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29 de enero de 2026

29 de enero: San Francisco de Sales

 El Martirologio de 1956 consignaba en la fecha de hoy:

San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia, Patrono principal delante de Dios de todos los escritores católicos, que en los diarios y otros escritos destinados al público, ilustran, propagan y defienden la cristiana sabiduría; el cual subió al cielo el día 28 de diciembre; pero su fiesta se celebra principalmente en este día por causa de la Traslación de su cuerpo. 

En el Calendario Litúrgico actual, la Memoria de San Francisco de Sales se celebra el 24 de enero. 

De la Carta enviada por Juan Pablo II al Obispo de Annecy con motivo del IV centenario de la ordenación episcopal de San Francisco de Sales, en 2002, extraemos algunos párrafos que nos permiten conocer mejor el perfil espiritual de quien fue llamado por Pablo VI "una de las mayores figuras de la Iglesia y de la historia" (Ángelus, 29 de enero de 1967). 


«Consagrado "príncipe obispo de Ginebra" el 8 de diciembre de 1602, aquel a quien el rey Enrique IV llamaba de manera elogiosa "el fénix de los obispos", puesto que —decía— "es un ave rara sobre la tierra", después de haber renunciado a los fastos de París y a las propuestas del rey de concederle una sede episcopal de prestigio, se convirtió en el pastor y evangelizador incansable de Saboya, su tierra, a la que amaba por encima de todo, porque —confesaba— "soy saboyano en todos los sentidos, de nacimiento y por obligación". Dejándose guiar por los Padres de la Iglesia, encontraba en la oración y en un gran conocimiento de la Escritura, fruto de la meditación, la fuerza necesaria para cumplir su misión y guiar al pueblo de Dios.

Como mi predecesor el Papa Pablo VI, que escribió la carta Sabaudiae gemma con ocasión del IV centenario de su nacimiento (29 de enero de 1967), ruego a Dios que haga florecer y resplandecer nuevamente en la Iglesia una vida espiritual radiante, gracias a la enseñanza del santo obispo de Ginebra, que sigue siendo una fuente de luz para nuestros contemporáneos, como lo fue en su tiempo.

Francisco de Sales, consejero de Papas y de príncipes, dotado de grandes cualidades espirituales, pastorales y diplomáticas, fue un hombre de unidad en una época en que las divisiones constituían una herida en el costado de la Iglesia. Se preocupó, en particular, por restablecer la unidad de su diócesis y por mantener la comunión en la fe, basando su acción en la confianza en Dios, en la caridad que todo lo puede, en la ascesis y en la oración, como subrayó en un auténtico discurso programático poco después de su ordenación sacerdotal, puesto que —decía— es así como debemos vivir la regla cristiana y comportarnos verdaderamente como hijos de Dios (cf. Sermón para el arciprestazgo:  Oeuvres complètes, edición de Annecy, VII, p. 99 ss). Más tarde explicaría lo que es en verdad la caridad teologal:  "La caridad es un amor de amistad, una amistad de dilección, una dilección de preferencia, pero de preferencia incomparable, soberana y sobrenatural, que es como un sol en toda el alma para embellecerla con sus rayos, en todas las facultades espirituales para perfeccionarlas, en todas las potencias para moderarlas, y en la voluntad, como su sede, para residir allí y hacer que quiera y ame a su Dios sobre todas las cosas" (Tratado del amor de Dios: Oeuvres complètes, IV, p. 165).

Teniendo como modelo a San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, se dedicó a difundir con fidelidad y creatividad las enseñanzas del concilio de Trento, y a aplicar sus disposiciones pastorales. Reorganizó su diócesis, que visitó totalmente dos veces, sufriendo en su corazón la dolorosa situación de Ginebra, su sede episcopal, que se había adherido a la Reforma calvinista. Se esmeró por formar a los sacerdotes, sobre todo instituyendo para ellos conferencias mensuales, a fin de dar a las ovejas sin pastor pastores misericordiosos que les enseñaran el misterio cristiano y celebraran cada vez más dignamente los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación. Puso especialmente cuidado en hacer que el clero y los fieles descubrieran que la penitencia es un momento de encuentro con el amor del Señor, que acoge a todos los que van a pedirle humildemente perdón. También se interesó por reformar las órdenes monásticas, como escribió al Papa Pablo V en noviembre de 1606 (Oeuvres complètes, XXIII, p. 325).

