Al ritmo del Año Litúrgico

27 de febrero de 2020

Jueves después de Ceniza


La Antífona de Comunión de la misa de hoy, Jueves después de Ceniza, está tomada de los primeros versículos del salmo 50: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro y renueva la firmeza de mi espíritu».

«Crea en mí, Dios mío, un corazón puro»: esas palabras están inscriptas, en latín, en uno de los confesionarios de la Catedral de Buenos Aires. Tomamos la foto en octubre de 2018.

25 de febrero de 2020

Martes de la Semana VII Durante el Año



La última frase del Evangelio de la misa de hoy (Mc  9, 30-37) dice: «Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».

Las fotos (tomadas en 2014) muestran una imagen del retablo mayor del santuario de Jesús Sacramentado, en Almagro.

22 de febrero de 2020

22 de febrero: Fiesta de la Cátedra de San Pedro


San Pedro sentado: la mejor representación de la idea de "cátedra" ("silla" o "sede") que celebramos hoy. Está vestido con ornamentos pontificios, incluyendo la tiara, y lleva la cruz de triple travesaño en una mano y dos grandes llaves en la otra.


Acompañamos estas fotos, que tomamos en julio pasado en la iglesia de la ciudad salteña de Cachi, con el texto en español del himno Petrus Beatus, que se reza hoy en Laudes. Fue compuesto en la época carolingia y algunos lo atribuyen a Paulino de Aquileya (muerto en el 802). Se trata de tres estrofas de Felix per Omnes, que se canta el 29 de junio; aluden al oficio de Pedro como pastor del Rebaño y maestro de toda la Iglesia.

El bienaventurado Pedro, siguiendo el mandato del Señor, 
rompió admirablemente las cadenas del pecado; 
hecho custodio del rebaño y doctor de la Iglesia, 
aleja la rabia furiosa de los lobos, 
como buen pastor de la grey, que guarda a sus ovejas. 

Todo lo que atares en la tierra, será también atado reciamente en el Cielo, 
y lo que con tu arbitrio, desatares en la tierra, será desatado en las alturas; 
y, al final de los tiempos, juzgarás al mundo.

Gloria al Padre por toda la eternidad, el honor el poder también al Hijo, 
la virtud y la honra al Espíritu Santo; 
a Ti, Trinidad indivisa, la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.

20 de febrero de 2020

20 de febrero: Santa Jacinta Marto


Jacinta Marto es una de los tres videntes de Fátima. Cuando contaba apenas 7 años, el 13 de mayo de 1917, la Virgen se les apareció por primera vez; desde entonces, cada día 13 hasta el mes de octubre (excepto en agosto, porque a los niños se les impidió concurrir) volvieron a encontrarse con la Santísima Virgen

Apenas catorce meses después después de la última aparición, Jacinta y su hermano caen enfermos; ella ya no se recuperará. Ofrece su enfermedad y sus sufrimientos «para la conversión de los pecadores y para reparar los ultrajes que se realizan al Corazón Inmaculado de María». Finalmente, muere con serenidad el 20 de febrero de 1920; no tenía todavía 10 años. Hoy se cumple el centenario de su fallecimiento. Fue beatificada en 2000 y canonizada en 2017.

En la iglesia de la Consolación vemos un altar dedicado a la Virgen de Fátima, y a sus pies a los tres pastorcitos. Jacinta (junto a su prima Lucía) está a la izquierda de la Madre de Dios y a sus pies.

14 de febrero de 2020

14 de febrero: San Juan Bautista de la Concepción


San Juan Bautista de la Concepción, el reformador de la Orden de la Santísima Trinidad,  «nació en Almodóvar del Campo, en España, el año 1561. Ingresó en la Orden de la Santísima Trinidad, en Toledo, y ejerció con brillantez el oficio de predicador. Movido por el Espíritu Santo, inició la Reforma de la Orden y la llevó a término con la aprobación del Papa Clemente VIII, en el año 1599. Escribió muchas obras espirituales, llenas de ciencia y piedad. Murió en Córdoba, el año 1613».

La primera comunidad de trinitarios descalzos se estableció en Valdepeñas (Ciudad Real).  Con el breve «Ad militantes Ecclesiae», de 1599, Clemente VIII  aprobó la Congregación de los Hermanos Reformados y Descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad, instituida para observar con rigor la Regla de San Juan de Mata, el fundador. De hecho, actualmente la única rama de trinitarios que existe es la fundada por San Juan Bautista de la Concepción.

