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28 de agosto de 2024

28 de agosto: San Agustín

Si en la  Memoria de San Agustín se toman las lecturas propias que prevé el Leccionario, la Primera Lectura es el siguiente fragmento de la Primera Carta del apóstol San Juan (4, 7-16):

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.

Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.

La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.

El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Esta última frase aparece, en latín, en la parte más alta del retablo  del altar dedicado a Santa Teresa en la Basílica de San José de Flores.

Deus charitas est, 
et qui manet in charitate in Deo manet,
et Deus in eo.

24 de abril de 2021

24 de abril: Conversión de San Agustín

En el Calendario Propio de los agustinos se celebra hoy con categoría de Fiesta la "Conversión de nuestro Padre San Agustín". 


En un sitio oficial de la Orden de San Agustín se hace referencia a este hecho con estas palabras:

«Durante la Vigilia Pascual del año 387, en la noche del 24 al 25 de abril, Agustín fue bautizado por San Ambrosio, obispo de Milán. Hoy, los restos de San Agustín se veneran en la Basílica de San Pedro in Ciel d’Oro de Pavía, en Italia. El 22 de abril de 2007 visitó este lugar Benedicto XVI y, ante los fieles allí reunidos, se refirió a las tres grandes etapas o tres conversiones de Agustín»:
La primera conversión fundamental fue el camino interior hacia el “sí” de la fe y del bautismo. Agustín fue siempre una persona inquieta. Quería encontrar la vida verdadera y no vivir a ciegas, sin sentido y sin meta. La gran lucha interior de sus años juveniles fue conocer a Dios, familiarizarse realmente con Jesucristo y llegar a decirle “sí” con todas las consecuencias.
La segunda conversión de Agustín hay que situarla después de haber recibido el bautismo. El año 391 fue a la ciudad de Hipona para encontrarse con un amigo, a quien quería conquistar para su monasterio. En la liturgia dominical que se celebraba en la catedral, Valerio –obispo de la ciudad– manifestó públicamente su intención de elegir a un sacerdote para que le ayudara en la predicación. Los asistentes se fijaron en Agustín y fue aclamado como candidato al sacerdocio. A partir de entonces, aceptó ser sacerdote como servicio a la Iglesia.
Hay una tercera etapa decisiva en el camino de conversión de san Agustín. Unos veinte años después de su ordenación sacerdotal, Agustín escribió un libro titulado Retractaciones, donde revisa de modo crítico las obras que había publicado y añade algunas enmiendas. Escribe: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden es la oración diaria de la Iglesia” (cf. Retractaciones I, 19, 1-3). Agustín había aprendido la humildad y la misericordia.
El vitral  pertenece a la iglesia porteña de San Agustín. Tomé la foto en febrero de 2019.

28 de agosto de 2020

28 de agosto: San Agustín

En la Memoria de San Agustín, ofrecemos un fragmento de la catequesis de Benedicto XVI en la audiencia general del 30 de enero de 2008, dedicada al gran santo africano. Hemos elegido ese texto por su explícita referencia a la famosa frase de las Confesiones (que abajo destacamos con negrita): «Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te»: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», frase que parece estar representada en la imagen. En efecto, como es muy común en la iconografía del santo, se lo ve sosteniendo un corazón ardiente...

«La catequesis de hoy está dedicada (...) al tema de la fe y la razón, un tema determinante, o mejor, el tema determinante de la biografía de San Agustín. De niño había aprendido de su madre, Santa Mónica, la fe católica. Pero siendo adolescente había abandonado esta fe porque ya no lograba ver su racionalidad y no quería una religión que no fuera también para él expresión de la razón, es decir, de la verdad. Su sed de verdad era radical y lo llevó a alejarse de la fe católica. Pero era tan radical que no podía contentarse con filosofías que no llegaran a la verdad misma, que no llegaran hasta Dios. Y a un Dios que no fuera sólo una hipótesis cosmológica última, sino que fuera el verdadero Dios, el Dios que da la vida y que entra en nuestra misma vida. De este modo, todo el itinerario intelectual y espiritual de San Agustín constituye un modelo válido también hoy en la relación entre fe y razón, tema no sólo para hombres creyentes, sino también para todo hombre que busca la verdad, tema central para el equilibrio y el destino de todo ser humano.

Estas dos dimensiones, fe y razón, no deben separarse ni contraponerse, sino que deben estar siempre unidas. Como escribió San Agustín tras su conversión, fe y razón son "las dos fuerzas que nos llevan a conocer" (Contra academicos, III, 20, 43). A este respecto, son justamente célebres sus dos fórmulas (cf. Sermones, 43, 9) con las que expresa esta síntesis coherente entre fe y razón:  crede ut intelligas ("cree para comprender") —creer abre el camino para cruzar la puerta de la verdad—, pero también y de manera inseparable, intellige ut credas ("comprende para creer"), escruta la verdad para poder encontrar a Dios y creer.

Las dos afirmaciones de San Agustín expresan con gran eficacia y profundidad la síntesis de este problema, en la que la Iglesia católica ve manifestado su camino. Históricamente esta síntesis se fue formando, ya antes de la venida de Cristo, en el encuentro entre la fe judía y el pensamiento griego en el judaísmo helenístico. Sucesivamente, en la historia, esta síntesis fue retomada y desarrollada por muchos pensadores cristianos. La armonía entre fe y razón significa sobre todo que Dios no está lejos:  no está lejos de nuestra razón y de nuestra vida; está cerca de todo ser humano, cerca de nuestro corazón y de nuestra razón, si realmente nos ponemos en camino.