Francisco de Sales, doctor del amor divino, no descansaba hasta que los fieles acogían el amor de Dios, para vivirlo plenamente, orientando su corazón a Dios y uniéndose a él (cf. Tratado del amor de Dios:  Oeuvres complètes, IV, p. 40 ss). Así, bajo su guía, numerosos cristianos han recorrido el camino de la santidad. Él les mostró que todos están llamados a vivir una intensa vida espiritual, cualquiera que sea su situación y su profesión, ya que, al ser "la Iglesia un jardín esmaltado de flores infinitas, necesita tenerlas de diversas grandezas, de diversos colores, de diversos perfumes, en suma, de diferentes perfecciones. Todas tienen su valor, su gracia y su esplendor, y todas en conjunto, con su variedad, forman una perfección muy agradable de belleza" (ib., p. 111).

Hombre bondadoso y dulce, que sabía manifestar la misericordia y la paciencia de Dios a aquellos con quienes se encontraba, propuso una espiritualidad exigente pero serena, fundada en el amor, dado que amar a Dios "es la mayor felicidad del alma en esta vida y por toda la eternidad" (Carta a la Madre Marie-Jacqueline Favre, 10 de marzo de 1612:  Oeuvres complètes XV, p. 180). Con gran sencillez, formó a todos en la oración:  "Es necesario que se postre ante Dios y permanezca allí a sus pies; así él comprenderá que, con esta humilde actitud, usted es suya y quiere su ayuda, aunque no pueda hablar" (Carta a Juana Francisca Frémyot de Chantal, 14 de octubre de 1604:  Oeuvres complètes XII, p. 352). Se esforzó por conducir las almas hasta las cimas de la perfección, procurando unir a las personas en torno a lo que es el centro de la existencia, la vida de intimidad con el Señor, gracias a la cual el hombre puede recibir la perfección y hacerse mejor (cf. Tratado del amor de Dios:  Oeuvres complètes, IV, p. 49). Se preocupaba de que cada uno volviera a Cristo y recomenzara desde él, para llevar una vida buena, puesto que Dios ha dado a cada uno el gobierno de sus facultades, que conviene poner bajo el primado de la voluntad (cf. ib., pp. 23-24).

Como Santa Juana de Chantal, escuchemos sus exhortaciones a ser fieles a las meditaciones sobre la vida y la muerte de Cristo:  esta es la puerta del cielo. Meditándolas con frecuencia aprenderemos a conocer los tesoros que encierran. El alma debe permanecer en la contemplación de la cruz y en la meditación de la Pasión (cf. El estandarte de la santa cruz:  Oeuvres complètes II). La perfección consiste en asemejarse al Hijo de Dios, dejándose guiar por el Espíritu Santo, en una obediencia perfecta (cf. Tratado del amor de Dios:  Oeuvres complètes, XI, 15, V, p. 291 ss):  "El perfecto abandono en las manos del Padre celestial y la perfecta indiferencia por lo que respecta a la voluntad divina son la quintaesencia de la vida espiritual (...). Cualquier retraso en nuestra perfección proviene sólo de la falta de abandono, y ciertamente es verdad que conviene comenzar, continuar y concluir la vida espiritual a partir de allí, de la imitación del Salvador que realizó esto con una extraordinaria perfección, al principio, durante y al final de su vida" (Sermón para el Viernes santo de 1622:  Oeuvres complètes, X, p. 389).

Así, mediante una correspondencia particularmente abundante, acompañó, con gran delicadeza y con una pedagogía progresiva, adaptada a cada situación, usando con acierto imágenes de gran colorido, a las almas que se encomendaban a su dirección espiritual, para que cada acto bueno y cada victoria sobre el pecado fueran como "piedras preciosas (que) se pondrán en la corona de gloria que Dios nos prepara en su Paraíso" (Introducción a la vida devota, IV, 8:  Oeuvres complètes, III, p. 307). Dado que era apasionado de Dios y del hombre, su visión de las personas era fundamentalmente optimista, y nunca dejaba de invitarlas, como él mismo decía, a florecer donde habían sido sembradas. Aún hoy, y me alegro por ello, las obras de san Francisco de Sales forman parte de la literatura clásica; es la señal de que su enseñanza sacerdotal y episcopal encuentra eco en el corazón de los hombres y colma sus aspiraciones profundas. Invito a los pastores y a los fieles a aprender de su ejemplo y de sus escritos, que siguen siendo de gran actualidad.

