a la infancia de Jesús y la misma Virgen María, de las cuales nada han escrito los demás evangelistas.

San Juan - Fueron padres de San Juan, Zebedeo y María Salomé, y hermano suyo Santiago el Mayor. Era natural de Betsaida y ejerció con su padre el oficio de pescador hasta que, muy joven aún, fue llamado por el divino Maestro para que le siguiera. Le profesó Jesucristo un cariño particular por la inocencia de sus costumbres y la virtud de la pureza que conservó intacta. Por este motivo el Salvador, pendiente de la cruz, dio a Juan por hijo a María y a María por Madre a Juan. En la persona de este Santo Apóstol se hallan representados todos los fieles cristianos de quienes es María madre piadosa. Después de la Ascensión del Divino Maestro, predicó especialmente en el Asia Menor, y fijó su residencia en Éfeso, que gobernó como obispo hasta pasados los cien años de edad, y donde murió el año 107. Movido por divina inspiración, y a ruego de los fieles, en los últimos años de su vida, escribió su Evangelio contra algunos herejes que negaban la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Se detiene, en efecto, con preferencia en exponer las acciones del Salvador que más le dan a conocer como verdadero Dios. Habla muchas veces de sí, pero sin nombrarse jamás. Escribió en griego, y narró cosas vistas por él.

 

Y tomando información del sitio oficial en español Maronitas añadimos lo siguiente:


La Iglesia hoy se refiere a cada uno de los evangelistas con un símbolo diferente, símbolos mencionados por Juan en su visión y Ezequiel en su profecía: el águila, el león, el toro y el ser humano.

[El ángel] en forma de hombre [se corresponde] con Mateo, porque él comenzó su predicación haciendo la lista de los antepasados de Jesús como hombre, y narrando la aparición de un ángel a San José.



"San Mateo lleva por símbolo el rostro de un hombre porque se propone describir los hechos de Nuestro Señor Jesucristo como hombre"   (Noticias Maronitas)



El león con Marcos, porque comenzó su Evangelio con la voz de Juan el Bautista clamando como un león salvaje que ruge.

 

"El rostro del león, a causa de la voz de San Juan Bautista que gritaba en el desierto: “Preparad el camino del Señor y enderezad sus senderos”"
(Noticias Maronitas) 


Lucas con el toro porque comenzó su anuncio con el sacerdocio de Zacarías, que requiere ofrecer sacrificios con terneros y toros.

 

"El rostro de becerro (...) indica el sacrificio que solía hacer el sacerdote levítico" 
(Noticias Maronitas)

 


En cuanto a Juan, es un águila, porque comenzó su Evangelio, volando como un águila en el aire.

 

"San Juan lleva el símbolo del águila porque como águila levanta su vuelo hasta el Padre Eterno, diciendo: “En el principio era el Verbo, y Verbo estaba con Dios y Dios era el Verbo”"
(Noticias Maronitas)

 


Hoy, al conmemorar la memoria de los Cuatro Evangelistas, pidamos a Dios que haga clamar nuestras voces en el desierto de este mundo sin miedo, voces que se eleven alto en el cielo, poniendo la palabra por encima de todas las cosas. Hoy le pedimos que transforme la misión de cada uno de nosotros en un sacerdocio especial que anuncia al Hijo del Hombre y sus enseñanzas (...) [por] la intercesión de los santos Mateo, Marcos, Lucas y Juan.



Tomamos las fotos en el camarín de San Nicolás de Bari de la Catedral de La Rioja. El símbolo de cada Evangelista aparece allí con un texto alusivo.


El de Mateo dice "Filii David" (Mt 1, 1): "Hijo de David".
El de Marcos dive "Vox clamantis" (Mc 1, 3): "Una voz grita (en el desierto)"


El de Lucas dice "Gratia plena" (Lc 1, 28): "Llena de gracia".
El de Juan dice "Verbum caro" (Jn 1, 14) "El Verbo (se hizo) carne".




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¹ La palabra Sinaxarion proviene del griego Συναξάριον (del verbo συνάγειν, synágein - “juntar”), pues el Sinaxarion “junta” (o compila) –en un texto o en listas– los nombres y referencias de los santos, así como las memorias litúrgicas en que se celebran.