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2 de enero de 2026

2 de enero: San Gregorio Nacianceno

El 30 de enero de 2021 honramos a los tres grandes santos que las iglesias orientales, tanto católicas como ortodoxas, celebran conjuntamente en una única sinaxis: Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo.

En la Liturgia latina, los dos primeros son recordados en la Memoria de hoy. Así dice el Martirologio:

Memoria de San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia. Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, apodado «Magno» por su doctrina y sabiduría, enseñó a los monjes la meditación de la Escritura, el trabajo en la obediencia y la caridad fraterna, ordenando su vida según las reglas que él mismo redactó. Con sus egregios escritos educó a los fieles y brilló por su trabajo pastoral en favor de los pobres y de los enfermos. Falleció el día uno de enero del año 379. Gregorio, amigo suyo, fue obispo de Sancina, en Constantinopla, y finalmente de Nacianzo. Defendió con vehemencia la divinidad del Verbo, y mereció por ello ser llamado «Teólogo». Murió el 25 de enero del año 390. La Iglesia se alegra de celebrar conjuntamente la memoria de tan grandes doctores.

Hoy nos referirenos sólo a San Gregorio Nacianceno, cuya imagen, venerada en la iglesia ortodoxa argentina San Martín de Tours, vemos junto a estas líneas.

En la catequesis de la audiencia general del 8 de agosto de 2007, el papa Benedicto XVI dijo:

«El miércoles pasado hablé de un gran maestro de la fe, el Padre de la Iglesia San Basilio. Hoy quiero hablar de su amigo San Gregorio Nacianceno, que, al igual que San Basilio, era originario de Capadocia. Ilustre teólogo, orador y defensor de la fe cristiana en el siglo IV, fue célebre por su elocuencia y, al ser también poeta, tuvo un alma refinada y sensible.

San Gregorio nació en el seno de una familia noble. Su madre lo consagró a Dios desde su nacimiento, que tuvo lugar alrededor del año 330. Después de la educación familiar, frecuentó las más célebres escuelas de su época: primero fue a Cesarea de Capadocia, donde entabló amistad con san Basilio, futuro obispo de esa ciudad; luego estuvo en otras metrópolis del mundo antiguo, como Alejandría de Egipto y sobre todo Atenas, donde se encontró de nuevo con san Basilio.

Recordando su amistad con San Basilio, escribirá más tarde: "Yo, entonces, no sólo sentía gran veneración hacia mi gran amigo Basilio por la austeridad de sus costumbres y por la madurez y sabiduría de sus discursos, sino que también inducía a tenerla a otros que aún no lo conocían... Nos impulsaba el mismo anhelo de saber... Nuestra competición no consistía en ver quién era el primero, sino en quién permitiría al otro serlo. Parecía que teníamos una sola alma en dos cuerpos" (1). Esas palabras representan en cierto sentido un autorretrato de esta alma noble. Pero también se puede imaginar que este hombre, fuertemente proyectado más allá de los valores terrenos, sufrió mucho por las cosas de este mundo.

Al volver a casa, San Gregorio recibió el bautismo y se orientó hacia la vida monástica: se sentía atraído por la soledad y la meditación filosófica y espiritual. Él mismo escribirá: "Nada me parece más grande que esto: hacer callar a los sentidos; salir de la carne del mundo; recogerse en sí mismo; no ocuparse ya de las cosas humanas, salvo de las estrictamente necesarias; hablar consigo mismo y con Dios; vivir una vida que trascienda las cosas visibles; llevar en el alma imágenes divinas siempre puras, sin mezcla de formas terrenas y erróneas; ser realmente un espejo inmaculado de Dios y de las cosas divinas, y llegar a serlo cada vez más, tomando luz de la Luz...; gozar del bien futuro ya en la esperanza presente, y conversar con los ángeles; haber dejado ya la tierra, aun estando en la tierra, transportados a las alturas con el espíritu" (2).

Como confiesa él mismo en su autobiografía, era reacio a recibir la ordenación presbiteral, porque sabía que así debería ser pastor, ocuparse de los demás, de sus cosas, y por tanto ya no podría dedicarse exclusivamente a la meditación. Con todo, aceptó esta vocación y asumió el ministerio pastoral con obediencia total, aceptando ser llevado por la Providencia a donde no quería ir (cf. Jn 21, 18), como a menudo le aconteció en la vida.