¡Cómo no evocar también en esta circunstancia a Santa Juana de Chantal, con la que fundó la Orden de la Visitación de Santa María, deseoso de proponer, de una manera original y nueva, un estilo de vida religiosa abierto al mayor número posible de mujeres, que pondría en primer lugar la contemplación!

A la vez que doy gracias por el testimonio de vida sacerdotal y episcopal del Apóstol de Chablais, así como por su obra, pido al Señor que suscite en el mundo de hoy un número cada vez mayor de hombres y mujeres que vivan la espiritualidad salesiana y la propongan a nuestros contemporáneos, para que todos tengan "una fe vigilante", que "no sólo haga buenas obras, sino que también penetre y comprenda con sutileza y prontitud las verdades reveladas", a fin de transmitirlas al mundo (Sermón para el jueves después del primer domingo de Cuaresma de 1622:  Oeuvres complètes, XI, p. 220).

Por último, mi deseo es el del Doctor del amor divino:  que "únicamente Dios sea vuestro descanso y vuestro consuelo" (Carta a la señorita de Soulfour, 16 de enero de 1603:  Oeuvres complètes, XII, p. 163) (...)».

El vitral con la imagen de San Francisco de Sales se encuentra en la Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján.

24 de enero de 2024

24 de enero: San Francisco de Sales

Por primera vez en la vida de este blog visitamos la iglesia porteña de Nuestra Señora del Rosario, del barrio de Palermo. Y lo hacemos por segunda vez en la Memoria litúrgica de San Francisco de Sales, en este caso con las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la audiencia general del 2 de marzo de 2011.

«Dios es el Dios del corazón humano» (Tratado del amor de Dios, I, XV): en estas palabras aparentemente sencillas captamos la huella de la espiritualidad de un gran maestro, del que quiero hablaros hoy, San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia. Nació en 1567 en una región francesa fronteriza. Era hijo del señor de Boisy, una antigua y noble familia de Saboya. Vivió a caballo entre dos siglos, el XVI y el XVII, recogió en sí lo mejor de las enseñanzas y de las conquistas culturales del siglo que terminaba, reconciliando la herencia del humanismo con la tendencia hacia lo absoluto propia de las corrientes místicas. Su formación fue muy esmerada; en París hizo los estudios superiores, dedicándose también a la teología; y en la Universidad de Padua, los estudios de derecho, como deseaba su padre, que concluyó de forma brillante con el doctorado en utroque iure, derecho canónico y derecho civil. En su armoniosa juventud, reflexionando sobre el pensamiento de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino, tuvo una profunda crisis que lo indujo a interrogarse sobre su salvación eterna y sobre la predestinación de Dios con respecto a sí mismo, sufriendo como verdadero drama espiritual las principales cuestiones teológicas de su tiempo. Oraba intensamente, pero la duda lo atormentó de tal manera que durante varias semanas casi no logró comer ni dormir bien. En el culmen de la prueba, fue a la iglesia de los dominicos en París y, abriendo su corazón, rezó de esta manera: «Cualquier cosa que suceda, Señor, tú que tienes todo en tu mano, y cuyos caminos son justicia y verdad; cualquier cosa que tu hayas decidido para mí...; tú que eres siempre juez justo y Padre misericordioso, yo te amaré, Señor (...), te amaré aquí, oh Dios mío, y esperaré siempre en tu misericordia, y repetiré siempre tu alabanza... ¡Oh Señor Jesús, tu serás siempre mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivos!» (I Proc. Canon., vol. I, art. 4). A sus veinte años Francisco encontró la paz en la realidad radical y liberadora del amor de Dios: amarlo sin pedir nada a cambio y confiar en el amor divino; no preguntar más qué hará Dios conmigo: yo sencillamente lo amo, independientemente de lo que me dé o no me dé. Así encontró la paz y la cuestión de la predestinación —sobre la que se discutía en ese tiempo— se resolvió, porque él no buscaba más de lo que podía recibir de Dios; sencillamente lo amaba, se abandonaba a su bondad. Este fue el secreto de su vida, que se reflejará en su obra más importante: el Tratado del amor de Dios.