San Agustín experimentó con extraordinaria intensidad esta cercanía de Dios al hombre. La presencia de Dios en el hombre es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede reconocerse y descubrirse en la propia intimidad:  no hay que salir fuera —afirma el convertido—; "vuelve a ti mismo. La verdad habita en lo más íntimo del hombre. Y si encuentras que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo. Pero, al hacerlo, recuerda que trasciendes un alma que razona. Así pues, dirígete adonde se enciende la luz misma de la razón" (De vera religione, 39, 72). Con una afirmación famosísima del inicio de las Confesiones, autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios, él mismo subraya:  "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (I, 1, 1).

La lejanía de Dios equivale, por tanto, a la lejanía de sí mismos. "Porque tú —reconoce San Agustín (Confesiones, III, 6, 11)— estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser" ("interior intimo meo et superior summo meo"), hasta el punto de que, como añade en otro pasaje recordando el tiempo precedente a su conversión, "tú estabas, ciertamente, delante de mí, mas yo me había alejado también de mí, y no acertaba a hallarme, ¡cuánto menos a ti!" (Confesiones, V, 2, 2).

Precisamente porque San Agustín vivió a fondo este itinerario intelectual y espiritual, supo presentarlo en sus obras con tanta claridad, profundidad y sabiduría, reconociendo en otros dos famosos pasajes de las Confesiones (IV, 4, 9 y 14, 22) que el hombre es "un gran enigma" (magna quaestio) y "un gran abismo" (grande profundum), enigma y abismo que sólo Cristo ilumina y colma. Esto es importante:  quien está lejos de Dios también está lejos de sí mismo, alienado de sí mismo, y sólo puede encontrarse a sí mismo si se encuentra con Dios. De este modo logra llegar a sí mismo, a su verdadero yo, a su verdadera identidad.

El ser humano —subraya después San Agustín en el De civitate Dei (XII, 27)— es sociable por naturaleza pero antisocial por vicio, y quien lo salva es Cristo, único mediador entre Dios y la humanidad, y "camino universal de la libertad y de la salvación", como repitió mi predecesor Juan Pablo II (Augustinum Hipponensem, 21). Fuera de este camino, que nunca le ha faltado al género humano —afirma también San Agustín en esa misma obra— "nadie ha sido liberado nunca, nadie es liberado y nadie será liberado" (De civitate Dei X, 32, 2). Como único mediador de la salvación, Cristo es cabeza de la Iglesia y está unido místicamente a ella, hasta el punto de que San Agustín puede afirmar:  "Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si él es la cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total es él y nosotros" (In Iohannis evangelium tractatus, 21, 8).

Según la concepción de San Agustín, la Iglesia, pueblo de Dios y casa de Dios, está por tanto íntimamente vinculada al concepto de Cuerpo de Cristo, fundamentada en la relectura cristológica del Antiguo Testamento y en la vida sacramental centrada en la Eucaristía, en la que el Señor nos da su Cuerpo y nos transforma en su Cuerpo. Por tanto, es fundamental que la Iglesia, pueblo de Dios, en sentido cristológico y no en sentido sociológico, esté verdaderamente insertada en Cristo, el cual, como afirma San Agustín en una página hermosísima, "ora por nosotros, ora en nosotros; nosotros oramos a él; él ora por nosotros como sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza; y nosotros oramos a él como a nuestro Dios; por tanto, reconocemos en él nuestra voz y la suya en nosotros" (Enarrationes in Psalmos, 85, 1)».

La foto la  tomé en septiembre pasado en la Basílica de Santo Domingo de la ciudad de Córdoba.

Próxima entrada: 2 de septiembre (Bto. Pedro Rogue)

28 de agosto de 2018

28 de agosto: San Agustín



En la Memoria litúrgica de San Agustín, contemplamos esta bella imagen que se exhibe en la iglesia del Santísimo Redentor. El santo Obispo de Hipona está representado con las insignias episcopales y en su mano izquierda hay una hoja que dice "Roma locuta est causa finita est".


Esa frase (o más bien la idea que la frase expresa sintéticamente) fue usada por San Agustín en un sermón del año 417, aludiendo a que el Sumo Pontífice había dado su respuesta respecto del pelagianismo, y por lo tanto la cuestión estaba cerrada.  En efecto, el Papa Inocencio I había condenado esa herejía rotundamente. En su sermón CXXXI, el Doctor de la Gracia, aludiendo a los pelagianos, dijo:
...¿Por qué son enemigos de la gracia de Cristo? ¿Por qué presumís de vosotros? ¿Por qué sois desagradecidos? En efecto, ¿por qué razón vino Cristo? ¿Acaso no existía ya la naturaleza? ¿No existía, acaso, la naturaleza que, a fuerza de tanto alabarla, os engañáis? ¿No existía la ley aquí? Mas el Apóstol dice: Si la justificación se obtiene por la ley, Cristo murió en vano. Lo que dice el Apóstol de la ley, se lo decimos nosotros a estos de la naturaleza: «Si la justificación se obtiene por la naturaleza, Cristo murió en vano».
...Pues, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios. Hermanos míos, compadeceos de ellos conmigo. Dondequiera que los halléis, no los ocultéis; no se dé en vosotros una misericordia mal entendida; recalco lo dicho: dondequiera que los halléis, no los ocultéis. Refutad a los que se oponen a la gracia, y a los obstinados traédmelos a mí. Porque a propósito de esta cuestión ya se han enviado a la Sede Apostólica las actas de dos concilios; de allí han llegado también los rescriptos. El asunto está concluido; ¡ojalá concluya de una vez el error! Así, pues, los amonestamos para que tomen conciencia, los enseñamos para que estén instruidos; oremos para que cambien.
"A propósito de esta cuestión ya se han enviado a la Sede Apostólica las actas de dos concilios; de allí han llegado también los rescriptos. El asunto está concluido": la frase de Agustín se sintetizó en la expresión que se hizo popular: "Roma locuta, causa finita".