Mostrando entradas con la etiqueta iglesia de Nuestra Señora de Balvanera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta iglesia de Nuestra Señora de Balvanera. Mostrar todas las entradas

12 de marzo de 2026

12 de marzo: San Gregorio Magno

 
Aunque su Memoria litúrgica se celebra el 3 de septiembre, San Gregorio Magno aparece registrado en el Martirologio el 12 de marzo, día en que, en el año 604, fue sepultado en la Basílica de San Pedro.


Leemos en el Martirologio Romano de 1956:

«En Roma, San Gregorio I, Papa, Confesor y Doctor eximio de la Iglesia; el cual por sus esclarecidos hechos y por haber convertido los ingleses a la fe de Cristo, es llamado Magno y apellidado Apóstol de Inglaterra.

La ciencia sublime y las heroicas virtudes de San Gregorio Magno inspiraron al Papa Pelagio II la idea de sacarlo del monasterio para hacerlo cardenal y, más tarde, al clero y al pueblo de Roma la de elevarlo al trono pontificio. Ocultóse a fin de evitar esta dignidad; pero una columna de fuego reveló el lugar de su retiro y puso en evidencia la voluntad de Dios a su respecto. En esta alta dignidad hizo brillar su profunda humildad, su admirable ciencia y tantas otras virtudes que verdaderamente lo han hecho magno ante Dios y ante los hombres. Murió en el año 604.

Oración: Oh Dios, que habéis concedido al alma de vuestro siervo San Gregorio las recompensas de la beatitud eterna, haced, benignamente, que sus oraciones junto a Vos nos libren del peso abrumador de nuestros pecados. Por J. C. N. S.».


Una pequeña estatua de San Gregorio Magno aparece, entre otras, en el púlpito de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera.

30 de mayo de 2025

30 de mayo: San Fernando

Hoy, por primera vez, nos ocupamos en este blog de la gran figura de San Fernando, rey, de quien se ha dicho:  «es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política» ¹.

Así lo menciona en su elogio el Martirologio Romano:

«San Fernando III, rey de Castilla y de León, que fue prudente en el gobierno del reino, protector de las artes y las ciencias, y diligente en propagar la fe. Descansó finalmente en la ciudad de Sevilla».


Fernando III, nacido en 1198, era hijo de Alfonso IX, rey de León, y de Berengaria (o Berenguela), la hija mayor de Alfonso III de Castilla y de una de las hijas de Enrique II de Inglaterra. La hermana de Berengaria, Blanca de Castilla, era su tía; el hijo de esta, San Luis de Francia, era su primo.

Accedió al trono cuando tenía dieciocho años. 

«Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. (...) 

Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de otras muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en África, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la codificación de nuestro derecho e instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y hasta musical de la corte de Alfonso X el Sabio es fruto de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los territorios conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del reino al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran; mas prescindió de validos. Guardó rigurosamente los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aun frente a razones posteriores de conveniencia política nacional; en tal sentido es la antítesis caballeresca del «príncipe» de Maquiavelo. Fue, como veremos, hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Sólo amó la guerra bajo razón de cruzada cristiana y de legítima reconquista nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia, la negociación y el compromiso. En la cumbre de la autoridad y del prestigio atendió de manera constante, con ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre excepcional, doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo al límite las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros dio altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo.

Como gobernante fue a la vez severo y benigno, enérgico y humilde, audaz y paciente, gentil en gracias cortesanas y puro de corazón. Encarnó, pues, con su primo San Luis IX de Francia, el dechado caballeresco de su época.

Su muerte, según testimonios coetáneos, hizo que hombres y mujeres rompieran a llorar en las calles, comenzando por los guerreros.

Más aún. Sabemos que arrebató el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de logar que algunos príncipes y reyes moros abrazaran por su ejemplo la fe cristiana. «Nada parecido hemos leído de reyes anteriores», dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. «Era un hombre dulce, con sentido político», confiesa Al Himyari, historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su nieto don Juan Manuel le designaba ya en el En-xemplo XLI "el santo et bienauenturado rey Don Fernando"» ¹. 

Sintiéndose cercano a la muerte, recibió el viático y la unción de los enfermos en presencia de todos los dignatarios de la corte, a los cuales quiso dar este último ejemplo de devoción. A su hijo Alfonso, su heredero, antes de bendecirlo le dio algunos consejos para el gobierno del reino: «Teme a Dios y tenlo siempre como testigo de todas tus acciones públicas y privadas, familiares y políticas». 