En el año 371, su amigo Basilio, obispo de Cesarea, contra el deseo del mismo Gregorio, lo quiso consagrar obispo de Sásima, una localidad estratégicamente importante de Capadocia. Sin embargo, él, por diversas dificultades, no llegó a tomar posesión, y permaneció en la ciudad de Nacianzo.

Hacia el año 379, San Gregorio fue llamado a Constantinopla, la capital, para dirigir a la pequeña comunidad católica, fiel al concilio de Nicea y a la fe trinitaria. En cambio, la mayoría había aceptado el arrianismo, que era "políticamente correcto" y considerado políticamente útil por los emperadores.

De esta forma, San Gregorio se encontró en una situación de minoría, rodeado de hostilidad. En la iglesita de la Anástasis pronunció cinco Discursos teológicos, precisamente para defender y hacer en cierto modo inteligible la fe trinitaria. Esos discursos son célebres por la seguridad de la doctrina y la habilidad del razonamiento, que realmente hace comprender que esta es la lógica divina. También la brillantez de la forma los hace muy atractivos hoy.

Por estos discursos San Gregorio recibió el apelativo de "teólogo". Así es llamado en la Iglesia ortodoxa: el "teólogo". Para él la teología no es una reflexión puramente humana, y mucho menos sólo fruto de complicadas especulaciones, sino que deriva de una vida de oración y de santidad, de un diálogo constante con Dios. Precisamente así pone de manifiesto a nuestra razón la realidad de Dios, el misterio trinitario. En el silencio contemplativo, lleno de asombro ante las maravillas del misterio revelado, el alma acoge la belleza y la gloria divinas.

Mientras participaba en el segundo concilio ecuménico, el año 381, San Gregorio fue elegido obispo de Constantinopla y asumió la presidencia del Concilio. Pero inmediatamente se desencadenó una fuerte oposición contra él; la situación se hizo insostenible. Para un alma tan sensible estas enemistades eran insoportables. Se repitió lo que San Gregorio había lamentado ya anteriormente con palabras llenas de dolor: "Nosotros, que tanto amábamos a Dios y a Cristo, hemos dividido a Cristo. Hemos mentido los unos a los otros por causa de la Verdad; hemos alimentado sentimientos de odio por causa del Amor; nos hemos dividido unos de otros" (3).

Así, en un clima de tensión, san Gregorio dimitió. En la catedral, abarrotada, pronunció un discurso de despedida muy emotivo y lleno de dignidad. Su emotiva intervención concluyó con estas palabras: "Adiós, gran ciudad, amada por Cristo... Hijos míos, os suplico, conservad el depósito [de la fe] que se os ha confiado (cf. 1 Tm 6, 20); recordad mis sufrimientos (cf. Col 4, 18). Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros" (4).

Volvió a Nacianzo y durante cerca de dos años se dedicó al cuidado pastoral de aquella comunidad cristiana. Luego se retiró definitivamente a la soledad en la cercana Arianzo, su tierra natal, consagrándose al estudio y a la vida ascética. Durante este período compuso la mayor parte de su obra poética, sobre todo autobiográfica: el De vita sua, un repaso en versos de su camino humano y espiritual, un camino ejemplar de un cristiano que sufre, de un hombre de gran interioridad en un mundo lleno de conflictos. Es un hombre que nos hace sentir la primacía de Dios y por eso también nos habla a nosotros, a nuestro mundo: sin Dios el hombre pierde su grandeza; sin Dios no hay auténtico humanismo.

Por eso, escuchemos esta voz y tratemos de conocer también nosotros el rostro de Dios. En una de sus poesías escribió, dirigiéndose a Dios: "Sé benigno, tú, que estás más allá de todo" (5). Y en el año 390 Dios acogió entre sus brazos a este siervo fiel, que con aguda inteligencia lo había defendido en sus escritos, y que con tanto amor le había cantado en sus poesías».

