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12 de junio de 2026

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


En el retablo principal de la iglesia del Santísimo Redentor hay una bella imagen del Sagrado Corazón de Jesús.  La compartimos hoy, en la solemnidad que le está dedicada, junto con un fragmento de la encíclica Dilexit nos (párrafos 48 a 58 pertenecientes al cap. III  "Este es el corazón que tanto amó"), del papa Francisco I.



La devoción al Corazón de Cristo no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Lo que contemplamos y adoramos es a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón. En este caso se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo encarnado y de su amor a la vez divino y humano, porque más que cualquier otro miembro de su cuerpo es «signo o símbolo natural de su inmensa caridad».  

Adoración a Cristo

Es indispensable destacar que nos relacionamos en la amistad y en la adoración con la persona de Cristo, atraídos por el amor que se representa en la imagen de su Corazón. Veneramos esa imagen que lo representa, pero la adoración se dirige sólo a Cristo vivo, en su divinidad y en toda su humanidad, para dejarnos abrazar por su amor humano y divino.

Más allá de la imagen que se utilice, es cierto que el Corazón viviente de Cristo —nunca una imagen— es objeto de adoración, porque es parte de su Cuerpo santísimo y resucitado, inseparable del Hijo de Dios que lo ha asumido para siempre. Es adorado «en cuanto es el corazón de la persona del Verbo, al que está inseparablemente unido».   No lo adoramos aisladamente, sino en cuanto con ese Corazón es el mismo Hijo encarnado quien vive, ama y recibe nuestro amor. De ahí que cualquier acto de amor o adoración a su Corazón en realidad «se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo»,   pues tal figura espontáneamente remite a él y es «símbolo e imagen expresiva de la caridad infinita de Jesucristo».  

Por esta razón nadie debería pensar que esta devoción nos pueda separar o distraer de Jesucristo y de su amor. De modo espontáneo y directo nos orienta a él y sólo a él, que nos llama a una preciosa amistad hecha de diálogo, afecto, confianza, adoración. Ese Cristo con el corazón traspasado y ardiente, es el mismo que nació en Belén por amor, es el que caminaba por Galilea sanando, acariciando, derramando misericordia, es el que nos amó hasta el fin abriendo sus brazos en la cruz. En definitiva, es el mismo que ha resucitado y vive glorioso en medio de nosotros.

La veneración de su imagen

Cabe indicar que la imagen de Cristo con su corazón, aunque de ninguna manera es objeto de adoración, no es una entre tantas otras que podríamos elegir. No es algo inventado en un escritorio o diseñado por un artista, «no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que brotó la salvación para toda la humanidad».  

Hay una experiencia humana universal que vuelve única esta imagen. Porque es indudable que a lo largo de la historia y en diversas partes del mundo el corazón se ha convertido en símbolo de la intimidad más personal y también de los afectos, las emociones, la capacidad de amar. Fuera de toda explicación científica, una mano colocada en el corazón de un amigo expresa un afecto especial; cuando una persona se enamora y está cerca de la persona amada, los latidos se aceleran; cuando alguien sufre un abandono o un engaño de parte de una persona amada, siente como una fuerte opresión en el corazón. Por otra parte, para expresar que algo es sincero, que brota realmente del centro de la persona, se afirma: “te lo digo de corazón”. El lenguaje poético no puede ignorar la fuerza de estas experiencias. Por eso es inevitable que durante la historia el corazón haya alcanzado una fuerza simbólica única que no es meramente convencional.

Entonces se comprende que la Iglesia haya elegido la imagen del corazón para representar el amor humano y divino de Jesucristo y el núcleo más íntimo de su persona. Pero, si bien el dibujo de un corazón con llamas de fuego puede ser un símbolo elocuente que nos recuerde el amor de Jesucristo, es conveniente que ese corazón sea parte de una imagen de Jesucristo. De ese modo es aún más significativo su llamado a una relación personal, de encuentro y de diálogo.   Esa imagen venerada de Cristo donde se destaca su corazón amante, tiene al mismo tiempo una mirada que llama al encuentro, al diálogo, a la confianza; tiene unas manos fuertes capaces de sostenernos; tiene una boca que nos dirige la palabra de un modo único y personalísimo.

El corazón tiene el valor de ser percibido no como un órgano separado sino como centro íntimo unificador y a su vez como expresión de la totalidad de la persona, cosa que no sucede con otros órganos del cuerpo humano. Si es el centro íntimo de la totalidad de la persona, y por lo tanto una parte que representa al todo, podemos fácilmente desnaturalizarlo si lo contemplamos separadamente de la figura del Señor. La imagen del corazón debe referirnos a la totalidad de Jesucristo en su centro unificador y, simultáneamente, desde ese centro unificador debe orientarnos a contemplar a Cristo en toda la hermosura y riqueza de su humanidad y de su divinidad.