Podríamos mencionar muchos otros detalles edificantes de su vida de fe. 

El 30 de mayo de 1252 entregó su alma a Dios. Tenía 53 años. Fue sepultado en la catedral de Sevilla, revestido con el hábito franciscano, pues era terciario de esa orden.

Entre los medallones con imágenes de santos que jalonan la nave central de  la iglesia de Balvanera se encuentra la efigie de San Fernando, Rey, que hemos mostrado en esta entrada.


----------

¹ José M.ª Sánchez de Muniáin, San Fernando III de Castilla y León, en Año Cristiano, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959.

8 de diciembre de 2023

8 de diciembre: Solemnidad de la Inmaculada Concepción


«Tota pulchra es, Maria;
macula originalis non est in te»

Eres toda hermosa, Maria
y en ti no hay mancha de pecado original


«...el mensaje que recibimos aquí, a los pies de María Inmaculada ... es un mensaje de confianza para cada persona de esta ciudad y de todo el mundo. Un mensaje de esperanza que no está compuesto de palabras, sino de su misma historia: ella, una mujer de nuestro linaje, que dio a luz al Hijo de Dios y compartió toda su existencia con él. Y hoy nos dice: este es también tu destino, el vuestro, el destino de todos: ser santos como nuestro Padre, ser inmaculados como nuestro hermano Jesucristo, ser hijos amados, todos adoptados para formar una gran familia, sin fronteras de nacionalidad, de color, de lengua, porque existe un solo Dios, Padre de todo hombre.

¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra ciudad: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y elegir el bien, incluso cuando cuesta e implica ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por él, predestinados a ser sus hijos.

Virgen Inmaculada, Madre nuestra dulcísima, ¡ruega por nosotros!».

(Palabras del papa Benedicto XVI en el acto de veneración a la Inmaculada en la Plaza España de Roma, 
8 de diciembre de 2010)

Las fotos fueron tomadas en la iglesia de Balvanera.

14 de octubre de 2023

Santa María "en sábado"

 


Tota pulchra es, Maria,

et macula originalis non est in te.

Tu gloria Jerusalem, tu laetitia Israel, 

tu honorificentia populi nostri.

¡Oh! María, virgo prudentissima, mater clementissima,

Ora pro nobis, intercede pro nobis 

ad Dominum Jesu Christum.


Las dos primeras frases de esta hermosa oración mariana -las que hemos destacado- se leen a ambos lados de la imagen de la Virgen Santísima en el techo de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera.  

Tomé la foto en junio de 2022.

10 de noviembre de 2020

10 de noviembre: San León Magno

En el púlpito de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera encontramos, entre otras, esta pequeña estatua del Papa San León I "Magno".

Evocamos la figura del santo de hoy con palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la audiencia del 5 de marzo de 2008:

«Continuando nuestro camino entre los Padres de la Iglesia, auténticos astros que brillan desde lejos, en el encuentro de hoy vamos a considerar la figura de un Papa que en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de San León Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuyó la tradición, fue verdaderamente uno de los más grandes Pontífices que han honrado la Sede de Roma, contribuyendo en gran medida a reforzar su autoridad y prestigio. Primer Obispo de Roma que llevó el nombre de León, adoptado después por otros doce Sumos Pontífices, es también el primer Papa cuya predicación, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones, ha llegado hasta nosotros. (...)

San León era originario de la Tuscia. Fue diácono de la Iglesia de Roma en torno al año 430, y con el tiempo alcanzó en ella una posición de gran importancia. Este papel destacado impulsó en el año 440 a Gala Placidia, que entonces gobernaba el Imperio de Occidente, a enviarlo a la Galia para resolver una situación difícil. Pero en el verano de aquel año, el Papa Sixto III, cuyo nombre está ligado a los magníficos mosaicos de la basílica de Santa María la Mayor, falleció; y como su sucesor fue elegido precisamente San León, que recibió la noticia mientras desempeñaba su misión de paz en la Galia.

Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del año 440. Así inició su pontificado, que duró más de 21 años y que ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del año 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de San Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la basílica vaticana.

El Papa San León vivió en tiempos sumamente difíciles: las repetidas invasiones bárbaras, el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial en Occidente y una larga crisis social habían obligado al Obispo de Roma —como sucedería con mayor evidencia aún un siglo y medio después, durante el pontificado de San Gregorio Magno— a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y políticas. Esto no impidió que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana.

Es famoso un episodio de la vida de San León. Se remonta al año 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegación romana, salió al encuentro de Atila, el jefe de los hunos, y lo convenció de que no continuara la guerra de invasión con la que ya había devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salvó al resto de la península. Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblemático de la acción de paz llevada a cabo por el Pontífice.

