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17 de septiembre de 2026

17 de septiembre: Impresión de las llagas de San Francisco



Hoy los franciscanos celebran -con categoría de Fiesta para esa familia religiosa- la  "Impresión de las Llagas a Nuestro Seráfico Padre San Francisco". El hecho ocurrió el 17 de septiembre de 1224 en el Monte Alverna, en Italia. Ese día Cristo imprimió en el cuerpo del santo las heridas de la crucifixión como signo de la  profunda identificación de Francisco con el sufrimiento del Señor. 

Honramos este día con la imagen que representa este episodio de la vida del Poverello en un retablo lateral de la Basílica de San Francisco de Asís de la ciudad de Buenos Aires. Tomamos las fotos el 18 de septiembre de 2024, al día siguiente de la reapertura del templo después de años de restauraciones. 

Completamos la entrada con la oración propuesta por el Sumo Pontífice León XIV con ocasión del VIII Centenario del tránsito de San Francisco de Asís, que se celebra este año ¹.


San Francisco, hermano nuestro, 

tú que hace ochocientos años

fuiste al encuentro de la hermana muerte 

como un hombre reconciliado,

intercede por nosotros ante el Señor.


Tú, que en el Crucifijo de San Damián 

reconociste la paz verdadera,

enséñanos a buscar en Él 

la fuente de toda reconciliación

que derriba todo muro.


Tú,  que desarmado 

atravesaste las líneas de la guerra

y de la incomprensión,

concédenos el coraje de construir puentes

allí donde el mundo levanta fronteras.


En este tiempo afligido por conflictos y divisiones,

intercede para que lleguemos a ser artesanos de paz:

testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo.

Amén.


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¹ CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS MINISTROS GENERALES DE LA CONFERENCIA DE LA FAMILIA FRANCISCANA CON MOTIVO DE LA APERTURA DEL VIII CENTENARIO DEL TRÁNSITO DE S. FRANCISCO DE ASÍS

17 de septiembre de 2021

17 de septiembre: Impresión de las Llagas de San Francisco



Hoy, el calendario de la familia franciscana celebra la Fiesta de la Impresión de las Llagas de San Francisco. 

Celebramos la fecha con unas imágenes que obtuvimos en la iglesia dedicada al Poverello en la ciudad de Santa Fe, y con la Segunda Lectura del Oficio de Lecturas del día, según el Propio de la Orden de Frailes Menores.


«De la Leyenda Menor de San Buenaventura, obispo ¹

Francisco, imagen del Crucificado

Francisco, fiel siervo y ministro de Cristo, dos años antes de entregar su espíritu a Dios, habiendo iniciado en un lugar elevado y solitario, llamado monte Alverna, la cuaresma de ayuno en honor del arcángel san Miguel –inundado más abundantemente que de ordinario por la dulzura de la suprema contemplación y abrasado en una llama más ardiente de deseos celestiales–, comenzó a experimentar un mayor cúmulo de dones y gracias divinas.

Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado, por el efecto de su tierna compasión, en aquel que, en aras de su extremada caridad, aceptó ser crucificado, una mañana próxima a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo así como la figura de un serafín, que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se hallaba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Y apareció no sólo alado, sino también crucificado: tenía las manos y los pies extendidos y clavados a la cruz, y las alas dispuestas, de una parte a otra, en forma tan maravillosa, que dos de ellas se alzaban sobre su cabeza, las otras dos estaban extendidas para volar, y las dos restantes rodeaban y cubrían todo el cuerpo.

Ante tal visión quedó lleno de estupor y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. En efecto, el aspecto gracioso de Cristo, que se le presentaba de forma tan misteriosa como familiar, le producía una intensa alegría, al par que la contemplación de la terrible crucifixión atravesaba su alma con la espada de un dolor compasivo. Al desaparecer la visión después de un arcano y familiar coloquio, quedó su alma interiormente inflamada en ardores seráficos y exteriormente se le grabó en su carne la efigie conforme al Crucificado, como si a la previa virtud licuefactiva del fuego le hubiera seguido una cierta grabación configurativa.

Al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, viéndose las cabezas de los mismos en la parte interior de las manos y en la superior de los pies, mientras que sus puntas se hallaban al lado contrario.

Asimismo, el costado derecho –como si hubiera sido traspasado por una lanza– llevaba una roja cicatriz, que derramaba con frecuencia sangre sagrada.