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(1) (Oratio 43, 16.20: SC 384, 154-156.164)
(2) (Oratio 2, 7: SC 247, 96)
(3) (Oratio 6, 3: SC 405, 128)
(4)  (cf. Oratio 42, 27: SC 384, 112-114)
(5) (Carmina [dogmatica] 1, 1, 29: PG 37, 508)

25 de noviembre de 2023

25 de noviembre: Santa Catalina de Alejandría


Un hermoso icono de Santa Catalina de Alejandría se venera en la iglesia Ortodoxa de San Martín de Tours, ubicada en el barrio de Palermo.

Pese a la gran devoción de que es objeto en Oriente y en Occidente, poco sabemos a ciencia cierta acerca de Santa Catalina. El Martirologio señala, escuetamente, que «según la tradición, fue una virgen de Alejandría dotada tanto de agudo ingenio y sabiduría como de fortaleza de ánimo. Su cuerpo se venera piadosamente en el célebre monasterio del monte Sinaí». Allí fue llevado por los monjes después del martirio de la santa con una rueda dentada (su principal atributo iconográfico); después de esa tortura, ordenaron cortarle la cabeza (y por eso aparece también portando una espada). 

Oración colecta:

Dios todopoderoso y eterno,
que diste a tu pueblo
el testimonio del martirio de Santa Catalina, virgen,
por su intercesión,  fortalece nuestra fe y constancia
y concédenos trabajar generosamente por la unidad de la Iglesia.

31 de mayo de 2023

31 de mayo: Fiesta de la Visitación de María

 


Varias veces Benedicto XVI se refirió a esta fiesta junto a la pequeña gruta de la Virgen de Lourdes existente en los jardines del Vaticano,  con ocasión del término del mes de María.  Un fragmento de sus palabras del año 2005 acompañan la imagen que compartimos hoy, que se venera en la iglesia ortodoxa San Martín de Tours:

Hoy, con la liturgia, nos detenemos a meditar en el misterio de la Visitación de la Virgen a Santa Isabel. María, llevando en su seno a Jesús recién concebido, va a casa de su anciana prima Isabel, a la que todos consideraban estéril y que, en cambio, había llegado al sexto mes de una gestación donada por Dios. Es una muchacha joven, pero no tiene miedo, porque Dios está con ella, dentro de ella. En cierto modo, podemos decir que su viaje fue la primera «procesión eucarística» de la historia. María, sagrario vivo del Dios encarnado, es el Arca de la Alianza, en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo. La presencia de Jesús la colma del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo rebosa de gracia: Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de Aquel a quien un día deberá anunciar a Israel. Exultan los hijos, exultan las madres. Este encuentro, impregnado de la alegría del Espíritu, encuentra su expresión en el cántico del Magníficat.

¿No es esta también la alegría de la Iglesia, que acoge sin cesar a Cristo en la santa Eucaristía y lo lleva al mundo con el testimonio de la caridad activa, llena de fe y de esperanza? Sí, acoger a Jesús y llevarlo a los demás es la verdadera alegría del cristiano. Queridos hermanos y hermanas, sigamos e imitemos a María, un alma profundamente eucarística, y toda nuestra vida podrá transformarse en un Magníficat, en una alabanza de Dios.

6 de febrero de 2023

Lunes de la Semana V Durante el Año

En las misas feriales de esta semana se leen como Primera Lectura, en forma continua, los primeros capítulo del Génesis.

El fragmento que corresponde al Lunes de la V Semana es el siguiente (Gén 1, 1-19):

Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz.» Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas; y llamó Día a la luz y Noche a las tinieblas. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día.

Dios dijo: «Que haya un firmamento en medio de las aguas, para que establezca una separación entre ellas.» Y así sucedió. Dios hizo el firmamento, y este separó las aguas que están debajo de él, de las que están encima de él; y Dios llamó Cielo al firmamento. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el segundo día.

Dios dijo: «Que se reúnan en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y que aparezca el suelo firme.» Y así sucedió. Dios llamó Tierra al suelo firme y Mar al conjunto de las aguas. Y Dios vio que esto era bueno. Entonces dijo: «Que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla y árboles frutales, que den sobre la tierra frutos de su misma especie con su semilla adentro.» Y así sucedió. La tierra hizo brotar vegetales, hierba que da semilla según su especie y árboles que dan fruto de su misma especie con su semilla adentro. Y Dios vio que esto era bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el tercer día.

Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años, y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra.» Y así sucedió. Dios hizo los dos grandes astros -el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche- y también hizo las estrellas. Y los puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para presidir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que esto era bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el cuarto día.


La creación del mundo está bellamente representada en esta pintura que se exhibe junto a la piscina bautismal de la iglesia ortodoxa dedicada a San Martín de Tours en el barrio de Palermo.  El Señor "por quien todo fue hecho" aparece junto a la representación simbólica de los seis días de la creación (en el texto de hoy se leen los cuatro primeros y mañana los restantes) y "el soplo de Dios" en forma de Paloma se cierne sobre las aguas; en este caso, sobre las aguas bautismales.


22 de julio de 2021

22 de julio: Santa María Magdalena, la Portadora de Mirra e Igual a los Apóstoles

"Santa María Magdalena, la Portadora de Mirra e Igual a los Apóstoles" (o "La Santa Mirófora, Igual a los Apóstoles, María Magdalena") es el nombre que recibe la conmemoración de hoy en las Liturgias orientales, tanto católicas como ortodoxas.


Himno en Tono I

Guardando Sus mandamientos y leyes santas, oh Santa María Magdalena,
seguiste a Cristo quien por nuestra causa nació de la Virgen,
Y celebrando tu santa memoria hoy, 
¡Nosotros recibimos el perdón de nuestros pecados y transgresiones por tus oraciones!

Precisamente de un  templo ortodoxo procede la imagen que ilustra esta entrada, y de un sitio ortodoxo tomamos la siguiente biografía:

«Santa María Magdalena, Mirófora (portadora de la mirra), nació en la cuidad de Magdala a orillas de lago Genesaret, en la región norte en la Tierra Santa. Esta pintoresca tierra es rica por sus frutas y pescado. Sus habitantes se distinguían de otros palestinos por su espontaneidad, por carácter fogoso y por su espíritu abnegado. Estas cualidades también eran propias de María Magdalena.

Desde su juventud María sufrió una posesión demoníaca. Por una coincidencia de circunstancias, o mejor dicho, por la misericordia divina, María tuvo un encuentro con nuestro Señor Jesucristo, cuando Él, predicando el Evangelio, visitó sus tierras. El Señor se compadeció y expulsó a siete demonios que la invadían, brindándole, de esta manera, una curación tanto física, como espiritual. Desde este momento María abandonó todo y se convirtió en una discípula de Cristo, sirviéndolo con otras virtuosas mujeres.

Cuando Cristo fue llevado ante Pilatos para ser injuriado, los discípulos vacilaron en su fe y huyeron, pero María no abandonó al Señor; estuvo junto a la cruz al lado de la Purísima Madre de Dios y el apóstol Juan, el discípulo más querido. Fue ella quien acompañó el cuerpo del Salvador cuando fue llevado a su tumba en el jardín de José de Arimathea y allí untó el Cuerpo con el precioso mirra y las sustancias aromáticas. Por ello fue llamada portadora de la mirra. Los funerales del cuerpo del Cristo fueron realizados de una manera muy apresurada, ya que era un viernes, y dentro de algunas horas, al anochecer, debía comenzar la festividad de la Pascua Judía.

Al día siguiente después de la Pascua, un domingo en la temprana mañana, cuando la oscuridad cubría todavía la tierra, María fue la primera en llegar a la tumba, para finalizar el rito de la sepultura del Cuerpo del Salvador. Durante su camino a la tumba, pensaba cómo iba a poder mover la roca a la entrada de la tumba que era muy pesada. Cuando llegó a la cueva, vio que la roca ya estaba apartada. Entonces, se apresuró a regresar al lugar donde estaban los apóstoles y les contó a Pedro y a Juan lo que había sucedido. Los Apóstoles fueron corriendo a la sepultura. Al encontrar los velos funerarios, los apóstoles se fueron. María llegando después de los apóstoles, entró en la cueva donde estaba la tumba y comenzó a llorar. Entonces vio a dos jóvenes vestidos en blanco. Eran dos ángeles. Uno de ellos preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". María respondió: "Se llevaron a mi Señor y no sé donde le han puesto". Al pronunciar estas palabras volvió la cabeza y vio a Jesucristo, pero no lo reconoció. Pensando que era el hortelano, le dijo: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto". Jesús le dijo: "¡María!", y reconoció ella su voz familiar y vio que era el Salvador que había resucitado. En un ímpetu de alegría se postró María a sus pies.