No fue tan positivo, por desgracia, tres años después, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifestó una valentía que todavía hoy nos sorprende: en la primavera del año 455, San León no logró impedir que los vándalos de Genserico, tras llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, salió al encuentro del invasor para pedirle que se detuviera, impidió al menos que Roma fuera incendiada y logró que no fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que se refugió parte de la población aterrorizada.

Conocemos bien la acción del Papa San León gracias a sus hermosísimos sermones —se han conservado casi cien en un latín espléndido y claro— y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el Pontífice se muestra en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a través de un ejercicio asiduo de la palabra, que lo muestra a la vez como teólogo y pastor. San León Magno, constantemente solícito por sus fieles y por el pueblo de Roma, así como por la comunión entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoyó y promovió incansablemente el primado romano, presentándose como auténtico heredero del apóstol San Pedro: los numerosos obispos, en gran parte orientales, reunidos en el concilio de Calcedonia, fueron plenamente conscientes de esto.

Este concilio, que tuvo lugar en el año 451, con 350 obispos participantes, fue la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristología de los tres concilios ecuménicos anteriores: el de Nicea, del año 325; el de Constantinopla, del año 381; y el de Éfeso, del año 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma San Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que «acoge y venera los cuatro concilios como los cuatro libros del santo Evangelio», porque sobre ellos —sigue explicando san Gregorio— «se eleva la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada». El Concilio de Calcedonia, al rechazar la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios, afirmó la unión en su única Persona, sin confusión ni separación, de las dos naturalezas humana y divina.

Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al Obispo de Constantinopla, el así llamado «Tomo a Flaviano», que al ser leído en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: «Pedro ha hablado por la boca de León», exclamaron al unísono los padres conciliares. Sobre todo a partir de esa intervención, y de otras realizadas durante la controversia cristológica de aquellos años, resulta evidente que el Papa sentía con particular urgencia la responsabilidad del Sucesor de Pedro, cuyo papel es único en la Iglesia, pues «a un solo apóstol se le confía lo que a todos los apóstoles se comunica», como afirma San León en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo (83, 2). Y el Pontífice supo ejercer esta responsabilidad tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y mediante sus legados. Así mostraba cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo.

Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana —en un período de profunda crisis—, San León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las Cuatro Témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.

En particular, San León Magno enseñó a sus fieles —y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros— que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Lo subraya en un sermón (64, 1-2) a propósito de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del año, «no como algo del pasado, sino más bien como un acontecimiento del presente». Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el santo Pontífice: así como el Creador animó con el soplo de la vida racional al hombre modelado con el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envió a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo mediante la nueva vida de la gracia.

Este es el misterio cristológico al que San León Magno, con su carta al Concilio de Éfeso, dio una contribución eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a través de ese concilio, lo que dijo San Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Por este motivo, al ser a la vez Dios y hombre, «no es ajeno al género humano, pero es ajeno al pecado» (cf. Serm. 64). Con la fuerza de esta fe cristológica, fue un gran mensajero de paz y de amor. Así nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Por tanto, con San León Magno, aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo».

Próxima entrada: 14 de noviembre (San Serapio)

1 de noviembre de 2020

1° de noviembre: Solemnidad de Todos los Santos



La Primera Lectura de hoy es del libro del Apocalipsis (7, 2-4. 9-14); transcribimos a continuación un fragmento de la perícopa:
(...) Vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!». Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: «¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!».     Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?». Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor». Y él me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero».
Bellamente está representado este episodio en el techo de la iglesia de Balvanera. 


Con la misma imagen ilustramos el año pasado, en el Domingo III de Pascua del Ciclo C, el fragmento del mismo libro del Apocalipsis  (5, 11-14) que se lee ese día como Segunda Lectura. Sin embargo, creemos que es aún más apropiado para el texto de hoy.

Próxima entrada: 7 de noviembre (Bto. Francisco Palau)

7 de febrero de 2020

7 de febrero: Beato Pío IX

Giovanni Maria Battista Pellegrino Isidoro Mastai-Ferreti nació en 1792,  y se ordenó sacerdote en 1819. Fue nombrado obispo en 1832 y creado cardenal en 1840. En 1846 fue elegido para suceder en el papado a Gregorio XVI. Ejerció el ministerio petrino por casi 32 años, lo que constituye el pontificado más largo de la historia (excluyendo el de San Pedro, cuya duración se supone más larga pero no es posible calcular con precisión). Murió el 7 de febrero de 1878.