Y, luego que este hombre nuevo Francisco fue marcado con este nuevo y portentoso milagro –singular privilegio no concedido en los siglos pretéritos–, descendió del monte el angélico varón llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne».


Responsorio      Cf. Gal 6, 14.17
R. Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. * Por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
V. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.* Por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
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¹ (Lm 6, 1-4: San Francisco de Asís: Escritos, biografías y documentos de la época. Nueva edición corregida y actualizada, BAC, Madrid 2011 , pp. 529-530)

17 de septiembre de 2018

17 de septiembre: Impresión de las llagas de San Francisco de Asís

El Calendario Litúrgico propio de la Orden de los Frailes Menores (franciscanos) trae para hoy la Fiesta de la «Impresión de las llagas a nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís».





Transcribimos la Segunda Lectura del Oficio de Lecturas de hoy: un fragmento de la «Leyenda Menor» de San Buenaventura ¹ ("Por las llagas se convirtió Francisco en imagen del Crucificado"):

Francisco, fiel siervo y ministro de Cristo, dos años antes de entregar su espíritu  a  Dios,  habiendo  iniciado  en  un  lugar  elevado  y  solitario,  llamado  monte  Alverna,  la  cuaresma  de  ayuno  en  honor  del  arcángel  San  Miguel  –inundado más abundantemente que de ordinario por la dulzura de la suprema contemplación  y  abrasado  en  una  llama  más  ardiente  de  deseos  celestiales–,  comenzó a experimentar un mayor cúmulo de dones y gracias divinas. 
Elevándose,  pues,  a  Dios  a  impulsos  del  ardor  seráfico  de  sus  deseos  y  transformado,  por  el  efecto  de  su  tierna  compasión,  en  aquel  que,  en  aras  de  su  extremada  caridad,  aceptó  ser  crucificado,  una  mañana  próxima  a  la  fiesta  de  la  Exaltación  de  la  Santa  Cruz,  mientras  oraba  en  uno  de  los  flancos  del  monte, vio bajar de lo más alto del cielo así como la figura de un serafín, que tenía  seis  alas  tan  ígneas  como  resplandecientes.  En  vuelo  rapidísimo  avanzó  hacia  el  lugar  donde  se  hallaba  el  varón  de  Dios,  deteniéndose  en  el  aire.  Y  apareció  no  sólo  alado,  sino  también  crucificado:  tenía  las  manos  y  los  pies  extendidos y clavados a la cruz, y las alas dispuestas, de una parte a otra, en forma  tan  maravillosa,  que  dos  de  ellas  se  alzaban  sobre  su  cabeza,  las  otras  dos estaban extendidas para volar, y las dos restantes rodeaban y cubrían todo el cuerpo.
Ante  tal  visión  quedó  lleno  de  estupor  y  experimentó  en  su  corazón  un  gozo  mezclado  de  dolor.  En  efecto,  el  aspecto  gracioso  de  Cristo,  que  se  le  presentaba  de  forma  tan  misteriosa  como  familiar,  le  producía  una  intensa  alegría, al par que la contemplación de la terrible crucifixión atravesaba su alma con  la  espada  de  un  dolor  compasivo.  Al  desaparecer  la  visión  después  de  un  arcano  y  familiar  coloquio,  quedó  su  alma  interiormente  inflamada  en  ardores  seráficos  y  exteriormente  se  le  grabó  en  su  carne  la  efigie  conforme  al  Crucificado, como si a la previa virtud licuefactiva del fuego le hubiera seguido una cierta grabación configurativa.
Al  instante  comenzaron  a  aparecer  en  sus  manos  y  pies  las  señales  de  los clavos, viéndose las cabezas de los mismos en la parte interior de las manos y  en  la  superior  de  los  pies,  mientras  que  sus  puntas  se  hallaban  al  lado  contrario.
Asimismo, el costado derecho –como si hubiera sido traspasado por una lanza– llevaba una roja cicatriz, que derramaba con frecuencia sangre sagrada.
Y, luego que este hombre nuevo Francisco fue marcado con este nuevo y portentoso  milagro  –singular  privilegio  no  concedido  en  los  siglos  pretéritos–,  descendió del monte el angélico varón llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne. 


El vitral que vemos hoy, que representa este episodio de la vida de San Francisco, se encuentra en la iglesia Madre Admirable (Arroyo 917). Tomé ambas fotos en julio de 2017.

¹ (Núm. 6, 1–4; BAC 399,San Francisco de Asís, Madrid 1980, pp. 520–522)