Esto va más allá del atractivo que puedan tener las diversas imágenes que se han hecho del Corazón de Cristo, porque no es que ante las imágenes de Cristo «haya que pedirles algo a ellas, o que haya que poner la confianza en las imágenes, como antiguamente hacían los paganos», sino que «por medio de las imágenes que besamos y ante las cuales descubrimos nuestra cabeza y nos prosternamos, adoramos a Cristo».  

Es más, alguna de esas imágenes podrá parecernos poco atractiva y no movernos demasiado al amor y a la oración. Eso es secundario, ya que la imagen no es más que una figura motivadora, y, como dirían los orientales, no hay que quedarse en el dedo que indica la luna. Mientras la Eucaristía es presencia real que se adora, en este caso se trata sólo de una imagen que, aunque esté bendecida, nos invita a ir más allá de ella, nos orienta a elevar nuestro propio corazón al de Cristo vivo y unirlo a él. La imagen venerada convoca, señala, transporta, para que dediquemos un tiempo al encuentro con Cristo y a su adoración, como nos parezca mejor imaginarlo. De este modo, mirando la imagen nos situamos frente a Cristo, y ante él «el amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio».  

Dicho todo esto, no hay que olvidar que esa imagen del corazón nos habla de carne humana, de tierra, y por eso también nos habla de Dios que ha querido entrar en nuestra condición histórica, hacerse historia y compartir nuestro camino terreno. Una forma de devoción más abstracta o estilizada no será necesariamente más fiel al Evangelio, porque en este signo sensible y accesible se manifiesta el modo como Dios ha querido revelarse y volverse cercano.

11 de febrero de 2026

11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes




«En una sociedad poco consciente de los males que la carcomen, que oculta sus miserias e injusticias bajo un exterior próspero, brillante y despreocupado, la Virgen Inmaculada, que nunca ha sido tocada por el pecado, se manifiesta a una niña inocente. Con compasión maternal mira este mundo redimido por la sangre de su Hijo, donde, por desgracia, el pecado causa cada día tantos estragos, y por tres veces lanza su apremiante llamada: “¡Penitencia, penitencia, penitencia!”. Incluso se piden gestos expresivos: “Ve y besa la tierra en penitencia por los pecadores”. Y al gesto hay que unir la súplica: “Ruega a Dios por los pecadores”. Así como en el tiempo de Juan Bautista, como al inicio del ministerio de Jesús, el mismo mandato, fuerte y riguroso dicta a los hombres el camino para volver a Dios: “¡Convertíos!” (Mt 3, 2 4, 1 7). ¿Y quién se atrevería a decir que esta llamada a la conversión del corazón ha perdido actualidad en nuestros días?

Pero ¿podría la Madre de Dios venir a sus hijos si no fuera como mensajera de perdón y de esperanza? Ya el agua corre a sus pies: «Omnes sitientes, venite ad aquas, et haurietis salutem a Domino» (Oficio de la fiesta de las Apariciones, Primer Responsorio del Tercer Nocturno). A esta fuente, donde la dócil Bernadette fue la primera en ir a beber y lavarse, fluirán todas las miserias del alma y del cuerpo. “Fui, me lavé y vi” (Jn 9, 11), podrá responder, con el ciego del Evangelio, el peregrino agradecido. Pero, como para la multitud que se agolpaba en torno a Jesús, la curación de las heridas físicas es,  al mismo tiempo que un gesto de misericordia, el signo del poder que tiene el Hijo del hombre para perdonar los pecados (cf. Mc 2, 10). Cerca de la gruta bendita, la Virgen nos invita, en nombre de su divino Hijo, a la conversión del corazón y a la esperanza del perdón. ¿La escucharemos?».


Son palabras de Pío XII en su Encíclica "Le pèlerinage de Lourdes", del 2 de julio de 1957, emitida con ocasión del centenario de las apariciones de la Virgen en la gruta de Massabielle.

Las fotos corresponden a la imagen de la Virgen en el retablo del altar mayor de la iglesia Santísimo Redentor (fotografía tomada en 2025) y a la réplica de la gruta de Lourdes que hay en al atrio  de ese templo (foto de 2017).




28 de agosto de 2018

28 de agosto: San Agustín



En la Memoria litúrgica de San Agustín, contemplamos esta bella imagen que se exhibe en la iglesia del Santísimo Redentor. El santo Obispo de Hipona está representado con las insignias episcopales y en su mano izquierda hay una hoja que dice "Roma locuta est causa finita est".


