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4 de noviembre de 2024

4 de noviembre: San Carlos Borromeo

El nombre de pila de San Juan Pablo II, como es sabido, era Carlos: Karol Wojtyła. Por ello el recordado Pontífice tenía especial devoción por San Carlos Borromeo. En la Audiencia General del 4 de noviembre de 1981 se refirió a ese santo. Transcribimos fragmentos de las palabras que pronunció ese día.

Hoy, 4 de noviembre, la Iglesia recuerda, como todos los años, la figura de San Carlos Borromeo, obispo y confesor. Puesto que he recibido en el bautismo precisamente el nombre de este Santo, deseo dedicarle la reflexión de la audiencia general de hoy (...). 

A todos aquellos que en el día de mi Santo Patrono se unen a mí en la oración, deseo repetir una vez más las palabras de la Carta a los Efesios, que ya cité el miércoles pasado: Orad "por todos los santos, y por mí, a fin de que cuando hable me sean dadas palabras con que dar a conocer con libertad el misterio del Evangelio, del que soy embajador..." (Ef 6, 18-20).

San Carlos es precisamente uno de esos Santos, a quien le fue dada la palabra "para dar a conocer el Evangelio", del cual era "embajador", habiendo heredado su misión de los Apóstoles. Él realizó esta misión de modo heroico con la entrega total de sus fuerzas. La Iglesia le miraba y, al mirarle, se edificaba: en una primera época, en el período del Concilio Tridentino, en cuyos trabajos participó activamente desde Roma, soportando el peso de una correspondencia nutrida, colaborando para llevar a feliz éxito la fatiga colegial de los padres conciliares, según las necesidades del Pueblo de Dios de entonces. Y se trataba de necesidades apremiantes. Luego, el mismo cardenal, como arzobispo de Milán, sucesor de San Ambrosio, se convierte en el incansable realizador de las resoluciones del Concilio. traduciéndolas a la práctica mediante diversos Sínodos diocesanos.

La Iglesia —y no sólo la de Milán— le debe una radical renovación del clero, a la cual contribuyó la institución de los seminarios, cuyo origen se remonta precisamente al Concilio de Trento. Y otras muchas obras, entre las cuales la institución de las cofradías, de las pías asociaciones, de los oblatos-laicos, que prefiguraban ya a la Acción Católica, los colegios, los hospitales para pobres, y finalmente la fundación de la Universidad de Brera en 1572. Los volúmenes de las "Acta Ecclesiae Mediolanensis" y los documentos que se refieren a las visitas pastorales, atestiguan esta intensa y clarividente actividad de San Carlos, cuya vida se podría sintetizar en tres expresiones magníficas: fue un Pastor santo, un maestro iluminado, un prudente y sagaz legislador.

Cuando, algunas veces en mi vida, he tenido ocasión de celebrar el Santísimo Sacrificio en la cripta de la catedral de Milán, donde descansa el cuerpo de San Carlos, se me presentaba ante los ojos toda su actividad pastoral dedicada hasta el fin al pueblo al que había sido enviado. Concluyó esta vida el año 1584, a la edad de 46 años, después de haber prestado un heroico servicio pastoral a las víctimas de la peste que habla afligido a Milán.

He aquí algunas palabras pronunciadas por San Carlos, indicativas de esa total entrega a Cristo y a la Iglesia, que inflamó el corazón y toda la obra pastoral del Santo. Dirigiéndose a los obispos de la región lombarda, durante el IV Concilio Provincial de 1576, les exhortaba así: "Estas son las almas para cuya salvación Dios envió a su único Hijo Jesucristo... El nos indicó también a cada uno de los obispos, que hemos sido llamados a participar en la obra de la salvación, el motivo más sublime de nuestro ministerio y enseñó que, sobre todo, el amor debe ser el maestro de nuestro apostolado, el amor que El (Jesús) quiere expresar por medio de nosotros, a los fieles que nos han sido confiados, con la predicación frecuente, con la saludable administración de los sacramentos, con los ejemplos de una vida santa... con un celo incesante" (cf. Sancti Caroli Borromei Orationes XII, Romae 1963. Oratio IV).

Lo que inculcaba a los obispos y a los sacerdotes, lo que recomendaba a los fieles, él lo practicaba el primero de modo ejemplar.

