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5 de octubre de 2026

5 de octubre: San Bartolo Longo

Hoy la Iglesia honra a San Bartolo Longo, a quien Juan Pablo II, en su encíclica Rosarium Virginis Mariae, llama «verdadero apóstol del Rosario». 

«Su camino de santidad -añade el Pontífice- se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: «¡Quien propaga el Rosario se salva!». Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica».


El mismo Papa se había referido a Bartolo Longo más de 20 años antes, en la homilía de la misa de beatificación, celebrada el 26 de octubre de 1980. En esa ocasión  el Papa lo había llamado «fundador del célebre santuario de Pompeya»,  «apóstol del Rosario», «laico que ha vivido totalmente su compromiso eclesial», añadiendo estas palabras:

Bartolo Longo fue instrumento de la Providencia para la defensa y el testimonio de la fe cristiana y para la exaltación de María Santísima en un período doloroso de escepticismo y anticlericalismo.

Todos conocen su larga vida, inspirada por una fe sencilla y heroica y densa de episodios sugestivos, durante la cual, brotó y se desarrolló el milagro de Pompeya. Comenzando por la humilde catequesis a los campesinos del Valle de Pompeya, y por el rezo del Rosario ante el famoso cuadro de la Virgen, hasta la erección del estupendo santuario y la institución de las obras de caridad para los hijos e hijas de los encarcelados, Bartolo Longo llevó adelante con ánimo intrépido una obra grandiosa que todavía hoy nos deja asombrados y admirados.

Pero, sobre todo, es fácil notar que toda su existencia fue un intenso y constante servicio a la Iglesia en nombre y por amor de María.

Bartolo Longo, Terciario de la Orden Dominicana, y fundador de la institución de las religiosas "Hijas del Santísimo Rosario de Pompeya", puede ser definido realmente "el hombre de la Virgen": por amor a María se convirtió en escritor, apóstol del Evangelio, propagador del Rosario, fundador del célebre santuario en medio de enormes dificultades y adversidades; por amor a María creó institutos de caridad, se hizo mendigo para los hijos de los pobres, transformó a Pompeya en una ciudadela de bondad humana y cristiana; por amor a María soportó en silencio tribulaciones y calumnias, pasando a través de un largo Getsemaní, confiando siempre en la Providencia, obediente siempre al Papa y a la Iglesia.

Él, con el Rosario en la mano, nos dice también a nosotros, cristianos de finales del siglo XX: "¡Despierta tu confianza en la Santísima Virgen del Rosario! ¡Debes tener la fe de Job! ¡Santa Madre adorada, yo pongo en ti todas mis aflicciones, todas mis esperanzas, toda confianza!" (11 de marzo de 1905).

La imagen de Bartolo Longo que publicamos hoy se encuentra, muy lógicamente, en el ámbito de la iglesia porteña dedicada a la Virgen de Pompeya, más precisamente en el bello patio anexo al templo.

Bartolo Longo fue canonizado el 19 de octubre del año pasado por León XIV. Por lo tanto, esta es la primera vez que se celebra su Memoria como santo.

13 de abril de 2025

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor se lee, este año, la Pasión según San Lucas  (22, 7. 14—23, 56). Transcribimos a continuación el texto completo junto con cuatro fotografías de sendos vitrales de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya


C. Llegó el día de los Ázimos, en el que se debía inmolar la victima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

+ «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».

C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:

+ «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».

C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:

+ «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».

C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.

Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.

+ Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.

Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».

C. Pedro le dijo:

S. «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».

C. Pero Jesús replicó:

+ «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».

C. Después les dijo:

+ «Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?».

C. Respondieron:

S. «Nada».

C. Él agregó:

+ «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».

C. Ellos le dijeron:

S. «Señor, aquí hay dos espadas».

C. El les respondió:

+ «Basta».

C. En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:

+ «Oren, para no caer en la tentación».

C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:

+ «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.

"Se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba"

Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:

+ «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:

+ «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».

C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:

S. «Señor, ¿usamos la espada?».

C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:

+ «Dejen, ya está».

C. Y tocándole la oreja, lo curó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:

+ «¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas».

C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:

S. «Este también estaba con él».

C. Pedro lo negó diciendo:

S. «Mujer, no lo conozco».

C. Poco después, otro lo vio y dijo:

S. «Tú también eres uno de aquellos».

C. Pero Pedro respondió:

S. «No, hombre, no lo soy».

C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:

S. «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo».

C. Dijo Pedro:

S. «Hombre, no sé lo que dices».

C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban; y tapándole el rostro, le decían:

S. «Profetiza, ¿quién te golpeó?».

C. Y proferían contra él toda clase de insultos.

Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:

S. «Dinos si eres el Mesías».

C. Él les dijo:

+ «Si yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».

C. Todos preguntaron:

S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?».

C. Jesús respondió:

+ «Tienen razón, yo lo soy».

C. Ellos dijeron:

S. «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».

C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:

S. «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».

C. Pilato lo interrogó, diciendo:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

+ «Tú lo dices».

C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:

S. «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».

C. Pero ellos insistían:

S. «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».

C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.

Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

"Después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo,
lo cubrieron con un magnífico manto"

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:

S. «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

C. Pero la multitud comenzó a gritar:

S. «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».

C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

C. Por tercera vez les dijo:

S. «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

"Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene"

Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:

+ «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».

C. Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:

+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

"Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron"

C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:

S. «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».

C. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:

S. «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».

C. Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».

C. Y decía:

S. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».

C. El le respondió:

+ «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

+ «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

C. Y diciendo esto, expiró.

Aquí todos se arrodillan, y se hace una breve pausa.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:

S. «Realmente este hombre era un justo».

C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al verlo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro cavado en la roca. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.

Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.

Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Palabra del Señor

22 de marzo de 2024

Viernes de la Semana V de Cuaresma: Santa María junto a la Cruz

 

En una nueva Memoria de Santa María junto a la Cruz, transcribimos la Primera Lectura de la  misa de hoy.

Está tomada de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma  (8, 31b-39).

«Hermanos:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores? ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?

¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Como dice la Escritura: Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó.

Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor».

La imagen que ilustra esta entrada es un vitral de la iglesia porteña de la  Virgen de Pompeya.

13 de marzo de 2024

Miércoles de la Semana IV de Cuaresma: Conmemoración de la Flagelación del Señor

 

Estamos hoy frente a una conmemoración muy particular.

Cada miércoles de la semana IV de Cuaresma, en la iglesia de la Flagelación del Señor en Tierra Santa, se celebra, con el grado litúrgico de solemnidad -por tratarse del misterio Titular del templo-,  la singular Conmemoración  que hoy celebramos.


Oración colecta

Padre de infinita misericordia, que quisiste que tu único Hijo se sometiera por nuestra salvación al cruel tormento de la flagelación, concédenos reparar con una vida penitente el mal que hemos cometido y haz que el recuerdo constante de sus Llagas nos ayude a no ofenderlo de nuevo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

El vitral que representa a Jesús atado a una columna para ser flagelado se encuentra en la iglesia porteña de Nuestra Señora de Pompeya.

2 de septiembre de 2023

Santa María "en sábado"

 


Una vez más celebramos la Memoria de Santa María en sábado. Esta vez lo hacemos con dos fotos de una imagen que se venera en la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya, en el barrio porteño homónimo, y con un fragmento -a modo de plegaria- de la Homilía V sobre las alabanzas de la Madre de Dios, de San Epifanio (siglo IV):

 

Virgen bienaventurada, paloma pura y esposa celestial, María, cielo, templo y trono de la divinidad, a ti te pertenece Cristo, sol resplandeciente del cielo y de la tierra. Nube luminosa, que has recibido del cielo, para iluminar a la tierra, su sol más brillante: Cristo. 

Salve, llena de gracia, puerta del cielo, de quien evidente y claramente habla el profeta cuando en el Cantar de los Cantares exclama: "Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres un jardín cerrado, una fuente sellada". La Virgen es el lirio inmaculado que engendró la rosa inmarcesible, Cristo. ¡Santa Madre de Dios, oveja inmaculada que has dado a luz al Cordero, a Cristo, el Verbo encarnado en ti! 

¡Oh Virgen santísima, que has causado la admiración de los ejércitos angélicos! Es un prodigio admirable ver en los cielos una mujer vestida de sol, llevando la luz en sus brazos; es un prodigio que causa la admiración de los cielos el que el seno de la Virgen lleve al Hijo de Dios; es un prodigio que causa la admiración de los cielos ver al Señor de los ángeles hecho hijo de la Virgen.

16 de mayo de 2021

Solemnidad de la Ascensión del Señor

La Primera Lectura de la misa de hoy, Solemnidad de la Ascensión, es de los los Hechos de los Apóstoles  (1, 1-11):

«En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.

Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios.

En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”.

Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”.

El les respondió: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.

Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”».


En la Solemnidad de la Ascensión de 2009, en la Plaza Miranda de Cassino, dijo el papa Benedicto XVI:

«"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura. Inmediatamente después, el autor sagrado añade que "fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos" (Hch 1, 9). Es el misterio de la Ascensión, que hoy celebramos solemnemente. Pero ¿qué nos quieren comunicar la Biblia y la liturgia diciendo que Jesús "fue elevado"? El sentido de esta expresión no se comprende a partir de un solo texto, ni siquiera de un solo libro del Nuevo Testamento, sino en la escucha atenta de toda la Sagrada Escritura. En efecto, el uso del verbo "elevar" tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.

Pero hay un sentido más profundo, que no se percibe en un primer momento. En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús "fue elevado" (Hch 1, 9), y luego se añade que "ha sido llevado" (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que "lo ocultó a sus ojos" (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de "sentarse a la derecha de Dios".

En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El "cielo", la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.

Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista San Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén "con gran gozo" (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios.

Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se marcharon "con gran gozo". Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los "dos hombres vestidos de blanco", no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).



Queridos hermanos y hermanas, el carácter histórico del misterio de la resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni vive para suplir la ausencia de su Señor "desaparecido", sino que, por el contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús "ausente", sino que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su "presencia gloriosa" de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo recuerda el Concilio Vaticano II—, mientras "prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva" (Lumen gentium,8)».

El hermoso vitral pertenece a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya.

4 de abril de 2021

Domingo de Pascua de Resurrección

«Esta es la noche en que,
rotas las cadenas 
de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.

¿De qué nos serviría 
haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio 
de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, 
entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado 
de Adán,
que ha sido borrado 
por la muerte de Cristo.

¡Feliz la culpa 
que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó del abismo.

Esta es la noche de que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo.»

Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los poderosos».

Solemne Anuncio Pascual, «Exultet» (fragmento)

Foto: iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya (Buenos Aires).

17 de noviembre de 2017

17 de noviembre: Santa Isabel de Hungría


En el patio interno o claustro de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya, en el barrio porteño que por ese templo se llama justamente Pompeya, puede verse esta imagen de Santa Isabel de Hungría, cuya Memoria celebramos hoy.

Dice el Martirologio: "Memoria de Santa Isabel de Hungría, que siendo casi niña se casó con Luis, landgrave de Turingia, a quien dio tres hijos, y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la meditación de las cosas celestiales, se retiró a Marburgo, en la actual Alemania, en un hospital que ella misma había fundado, donde, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad".

Próxima entrada: 21 de noviembre (Presentación de la Virgen María)