Ese mismo día por tercera vez, María fue digna de ver al Salvador Resucitado, cuando, junto a otras mujeres portadoras del mirra, volvió a la sepultura. Les contó a los apóstoles sobre las apariciones del Salvador, pero ellos no le creyeron. Después de la Ascensión del Señor, María, junto a los apóstoles, fue digna de la Gracia de Dios del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. 

María, testigo de la vida y de los milagros del Salvador, recorrió numerosos países predicado el cristianismo. Se dice que, predicando en Roma, fue al palacio del emperador Tiberio. Durante la audiencia le habló al emperador del Señor Jesucristo, de sus enseñanzas y de su Resurrección de la muerte. El emperador dudó de la Resurrección y pidió alguna evidencia de ello. Entonces María tomó un huevo cocido que estaba sobre una mesa y entregándoselo le dijo: "¡Cristo resucitó!". Mientras pronunciaba estas palabras, el huevo blanco, que tenia en sus manos el emperador, se puso de color rojo vivo. (...)  

Después de Roma, María Magdalena fue a Éfeso y allí ayudo en la predicación al apóstol Juan Teólogo. Las circunstancias de su muerte son desconocidas. Durante el gobierno del emperador León (886-912) sus imperecederas reliquias fueron llevadas a Constantinopla. Los soldados de las cruzadas fueron los que llevaron las reliquias de la santa a Roma. El Papa Honorio II (1216-1227) las depositó debajo del altar de San Juan Letrán».



De esta biografía queremos subrayar tres aspectos. 

Primero, que se ciñe a los datos del Evangelio respecto de la figura de Magdalena; por lo tanto, ella no es llamada pecadora ni prostituta.
Segundo, que evoca el origen de la tradición de los huevos de Pascua, que incluso hoy, entre los orientales, se regalan mientras se dice "Cristo resucitó".
Tercero, que en el icono cuya foto publicamos se representan algunos episodios de la vida de la santa identificándola con la mujer pecadora que unge los pies de Jesús y con María de Betania, hermana de Lázaro. Esa tradición, hoy ya no mantenida -al menos en Occidente- (y no recogida, como vimos, en la biografía que transcribimos), reúne en una sola persona varios datos evangélicos dispersos, como explicamos en nuestra entrada del 22 de julio de 2016. También se recogen en la imagen escenas legendarias de la vida de Santa María Magdalena.

Finalmente, notemos que en el panel central del icono Magdalena tiene un pergamino con un texto ("Mucho se le perdonó porque mucho amó") que alude justamente al episodio de la mujer que unge los pies de Jesús (Lc 7, 36-50: primer panel superior de la izquierda).  El Señor se dirige a su anfitrión y le dice:

«¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».

28 de mayo de 2021

28 de mayo: San Germán de París

 

El Martirologio Romano trae hoy la memoria de este santo pastor con las siguientes palabras:  «En París, en la Galia, San Germán, obispo, que habiendo sido antes abad de San Sinforiano de Autún, fue llamado a la sede de esta ciudad, donde, conservando el estilo de vida monástico, ejerció una fructuosa cura de almas».

San Germán nació en 496 cerca de Autun. Fue ordenado sacerdote por el obispo de esa ciudad y más tarde fue elegido abad de San Sinforiano, ubicada en los suburbios.

Se encontraba de casualidad en París cuando la sede quedó vacante, por lo que el rey Childeberto lo nombró obispo de dicha diócesis. 

San Germán siguió practicando en París el estilo de vida sencillo al que estaba acostumbrado, y su prédica invitaba a los pecadores a la conversión. Entre ellos se encontraba el mismísimo rey, que acabó por transformarse en bienhechor de los pobres y fundador de monasterios. Cuando Childeberto cayó enfermo, San Germán fue a visitarlo; los médicos habían desahuciado al rey, pero el santo pasó toda la noche en oración, y  a la mañana siguiente le devolvió la salud al imponerle las manos. 