Esa frase (o más bien la idea que la frase expresa sintéticamente) fue usada por San Agustín en un sermón del año 417, aludiendo a que el Sumo Pontífice había dado su respuesta respecto del pelagianismo, y por lo tanto la cuestión estaba cerrada.  En efecto, el Papa Inocencio I había condenado esa herejía rotundamente. En su sermón CXXXI, el Doctor de la Gracia, aludiendo a los pelagianos, dijo:
...¿Por qué son enemigos de la gracia de Cristo? ¿Por qué presumís de vosotros? ¿Por qué sois desagradecidos? En efecto, ¿por qué razón vino Cristo? ¿Acaso no existía ya la naturaleza? ¿No existía, acaso, la naturaleza que, a fuerza de tanto alabarla, os engañáis? ¿No existía la ley aquí? Mas el Apóstol dice: Si la justificación se obtiene por la ley, Cristo murió en vano. Lo que dice el Apóstol de la ley, se lo decimos nosotros a estos de la naturaleza: «Si la justificación se obtiene por la naturaleza, Cristo murió en vano».
...Pues, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios. Hermanos míos, compadeceos de ellos conmigo. Dondequiera que los halléis, no los ocultéis; no se dé en vosotros una misericordia mal entendida; recalco lo dicho: dondequiera que los halléis, no los ocultéis. Refutad a los que se oponen a la gracia, y a los obstinados traédmelos a mí. Porque a propósito de esta cuestión ya se han enviado a la Sede Apostólica las actas de dos concilios; de allí han llegado también los rescriptos. El asunto está concluido; ¡ojalá concluya de una vez el error! Así, pues, los amonestamos para que tomen conciencia, los enseñamos para que estén instruidos; oremos para que cambien.
"A propósito de esta cuestión ya se han enviado a la Sede Apostólica las actas de dos concilios; de allí han llegado también los rescriptos. El asunto está concluido": la frase de Agustín se sintetizó en la expresión que se hizo popular: "Roma locuta, causa finita".


16 de abril de 2018

16 de abril: Santa María Bernarda Soubirous

El Martirologio recoge hoy la Memoria de Santa Bernadette Soubirous, a quien dedica estas palabras:  «En Nevers, también en Francia, Santa María Bernarda Soubirous, virgen, la cual, nacida en Lourdes de una familia muy pobre, siendo aún niña asistió a las apariciones de la Inmaculada Santísima Virgen María, y después abrazó la vida religiosa y llevó una vida escondida y humilde».


Bernardita, como se la conoce popularmente, nació en 1844. En 1858 fue testigo de las apariciones de la Virgen en la gruta de Lourdes.  Sufrió la incomprensión y el escepticismo de quienes no creían en lo que contaba, se burlaban de ella y la ponían en ridículo.  Más tarde abrazó la vida religiosa. Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad y el dolor. Todos  los que la conocieron dan testimonio de su sencillez,  humildad y sensibilidad. Murió el 16 de abril de 1879. Fue beatificada en 1925 y canonizada en 1933 (ambos Años Santos). Su cuerpo se conserva incorrupto.



En marzo de 1858 la Virgen reveló su identidad diciendo "Yo soy la Inmaculada Concepción". El misterio de la Inmaculada Concepción había sido proclamado como dogma de fe en 1854.  
"Parece como si la Virgen Santísima hubiera querido confirmar de una manera prodigiosa el dictamen que el Vicario de su divino Hijo en la tierra, con el aplauso de toda la Iglesia, había pronunciado. Pues no habían pasado aún cuatro años cuando cerca de un pueblo de Francia, en las estribaciones de los Pirineos, la Santísima Virgen, vestida de blanco, cubierta con cándido manto y ceñida su cintura de faja azul, se apareció con aspecto juvenil y afable en la cueva de Massabielle a una niña inocente y sencilla, a la que, como insistiera en saber el nombre de quien se le había dignado aparecer, ella, con una suave sonrisa y alzando los ojos al cielo, respondió: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Bien entendieron esto, como era natural, los fieles, que en muchedumbres casi innumerables, acudiendo de todas las partes en piadosas peregrinaciones a la gruta de Lourdes, reavivaron su fe, estimularon su piedad y se esforzaron por ajustar su vida a los preceptos de Cristo (...)"
  
(Pío XII, Carta encíclica Fulgens Corona (8/9/1953),   proclamando un Año Mariano en el centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, párrafos 3 y 4)

Ilustramos esta entrada con un hermoso vitral de la iglesia del Santísimo Redentor (Larrea y Beruti). Muestra a la Virgen de Lourdes y a sus pies a Bernardita, en la gruta de las apariciones en Massabielle.

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