La abundante obra literaria del reformador trinitario es desafortunadamente poco conocida. Se refiere a «toda clase de materias espirituales. Su personal vivencia de la unión mística le dicta profundos tratados sobre la unión con Cristo, los dones del Espíritu Santo, la experiencia de la cruz y el conocimiento espiritual. Su doctrina espiritual se orienta a la unión personal con Dios Trinidad, presente en lo más profundo del alma. Para él la perfección está en abandonarse al amor transformante de Dios. La santificación del creyente es el proceso de asimilación a Cristo crucificado. Cristo es nuestro ideal, nuestro camino; su cruz, nuestra cruz, es la fragua de la santidad. Juan Bautista de la Concepción es un escritor original y profundo en las ideas, popular y rico en la expresión. Tiene una prosa armoniosa, con largos periodos, tintada de humor, de anécdotas, de ejemplos y referencias al reino vegetal, mineral y animal. Domina y conoce a los santos padres de la Iglesia y la Biblia y es su referencia obligada y constante. Quien se adentra en los surcos de su obra literaria fácilmente descubre una simbiosis de Cervantes y Juan de la Cruz», dice El Testigo Fiel.

Juan Bautista de la Concepción fue canonizado por Pablo VI el 25 de mayo de 1975.

Las fotos las tomamos en 2017 en la iglesia porteña de la Santísima Trinidad.


11 de febrero de 2020

11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes

Una destacada reproducción de las gruta de Lourdes puede verse a la entrada del templo porteño dedicado a San Vicente de Paul, en Mataderos.

El Oficio de Lectura trae hoy una carta de Santa Bernardita, la vidente de Lourdes, al padre Gondrand, escrita en el año 1861, es decir, tres años después de las apariciones. Transcribimos a continuación el texto junto con el Responsorio que le sigue:

«Cierto día fui a la orilla del río Gave a recoger leña con otras dos niñas. En seguida oí como un ruido. Miré a la pradera, pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario.
Creyendo engañarme, me restregué los ojos. Metí la mano en el bolsillo para buscar mi rosario. Quise hacer la señal de la cruz, pero fui incapaz de llevar la mano a la frente. Cuando la Señora hizo la señal de la cruz, lo intenté yo también y, aunque me temblaba la mano, conseguí hacerla. Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas, aunque sin despegar los labios. Al acabar el rosario, la visión se desvaneció.
Pregunté entonces a las dos niñas si habían visto algo. Ellas lo negaron y me preguntaron si es que tenía que hacerles algún descubrimiento. Les dije que había visto a una mujer vestida de blanco, pero que no sabía de quién se trataba. Les pedí que no lo contaran. Ellas me recomendaron que no volviese más por allí, a lo que me opuse. El domingo volví, pues sentía internamente que me impulsaban...
Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez, y me preguntó si querría ir durante quince días. Le dije que sí, y ella añadió que debía avisar a los sacerdotes para que edificaran allí una capilla. Luego me ordenó que bebiera de la fuente. Como no veía ninguna fuente, me fui hacia el río Gave, pero ella me indicó que no hablaba de ese río, y señaló con el dedo la fuente. Me acerqué, y no hallé más que un poco de agua entre el barro. Metí la mano, y apenas podía sacar nada, por lo que comencé a escarbar y al final pude sacar algo de agua; por tres veces la arrojé y a la cuarta pude beber. Después desapareció la visión y yo me marché.
Volví a ir allá durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un lunes y un viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores. Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y ojos al cielo, me dijo:
«Yo soy la Inmaculada Concepción.»
En aquellos días me reveló también tres secretos, prohibiéndome absolutamente que los comunicase a nadie, lo que he cumplido fielmente hasta ahora».

R/. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.
V/. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.
R/. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

7 de febrero de 2020

7 de febrero: Beato Pío IX

Giovanni Maria Battista Pellegrino Isidoro Mastai-Ferreti nació en 1792,  y se ordenó sacerdote en 1819. Fue nombrado obispo en 1832 y creado cardenal en 1840. En 1846 fue elegido para suceder en el papado a Gregorio XVI. Ejerció el ministerio petrino por casi 32 años, lo que constituye el pontificado más largo de la historia (excluyendo el de San Pedro, cuya duración se supone más larga pero no es posible calcular con precisión). Murió el 7 de febrero de 1878.

El Martirologio subraya que  «proclamó la verdad de Cristo, a quien estaba íntimamente unido. Instituyó muchas sedes episcopales, promovió el culto de la santísima Virgen María y convocó el Concilio Vaticano I».


Fue beatificado en 2000 por San Juan Pablo II, quien en la homilía de la ceremonia dijo estas palabras:

«Al escuchar las palabras de la aclamación del Evangelio: "Señor, guíanos por el recto camino", nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: "En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre".

Sostenido por esa convicción interior, convocó el concilio ecuménico Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte».

Un poco más adelante, en la misma homilía, afirmó Juan Pablo II que Juan XXIII «durante un retiro espiritual, en 1959, escribió en su Diario:  "Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria, e, imitándolo en sus sacrificios, quisiera ser digno de celebrar su canonización"».

Las imágenes son del púlpito de la iglesia de Balvanera.