Venciendo la resistencia de su padre, Francisco siguió la llamada del Señor y, el 18 de diciembre de 1593, fue ordenado sacerdote. En 1602 se convirtió en obispo de Ginebra, en un período en el que la ciudad era el bastión del calvinismo, tanto que la sede episcopal se encontraba «en exilio» en Annecy. Pastor de una diócesis pobre y atormentada, en un enclave de montaña del que conocía bien tanto la dureza como la belleza, escribió: «[A Dios] lo encontré lleno de dulzura y ternura entre nuestras más altas y ásperas montañas, donde muchas almas sencillas lo amaban y lo adoraban con toda verdad y sinceridad; el corzo y el rebeco corrían de aquí para allá entre los hielos espantosos para anunciar sus alabanzas», (Carta a la madre de Chantal, octubre de 1606, en Oeuvres, ed. Mackey, t. XIII, p. 223). Y, sin embargo, fue inmensa la influencia de su vida y de su enseñanza en la Europa de la época y de los siglos siguientes. Es apóstol, predicador, escritor, hombre de acción y de oración; comprometido en hacer realidad los ideales del concilio de Trento; implicado en la controversia y en el diálogo con los protestantes, experimentando cada vez más la eficacia de la relación personal y de la caridad, más allá del necesario enfrentamiento teológico; encargado de misiones diplomáticas a nivel europeo, y de tareas sociales de mediación y reconciliación. Pero San Francisco de Sales es, sobre todo, un director de almas: el encuentro con una mujer joven, la señora de Charmoisy, lo impulsó a escribir uno de los libros más leídos de la edad moderna, la Introducción a la vida devota. De su profunda comunión espiritual con una personalidad excepcional, Santa Juana Francisca de Chantal, nació una nueva familia religiosa, la Orden de la Visitación, caracterizada —como quiso el Santo— por una consagración total a Dios vivida en la sencillez y la humildad, en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias: «...quiero que mis Hijas —escribió— no tengan otro ideal que el de glorificar [a nuestro Señor] con su humildad» (Carta a mons. de Marquemond, junio de 1615). Murió en 1622, a los cincuenta y cinco años, tras una existencia marcada por la dureza de los tiempos y por los trabajos apostólicos.

La vida de San Francisco de Sales fue relativamente breve, pero de gran intensidad. La figura de este santo produce una impresión de extraña plenitud, demostrada con la serenidad de su búsqueda intelectual, pero también en la riqueza de sus afectos, en la «dulzura» de sus enseñanzas que han ejercido gran influencia en la conciencia cristiana. De la palabra «humanidad» encarnó distintas acepciones que, hoy como ayer, puede asumir este término: cultura y cortesía, libertad y ternura, nobleza y solidaridad. En su aspecto tenía algo de la majestad del paisaje en que vivió, conservando también su sencillez y su naturaleza. Las antiguas palabras y las imágenes con las que se expresaba resuenan inesperadamente, también en el oído del hombre de hoy, como una lengua nativa y familiar.

A Filotea, destinataria ideal de su Introducción a la vida devota (1607), San Francisco de Sales dirige una invitación que en su época pudo parecer revolucionaria. Es la invitación a ser completamente de Dios, viviendo en plenitud la presencia en el mundo y los deberes del propio estado. «Mi intención es la de instruir a aquellos que viven en la ciudad, en el estado conyugal, en la corte...» (Prefacio a la Introducción a la vida devota). El documento con el que el Papa Pío IX, más de dos siglos después, lo proclamó doctor de la Iglesia insiste en esta ampliación de la llamada a la perfección, a la santidad. En él se dice: «[la verdadera piedad] ha penetrado hasta el trono de los reyes, en la tienda de los jefes de los ejércitos, en el tribunal de los jueces, en las oficinas, en las tiendas e incluso en las cabañas de los pastores» (breve Dives in misericordia, 16 de noviembre de 1877). Así nacía la llamada a los laicos, el interés por la consagración de las cosas temporales y por la santificación de lo cotidiano, en los que insistirán el concilio Vaticano II y la espiritualidad de nuestro tiempo. Se manifestaba el ideal de una humanidad reconciliada, en la sintonía entre acción en el mundo y oración, entre condición secular y búsqueda de la perfección, con la ayuda de la gracia de Dios que impregna lo humano y, sin destruirlo, lo purifica, elevándolo a las alturas divinas. A Teótimo, el cristiano adulto, espiritualmente maduro, al que dirige unos años más tarde su Tratado del amor de Dios (1616), San Francisco de Sales ofrece una lección más compleja. Esta lección supone, al inicio, una precisa visión del ser humano, una antropología: la «razón» del hombre, más aún, el «alma racional», se presenta allí como una arquitectura armónica, un templo, articulado en varios espacios, alrededor de un centro, que él llama, junto con los grandes místicos, «cima», «punta» del espíritu, o «fondo» del alma. Es el punto en el que la razón, recorridos todos sus grados, «cierra los ojos» y el conocimiento se funde con el amor (cf. libro I, cap. XII). Que el amor, en su dimensión teologal, divina, sea la razón de ser de todas las cosas, en una escala ascendente que no parece conocer fracturas o abismos, San Francisco de Sales lo resumió en una famosa frase: «El hombre es la perfección del universo; el espíritu es la perfección del hombre; el amor es la del espíritu; y la caridad es la perfección del amor» (ib., libro X, cap. I).