En el bautismo recibí el nombre de San Carlos. Me ha sido otorgado vivir en los tiempos del Concilio Vaticano II, el cual, como antes el Concilio Tridentino, ha tratado de mostrar el sentido de la renovación de la Iglesia según las necesidades de nuestro tiempo. Pude participar en este Concilio desde el primer día hasta el último. Me fue dado también —como mi Patrono— pertenecer al Colegio Cardenalicio. Traté de imitarle, introduciendo en la vida de la archidiócesis de Cracovia las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

Hoy, día de San Carlos, medito la gran importancia que tiene el bautismo, en el que recibí precisamente su nombre. Con el bautismo, según las palabras de San Pablo, somos sumergidos en la muerte de Cristo para recibir de este modo la participación en su resurrección. He aquí las palabras que escribe el Apóstol en la Carta a los Romanos: "Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como El resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque, si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom 6, 4-5).

Mediante el bautismo, cada uno de nosotros recibe la participación sacramental en esa Vida que —merecida a través de la cruz— se ha revelado en la resurrección de nuestro Señor y Redentor. Al mismo tiempo, arraigándonos con todo nuestro ser humano en el misterio de Cristo, somos consagrados por primera vez en El al Padre. Se realiza en nosotros el primero y fundamental acto de consagración, mediante el cual, el Padre acepta al hombre como su hijo adoptivo: el hombre se entrega a Dios, para que en esta filiación adoptiva realice su voluntad y se convierta de manera cada vez más madura en parte de su Reino. El sacramento del bautismo comienza en nosotros ese "sacerdocio real", mediante el cual participamos en la misión de Cristo mismo, Sacerdote, Profeta y Rey.

El Santo, cuyo nombre recibimos en el bautismo, debe hacernos constantemente conscientes de esta filiación divina que se ha convertido en nuestra parte. Debe también ayudar a cada uno a formar toda la vida humana a medida de lo que ha sido hecho por obra de Cristo: por medio de su muerte y resurrección. He aquí el papel que San Carlos realiza en mi vida y en la vida de todos los que llevan su nombre.


(...)

Mirando mi vida en la perspectiva del bautismo, mirándola a través del ejemplo de San Carlos Borromeo, doy las gracias a todos los que hoy, en todo el período pasado, y continuamente, también ahora, me sostienen con la oración y a veces incluso con grandes sacrificios personales. Espero que, gracias a esta ayuda espiritual, podré alcanzar esa madurez que debe ser mi parte (así como también la de cada uno de nosotros) en Jesucristo crucificado y resucitado —para bien de la Iglesia y salvación de mi alma—, del mismo modo que ella fue la parte de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y de tantos Sucesores de San Pedro en la Sede romana, a la cual, según las palabras de San Ignacio de Antioquía, corresponde "presidir en la caridad" (Carta a los Romanos, Inscr. Funk, Patres Apostolici, I, 252).

Un vitral de la Basílica del Santísimo Sacramento representa a San Carlos Borromeo.

4 de noviembre de 2021

4 de noviembre: San Carlos Borromeo

 

«La memoria obligatoria de San Carlos Borromeo, muerto en Milán el 3 de noviembre de 1584, canonizado en 1610 e inscrito en el calendario en 1613, nos presenta a una de las figuras más significativas de la reforma conciliar postridentina. 

Nacido en Arona (cerca del lago Mayor) en 1538, de una ilustre familia del ducado de Milán (su padre estaba casado con Margarita de Médicis, hermana del futuro Pío IV), se doctoró a los veintiún años por la universidad de Pavía "in utroque iure". Llegó a ser cardenal diácono del título de Santa Práxedes, creado por su tío Pío IV, que lo llamó a Roma y le confió altos cargos (...). Fue nombrado al mismo tiempo Arzobispo de Milán (gobernada por el vicario Ormaneto), con la obligación de permanecer en Roma, además de administrador de las legaciones en Bolonia, Romagna y más tarde en las Marche. 

Pero en la curia romana empezó enseguida a condenar los abusos y excesos, ganándose muchas enemistades; por lo que, casi veinte años después del comienzo del concilio de Trento (1545), convenció al papa (en 1562-1563) para que lo prosiguiera y terminara. En 1562, tras la muerte de su hermano, desmintiendo rumores que auspiciaban su vuelta al mundo, demostró su opción  irrevocable, y a los veinticuatro años se hizo ordenar sacerdote y después obispo. Volvió, dos años después de la muerte del papa (1565), a Milán, donde transcurrirán los dieciocho años de su vida de pastor. 