Agradecido, Childeberto fundó en París una iglesia y un monasterio dedicados a la Santa Cruz y a San Vicente. San Germán consagró ambos edificios y construyó allí mismo una capilla dedicada a  San Sinforiano, en la que fue sepultado. Después de la muerte del santo, la iglesia tomó el nombre de Saint-Germain-des-Prés.

Durante las guerras fratricidas que dividieron a los sobrinos de Childeberto, el santo trató de mediar entre ellos y de preservar la paz, aunque sin éxito.

San Germán de París murió el 28 de mayo del año 576, a los ochenta años de edad. 

La imagen que vemos se venera en la iglesia ortodoxa consagrada en Palermo a San Martín de Tours.

28 de marzo de 2021

Domingo de Ramos

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Himno a Cristo Rey 
previsto en la liturgia de hoy para la Procesión

Coro:    Gloria, alabanza y honor a ti, Cristo,             nuestro Rey y Redentor,             a quien los niños con júbilo cantaban: Hosanna
Todos:  Gloria, alabanza y honor a ti, Cristo,             nuestro Rey y Redentor,             a quien los niños con júbilo cantaban: Hosanna
Coro:    Tú eres el Rey de Israel,             noble descendiente de David,             Rey bendito que vienes en nombre del Señor.
Todos:  Gloria, alabanza...
Coro:    Los ángeles te alaban en el Cielo;             también los hombres y todo el universo.
Todos:  Gloria, alabanza...
Coro:    El pueblo hebreo salió a tu encuentro             con palmas en las manos:             aquí estamos nosotros con himnos,             ofrendas y plegarias.
Todos:  Gloria, alabanza...
Coro:    Ellos te aclamaban cuando ibas a morir,             ahora que reinas, nosotros te cantamos.
Todos:  Gloria, alabanza...
Coro:    Ellos te agradaron;             acepta también nuestro homenaje,             Rey bueno, Rey piadoso,             que te complaces con todo lo bueno.
Todos:  Gloria, alabanza... Responsorio
V. Al entrar el Señor en la ciudad santa,los niños hebreos con palmas en las manosanunciaban la resurrección de Cristo, diciendo:*Hosanna en el cielo
R. Al enterarse de que Jesús llegaba a Jerusalén,el pueblo salió a su encuentroy con palmas en las manos, aclamaba:*Hosanna en el cielo
La imagen se exhibe en la iglesia ortodoxa San Martín de Tours en el barrio de Palermo.

7 de diciembre de 2020

7 de diciembre: Santa Fara

El Martirologio consigna hoy:  «En Eboriacum (hoy Faramoutiers), de la región de Meaux, en la Galia, Santa Fara, abadesa, la cual, habiendo gobernado durante muchos años el monasterio, fue agregada al grupo de las vírgenes que siguen al Cordero de Dios».

Fara (también llamada Burgondofara), «era hija de un noble franco que, pese a haber dejado que de niña la bendijera San Columbano y la consagrara a Dios, se opuso firmemente a la vocación religiosa de su hija».

Más tarde, lograda por fin la licencia de su padre, Fara «funda la abadía de Brige o Evoriacum, llamada luego Faremoutiers», de la que fue abadesa durante más de treinta años, «viviendo y haciendo vivir a sus monjas con gran santidad, como se muestra en la multitud de santas salidas de su convento».

«Eran hermanos suyos San Cagnoaldo, monje, y San Farón, Obispo de Meaux. Murió en el 657».

(Fuente: "Todos los santos", de Repetto)
A causa de un milagro que se le atribuye (haber devuelto la vista a una de las hermanas de su comunidad) suele invocársela como protectora de la vista y los problemas en los ojos.
La imagen que vemos se venera en la iglesia ortodoxa de San Martín de Tours, en el barrio de Palermo. La santa lleva en su mano un libro con la frase «Ceux qui sèment dans les larmes récoltent dans la joie», es decir, "Los que siembran entre lágrimas recogen con alegría", o bien, según la versión argentina de la Biblia, «Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones» (Salmo 126, 5).