En un tiempo de intenso florecimiento místico, el Tratado del amor de Dios es una verdadera summa, y a la vez una fascinante obra literaria. Su descripción del itinerario hacia Dios parte del reconocimiento de la «inclinación natural» (ib., libro I, cap. XVI), inscrita en el corazón del hombre, aunque pecador, a amar a Dios sobre todas las cosas. Según el modelo de la Sagrada Escritura, San Francisco de Sales habla de la unión entre Dios y el hombre desarrollando una serie de imágenes de relación interpersonal. Su Dios es padre y señor, esposo y amigo, tiene características maternas y de nodriza, es el sol del que incluso la noche es misteriosa revelación. Ese Dios atrae hacia sí al hombre con vínculos de amor, es decir, de verdadera libertad: «Ya que el amor no tiene forzados ni esclavos, sino que reduce todas las cosas bajo la propia obediencia con una fuerza tan deliciosa que, si nada es tan fuerte como el amor, nada es tan amable como su fuerza» (ib., libro I, cap. VI). En el Tratado de nuestro santo encontramos una meditación profunda sobre la voluntad humana y la descripción de su fluir, pasar, morir, para vivir (cf. ib., libro IX, cap. XIII) en el completo abandono no sólo a la voluntad de Dios, sino también a lo que a él le complace, a su «bon plaisir», a su beneplácito (cf. ib., libro IX, cap. I). En la cumbre de la unión con Dios, además de los arrebatos del éxtasis contemplativo, se coloca ese fluir de la caridad concreta, que está atenta a todas las necesidades de los demás y que él llama «éxtasis de la vida y de las obras» (ib., libro VII, cap. VI).

Leyendo el libro sobre el amor de Dios, y más aún las numerosas cartas de dirección y de amistad espiritual, se nota bien qué gran conocedor del corazón humano fue San Francisco de Sales. A Santa Juana de Chantal escribe: «Esta es la regla de nuestra obediencia, que os escribo con letras mayúsculas: hacer todo por amor, nada por la fuerza, amar más la obediencia que temer la desobediencia. Os dejo el espíritu de libertad, ya no el que excluye la obediencia, pues esta es la libertad del mundo; sino el que excluye la violencia, el ansia y el escrúpulo» (Carta del 14 de octubre de 1604). No por nada, en el origen de muchos de los caminos de la pedagogía y de la espiritualidad de nuestro tiempo encontramos precisamente las huellas de este maestro, sin el cual no hubieran existido San Juan Bosco ni el heroico «caminito» de Santa Teresa de Lisieux.

Queridos hermanos y hermanas, en un tiempo como el nuestro que busca la libertad, incluso con violencia e inquietud, no se debe perder la actualidad de este gran maestro de espiritualidad y de paz, que lega a sus discípulos el «espíritu de libertad», la verdadera, como culmen de una enseñanza fascinante y completa sobre la realidad del amor.

San Francisco de Sales es un testigo ejemplar del humanismo cristiano. Con su estilo familiar, con parábolas que tienen a menudo el batir de alas de la poesía, recuerda que el hombre lleva inscrita en lo más profundo de su ser la nostalgia de Dios y que sólo en él encuentra la verdadera alegría y su realización más plena.

24 de enero de 2017

24 de enero: San Francisco de Sales



«Memoria de San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia. Verdadero pastor de almas, hizo volver a la comunión católica a muchos hermanos que se habían separado y con sus escritos enseñó a los cristianos la devoción y el amor a Dios. Fundó, junto con Santa Juana de Chantal, la Orden de la Visitación, y en Lyon entregó humildemente su alma a Dios el 28 de diciembre de 1621. Fue sepultado en Annecy, en Francia, en este día (1622)»,  dice el Martirologio.


La imagen que ilustra esta entrada se venera en la Basílica de María Auxiliadora y  San Carlos, en Almagro. 

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