Nombrado en 1560 protector de la nación suiza, tenía bajo su jurisdicción tres valles suizos del cantón de los Grisones, donde también hizo las visitas pastorales para reprimir abusos y restablecer la disciplina eclesiástica. Y como tenía jurisdicción igualmente sobre tierras vénetas, genovesas y novaresas (además de las milanesas), hubo de visitar innumerables parroquias, convocando sínodos diocesanos y seis concilios provinciales (1565-1582). 

En el clima de la dominación española en Lombardía, Carlos supo oponerse a las pretensiones de los gobernadores, llegando en 1579 a excomulgar a uno (...), oponiéndose asimismo a la introducción de la inquisición española en su diócesis, patrocinada por el poderoso Felipe II. Supo resistir también a unos canónigos (de Santa María de la Scala), que lo rechazaron cuando quería entrar en su basílica, y a la opulencia sin medida de la Congregación de los Humillados, hasta sufrir un atentado (1569), afortunadamente sin consecuencias. Por ello suprimió la primera Orden de los Humillados, fundiendo su tercera orden con confraternidades parecidas. 

Ya antes de su llegada a Milán, en la difícil situación de su tiempo, cuando arreciaban las guerras civiles por motivos religiosos en Francia; cuando en Inglaterra la reina Isabel truncaba la restauración católica iniciada con María Tudor; cuando en Flandes se producía una ruptura político-religiosa bajo Felipe II, Carlos había demostrado que era ejecutor de las decisiones del papa, tío suyo. Pero en su plena responsabilidad de pastor se reveló, además de pastor infatigable, también un gran reformador y organizador tanto de la vida eclesiástica como de la vida cívica. Así, en la peste de 1576 tomó las riendas de la situación, organizando la asistencia en el lazareto público y en los hospitales de emergencia y vendiendo su principado napolitano de Oria para socorrer la miseria pública. 

A los cuarenta y seis años, después de haber transcurrido en el santuario preferido, en el monte de Varallo (cerca de Novara), su último domingo de Pascua, hizo confesión general, reconociendo todos los errores de su vida. Murió en Milán, adonde se había hecho trasladar exhausto». 

Fuente: «Santos del Calendario Romano», de Enzo Lodi.

La imagen pertenece a la iglesia de San Saturnino y San Judas.

4 de noviembre de 2017

4 de noviembre: San Carlos Borromeo

San Pío V, San Felipe Neri, San Ignacio de Loyola y San Carlos Borromeo son seguramente las cuatro figuras más grandes de la Reforma Católica. Hoy celebramos la Memoria del último de ellos, fallecido el 3 de noviembre de 1584.

Carlos Borromeo era de familia noble; su padre era conde  y su madre pertenecía a la rama milanesa de los Médicis; un hermano de ella fue elegido Papa y tomó el nombre de Pío IV. 

Carlos, nacido en 1538, desde pequeño dio muestras de gran devoción. A los doce años recibió la tonsura.  Estudió primero en Milán y luego en la Universidad de Pavía. No se destacaba en los estudios, pero hizo grandes progresos gracias a su seriedad y responsabilidad. 

En 1559 su tío fue elegido Papa, como dijimos; al año siguiente Carlos -que no tenía aun 20 años- fue creado Cardenal Diácono. También fue designado para la sede de Milán, primero como Administrador y más tarde como Arzobispo, aunque no asumió inmediatamente.

Recibió la ordenación sacerdotal y la episcopal en 1563, y fue elevado a Cardenal Presbítero, pero ya antes le había encomendado el Pontífice importantes funciones; tuvo también la misión de colaborar con el reinicio de las sesiones del Concilio de Trento, que había sido interrumpido años antes. Luego se ocupó de la puesta en práctica de los decretos conciliares. 

Como Arzobispo de Milán desplegó una extraordinaria acción evangelizadora, organizativa, legislativa, pastoral,  caritativa y litúrgica. Nos detendremos un instante en esta última, ya que atañe directamente a la temática de este blog.  Estuvo a cargo de la supervisión de la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada según los decretos tridentinos;  él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la célebre «Missa Papae Marcelli». Además, tenía un gran respeto por la sagrada liturgia, por lo que jamás decía una oración ni administraba un sacramento apresuradamente, aunque llevara prisa.

San Carlos Borromeo murió en 1584, cuando tenía apenas 46 años,  y fue canonizado en 1610.


Las fotos que ilustran esta entrada corresponden a la imagen que se venera en un altar lateral de la Basílica de la que es Titular, junto con María Auxiliadora, en el barrio de Almagro. En la imagen viste indumentaria cardenalicia y lleva una cruz en sus manos.