El Martirologio subraya que  «proclamó la verdad de Cristo, a quien estaba íntimamente unido. Instituyó muchas sedes episcopales, promovió el culto de la santísima Virgen María y convocó el Concilio Vaticano I».


Fue beatificado en 2000 por San Juan Pablo II, quien en la homilía de la ceremonia dijo estas palabras:

«Al escuchar las palabras de la aclamación del Evangelio: "Señor, guíanos por el recto camino", nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: "En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre".

Sostenido por esa convicción interior, convocó el concilio ecuménico Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte».

Un poco más adelante, en la misma homilía, afirmó Juan Pablo II que Juan XXIII «durante un retiro espiritual, en 1959, escribió en su Diario:  "Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria, e, imitándolo en sus sacrificios, quisiera ser digno de celebrar su canonización"».

Las imágenes son del púlpito de la iglesia de Balvanera.

31 de enero de 2020

31 de enero: Santa Marcela


Dice el Martirologio en el día de hoy: «En Roma, conmemoración de Santa Marcela, viuda, la cual, como recuerda San Jerónimo, abandonando sus riquezas y dignidades, se ennobleció con la pobreza y la humildad».

El santoral de la Agencia Informativa Católica Argentina amplía esta información:

«San Jerónimo la llamó "la gloria de las matronas romanas". Habiendo perdido a su esposo a los siete meses de matrimonio, Marcela rechazó la proposición del cónsul Cereal y decidió dedicar su vida al servicio de Dios. Pronto otras damas la imitaron y al poco tiempo Roma presenció la formación de varias comunidades femeninas dedicadas a la oración y a la caridad. Santa Marcela murió el año 410 cuando los godos saquearon a Roma».

Una pintura de Santa Marcela puede verse en el techo de la iglesia de Balvanera, en donde tomamos la foto en septiembre de 2018.

3 de enero de 2020

3 de enero: Santa Genoveva

Hoy leemos en el Martirologio: «En París, ciudad de la Galia, Santa Genoveva, virgen de Nanterre, que a los quince años, aconsejada por el obispo Germán de Auxerre, tomó el velo de las vírgenes. Animó a los habitantes de la ciudad, amedrentados por las incursiones de los hunos, y ayudó a sus conciudadanos en tiempo de hambre».


Entre los vitrales de la iglesia de Balvanera hay uno dedicado a Santa Genoveva, Patrona de París. 

Nacida en 422, ya de niña se consagra a Dios, consagración que se ratifica a sus 15 años cuando es admitida oficialmente en el grupo de las vírgenes. Al morir sus padres se traslada a París, donde lleva una vida de ascetismo y oración. Cuando en 451 los hunos se acercaban a París, Genoveva aseguró que la ciudad sería respetada, y así ocurrió. La tradición recoge diversos milagros y hechos portentosos de Genoveva en favor de los habitantes de París. Se le atribuye también la construcción de una iglesia en honor de San Dionisio. Murió hacia el año 500. El actual Panteón de París fue construido originalmente para ser un templo en honor de Genoveva y conservar sus reliquias.

2 de octubre de 2019

2 de octubre: Santos Ángeles Custodios


«Cada fiel, aunque sea muy pequeño en la Iglesia,  se dice que está asistido por un ángel del que Cristo asegura que contempla sin cesar el rostro del Padre» (Orígenes) ¹.

«Hay que decir que toda alma de hombre está bajo la dirección de un ángel, como de un padre» (Orígenes) ².

«Todo creyente está bajo la protección de un ángel, si no lo ahuyentamos por el pecado. Custodia el alma como un ejército» (San Basilio Magno) ³.

La foto -que tomamos en septiembre de 2018- muestra la puerta de la iglesia de Balvanera.

------------
¹ "Sobre los principios", II, 10, 7
² "Comentario al Evangelio de Mateo", XIII, 5
³ "Homilía sobre los Salmos", 33, 6; PG XXIX, 364

21 de agosto de 2019

21 de agosto: San Pío X

Giuseppe Melchiorre Sarto, nacido en 1835, fue ordenado sacerdote en 1858 y obispo en 1884. En 1893 fue hecho cardenal por León XIII, a quien sucedió en el pontificado una década más tarde. Ocupó el trono de Pedro hasta su muerte en 1914. El Martirologio señala que «primero fue sacerdote en una parroquia, y después obispo de Mantua y patriarca de Venecia, en Italia. Finalmente, elegido Sumo Pontífice, se propuso como programa de gobierno recapitular todo en Cristo, lo que llevó a cabo con simplicidad de ánimo, pobreza y fortaleza, promoviendo entre los fieles la vida cristiana con la participación en la Eucaristía, la dignidad de la sagrada liturgia y la integridad de la doctrina». Fue beatificado en 1951 y canonizado en 1954. Es Patrono de los catequistas.