Próxima entrada: 11 de diciembre (San Daniel Estilita)

4 de diciembre de 2020

4 de diciembre: San Juan Damasceno

«Hoy quiero hablar de San Juan Damasceno, un personaje destacado en la historia de la teología bizantina, un gran doctor en la historia de la Iglesia universal. Es, sobre todo, un testigo ocular del paso de la cultura griega y siriaca, compartida por la parte oriental del Imperio bizantino, a la cultura del Islam, que se abrió espacio con sus conquistas militares en el territorio reconocido habitualmente como Oriente Medio o Próximo. Juan, nacido en una familia cristiana rica, aún joven asumió el cargo —quizá ocupado también por su padre— de responsable económico del califato. Sin embargo, muy pronto, insatisfecho de la vida de la corte, escogió la vocación monástica, entrando en el monasterio de San Sabas, situado cerca de Jerusalén. Era alrededor del año 700. Sin alejarse nunca del monasterio, se dedicó con todas sus fuerzas a la ascesis y a la actividad literaria, aunque no desdeñó la actividad pastoral, de la que dan testimonio sobre todo sus numerosas Homilías. Su memoria litúrgica se celebra el 4 de diciembre. El Papa León XIII lo proclamó doctor de la Iglesia universal en 1890.

En Oriente se recuerdan de él sobre todo los tres Discursos contra quienes calumnian las imágenes santas, que fueron condenados, después de su muerte, por el concilio iconoclasta de Hieria (754). Sin embargo, estos discursos fueron también el motivo principal de su rehabilitación y canonización por parte de los Padres ortodoxos convocados al segundo concilio de Nicea (787), séptimo ecuménico. En estos textos se pueden encontrar los primeros intentos teológicos importantes de legitimación de la veneración de las imágenes sagradas, uniéndolas al misterio de la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María.

San Juan Damasceno fue, además, uno de los primeros en distinguir, en el culto público y privado de los cristianos, entre la adoración  y la veneración: la primera sólo puede dirigirse a Dios, sumamente espiritual; la segunda, en cambio, puede utilizar una imagen para dirigirse a aquel que es representado en esa imagen. Obviamente, el santo no puede en ningún caso ser identificado con la materia de la que está compuesta la imagen. Esta distinción se reveló en seguida muy importante para responder de modo cristiano a aquellos que pretendían como universal y perenne la observancia de la severa prohibición del Antiguo Testamento de utilizar las imágenes en el culto. Esta era la gran discusión también en el mundo islámico, que acepta esta tradición judía de la exclusión total de imágenes en el culto. En cambio los cristianos, en este contexto, han discutido sobre el problema y han encontrado la justificación para la veneración de las imágenes.

San Juan Damasceno escribe: "En otros tiempos Dios no había sido representado nunca en una imagen, al ser incorpóreo y no tener rostro. Pero dado que ahora Dios ha sido visto en la carne y ha vivido entre los hombres, yo represento lo que es visible en Dios. Yo no venero la materia, sino al creador de la materia, que se hizo materia por mí y se dignó habitar en la materia y realizar mi salvación a través de la materia. Por ello, nunca cesaré de venerar la materia a través de la cual me ha llegado la salvación. Pero de ningún modo la venero como si fuera Dios. ¿Cómo podría ser Dios aquello que ha recibido la existencia a partir del no ser? (...) Yo venero y respeto también todo el resto de la materia que me ha procurado la salvación, en cuanto que está llena de energías y de gracias santas. ¿No es materia el madero de la cruz tres veces bendita? (...) ¿Y no son materia la tinta y el libro santísimo de los Evangelios? ¿No es materia el altar salvífico que nos proporciona el pan de vida? (...) Y antes que nada, ¿no son materia la carne y la sangre de mi Señor? O se debe suprimir el carácter sagrado de todo esto, o se debe conceder a la tradición de la Iglesia la veneración de las imágenes de Dios y la de los amigos de Dios que son santificados por el nombre que llevan, y que por esta razón habita en ellos la gracia del Espíritu Santo. Por tanto, no se ofenda a la materia, la cual no es despreciable, porque nada de lo que Dios ha hecho es despreciable".

Vemos que, a causa de la encarnación, la materia aparece como divinizada, es considerada morada de Dios. Se trata de una nueva visión del mundo y de las realidades materiales. Dios se ha hecho carne y la carne se ha convertido realmente en morada de Dios, cuya gloria resplandece en el rostro humano de Cristo. Por consiguiente, las invitaciones del Doctor oriental siguen siendo de gran actualidad, teniendo en cuenta la grandísima dignidad que la materia recibió en la Encarnación, pues por la fe pudo convertirse en signo y sacramento eficaz del encuentro del hombre con Dios.