La imagen es una de las que decoran el púlpito de la iglesia de Balvanera.



Oración Colecta:
Señor, Dios nuestro, 
que  para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, 
colmaste al Papa San Pío X de sabiduría divina y fortaleza apostólica,
concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, 
podamos alcanzar la recompensa eterna. 

25 de mayo de 2019

25 de mayo: San Gregorio VII

El bello púlpito de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera incluye imágenes de cuatro papas. Uno de ellos es San Gregorio VII, cuya Memoria celebramos hoy.

Dice de él el Martirologio: «San Gregorio VII, papa, anteriormente llamado Hildebrando, que primero llevó vida monástica y colaboró en la reforma de la Iglesia en numerosas legaciones pontificias de su tiempo. Una vez elevado a la cátedra de Pedro, reivindicó con gran autoridad y fuerte ánimo la libertad de la Iglesia respecto al poder de los príncipes, defendiendo valientemente la santidad del sacerdocio. Al ser obligado a abandonar Roma por este motivo, murió en el exilio en Salerno, en la Campania».

Nació hacia 102o. Siendo joven, Hildebrando fue colaborador de Gregorio VI durante su breve pontificado. Luego se retiró a la abadía de Cluny, pero poco después fue convocado de nuevo por León IX. Siguió asesorando a los cuatro sucesores de ese pontífice, hasta que en 1073 fue elegido él mismo para la Sede de Roma. 

Gregorio VII se dedicó a luchar por libertar y purificar a la Iglesia,  suprimir la simonía y la mala conducta del clero, y abolir el sistema de las investiduras entonces vigente. Su pontificado fue fecundo, pero Gregorio VII se granjeó grandes enemistades; por eso debió exiliarse en el último tramo de su vida. Son célebres sus postreras palabras: «He amado la justicia y odiado la iniquidad; por ello muero en el destierro». Murió el 25 de mayo de 1085. Su culto fue confirmado en 1606 (lo que equivale a una beatificación) y Benedicto XIII lo canonizó en 1728.

Oración Colecta:

Señor, 
concede a tu Iglesia el espíritu de fortaleza y la sed de justicia 
con que has esclarecido al papa San Gregorio VII, 
y haz que, por su intercesión, 
sepa tu Iglesia rechazar siempre el mal 
y ejercer con entera libertad 
su misión salvadora en el mundo. 
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, 
que vive y reina contigo 
en la unidad del Espíritu Santo 
y es Dios por los siglos de los siglos.

Próxima entrada: 30 de mayo, Santa Juana de Arco

5 de mayo de 2019

Domingo III de Pascua

En la misa de hoy, Tercer Domingo de Pascua del Ciclo C, la Segunda Lectura es del Apocalipsis ( 5, 11-14) y dice así:
Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente:«El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza». También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían:«Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos». Los cuatro Seres Vivientes decían: «¡Amén!», y los Ancianos se postraron en actitud de adoración.


La escena queda bellamente ilustrada con esta imagen, que corresponde a una pintura en el cielorraso de la iglesia porteña consagrada a Nuestra Señora de Balvanera.

Próxima entrada: 6 de mayo - Aniversario de la Ordenación Episcopal de monseñor José María Arancedo

24 de abril de 2019

Miércoles de la Octava de Pascua

El célebre episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) es proclamado en la misa de hoy:

«Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?».
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».
Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».


En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

La escena -claramente ambientada en el momento en que "el día se acaba"-, en la que Jesús toma el pan y hace la bendición mientras los discípulos parecen reconocerlo justo en el instante en que el Señor desaparece "de su vista", es representada en este cuadro que se ve en la iglesia de Balvanera.

Próxima entrada:  Sábado de la Octava de Pascua (27 de abril)

24 de marzo de 2016

Jueves Santo

Nos unimos a la celebración del Jueves Santo -día en que Cristo, mientras comía con sus discípulos,  instituyó la Eucaristía- con una imagen poco usual de la Última Cena.



Es una pintura en el techo de la capilla del Santísimo Sacramento de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de Balvanera, en el barrio homónimo de Buenos Aires. 

Próxima entrada: Domingo de Pascua de Resurrección (27 de marzo de 2016)