Así pues, San Juan Damasceno es testigo privilegiado del culto de las imágenes, que ha sido uno de los aspectos característicos de la teología y de la espiritualidad oriental hasta hoy. Sin embargo, es una forma de culto que pertenece simplemente a la fe cristiana, a la fe en el Dios que se hizo carne y se hizo visible. La doctrina de San Juan Damasceno se inserta así en la tradición de la Iglesia universal, cuya doctrina sacramental prevé que elementos materiales tomados de la naturaleza puedan ser instrumentos de la gracia en virtud de la invocación (epíclesis) del Espíritu Santo, acompañada por la confesión de la fe verdadera.

En unión con estas ideas de fondo San Juan Damasceno pone también la veneración de las reliquias de los santos, basándose en la convicción de que los santos cristianos, al haber sido hechos partícipes de la resurrección de Cristo, no pueden ser considerados simplemente "muertos". Enumerando, por ejemplo, aquellos cuyas reliquias o imágenes son dignas de veneración, San Juan precisa en su tercer discurso en defensa de las imágenes: "Ante todo (veneramos) a aquellos en quienes ha habitado Dios, el único santo, que mora en los santos (cf. Is 57, 15), como la Santa Madre de Dios y todos los santos. Estos son los que, en la medida de lo posible, se han hecho semejantes a Dios con su voluntad y por la inhabitación y la ayuda de Dios, son llamados realmente dioses (cf. Sal 82, 6), no por naturaleza, sino por contingencia, como el hierro al rojo vivo es llamado fuego, no por naturaleza sino por contingencia y por participación del fuego. De hecho dice: "Seréis santos, porque yo soy santo" (Lv 19, 2)".

Por eso, después de una serie de referencias de este tipo, San Juan Damasceno, podía deducir serenamente: "Dios, que es bueno y superior a toda bondad, no se contentó con la contemplación de sí mismo, sino que quiso que hubiera seres beneficiados por él que pudieran llegar a ser partícipes de su bondad; por ello, creó de la nada todas las cosas, visibles e invisibles, incluido el hombre, realidad visible e invisible. Y lo creó pensándolo y realizándolo como un ser capaz de pensamiento enriquecido por la palabra y orientado hacia el espíritu. Y para aclarar aún más su pensamiento, añade: "Es necesario asombrarse de todas las obras de la providencia, alabarlas todas y aceptarlas todas, superando la tentación de señalar en ellas aspectos que a muchos parecen injustos o inicuos; admitiendo, en cambio, que el proyecto de Dios va más allá de la capacidad de conocer y comprender del hombre, mientras que, por el contrario, sólo él conoce nuestros pensamientos, nuestras acciones e incluso nuestro futuro". Por lo demás, ya Platón decía que toda filosofía comienza con el asombro: también nuestra fe comienza con el asombro ante la creación, ante la belleza de Dios que se hace visible.

El optimismo de la contemplación natural, de ver en la creación visible lo bueno, lo bello y lo verdadero, este optimismo cristiano no es un optimismo ingenuo: tiene en cuenta la herida infligida a la naturaleza humana por una libertad de elección querida por Dios y utilizada mal por el hombre, con todas las consecuencias de disonancia generalizada que han derivado de ella. De ahí la exigencia, percibida claramente por el teólogo de Damasco, de que la naturaleza en la que se refleja la bondad y la belleza de Dios, heridas por nuestra culpa, "fuese reforzada y renovada" por la venida del Hijo de Dios en la carne, después de que de muchas formas y en diversas ocasiones Dios mismo hubiera intentado demostrar que había creado al hombre no sólo para que tuviera el "ser", sino también el "bienestar"».

Fragmento de la catequesis del Papa Benedicto XVI en la Audiencia General del 6 de mayo de 2009; hemos omitido las palabras en griego y las citas, que el lector interesado puede encontrar en la página web del Vaticano. 

La imagen se venera en la iglesia ortodoxa de San Martín de Tours en el barrio de Palermo.

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