1 de octubre de 2026

1 de octubre: San Romano el Meloda

El Martirologio Romano trae hoy la Memoria de San Romano (o Román) el Meloda (también llamado Melodista, Melodioso, Melode). 

A él se refirió Benedicto XVI en una de sus catequesis -la del 21 de mayo de 2008- con estas palabras:

«En la serie de catequesis sobre los Padres de la Iglesia, quiero hablar hoy de una figura poco conocida: Romano el Meloda, que nació en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs), en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al gran grupo de teólogos que transformó la teología en poesía. Pensamos en su compatriota, San Efrén de Siria, que vivió doscientos años antes que él. Y pensamos también en teólogos de Occidente, como San Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón; o en un teólogo, un pensador muy profundo, como Santo Tomás, que nos ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi (...); pensamos en San Juan de la Cruz y en otros muchos. La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.

Romano el Meloda es uno de estos, un poeta y compositor teólogo. Aprendió los primeros elementos de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se trasladó a Berito (Beirut), perfeccionando allí su formación clásica y sus conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se fue a Constantinopla, hacia fines del reino de Anastasio I (alrededor del año 518), y allí se estableció en el monasterio anexo a la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios.

Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición de la Madre de Dios en sueños y sobre el don del carisma poético. En efecto, María le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente -era la fiesta de la Navidad-, Romano se puso a declamar desde el ambón: "Hoy la Virgen da a luz al Trascendente" (Himno sobre la Navidad I, Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (acontecida después del año 555).


Romano ha pasado a la historia como uno de los más representativos autores de himnos litúrgicos. Para los fieles, la homilía era entonces prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Así, Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época y también de un modo vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.

El lugar en el que Romano predicaba era un santuario de las afueras de Constantinopla: subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una escenografía bastante compleja: montaba representaciones en las paredes o ponía iconos sobre el ambón y también utilizaba el recurso del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas kontákia. Al parecer, el término kontákion, "pequeña vara", hace referencia al pequeño palo redondo en torno al cual se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los kontákia que se han conservado con el nombre de Romano son ochenta y nueve, pero la tradición le atribuye mil.

En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, por lo general de dieciocho a veinticuatro, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); también los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas siguen el modelo del irmo. Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), por lo general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acróstico), precedido frecuentemente por el adjetivo "humilde". El himno se concluye con una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, casi siempre en forma de oración o súplica. Así anunciaba el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se debía repetir en coro al final de cada estrofa, declamada por él rítmicamente en voz alta.

Un ejemplo significativo es el kontákion con motivo del Viernes de Pasión: se trata de un diálogo entre María y su Hijo, que tiene lugar en el camino de la cruz. María dice: "¿A dónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida? / Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado, / y nunca habría podido imaginar que llegarían a este grado de locura los impíos, / poniéndote las manos encima contra toda justicia". Jesús responde: "¿Por qué lloras, Madre mía? (...). ¿No debería padecer? ¿No debería morir? / Entonces, ¿cómo podría salvar a Adán?". El Hijo de María consuela a su Madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: "Depón, por tanto, Madre; depón tu dolor: / no está bien que gimas, pues fuiste llamada "llena de gracia"" (María al pie de la cruz, 1-2; 4-5).

Asimismo, en el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: "Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras, / al conocer tu voluntad, me dirá: / "Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado? / (...) Tú, oh anciano, déjame a mi hijo, / y cuando lo quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí"" (El sacrificio de Abraham, 7).

Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quiero citar un ejemplo del modo vivo y muy personal como habla del Señor Jesús: lo llama "fuente que no quema y luz contra las tinieblas", y dice: "Yo me atrevo a tenerte en mis manos como una lámpara, / pues quien lleva un candil entre los hombres es iluminado sin quemarse. / Ilumíname, por tanto, tú que eres Luz inextinguible" (La Presentación o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia que existía entre sus palabras y su vida. En una oración dice: "Haz clara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca / y, después de llenarla, traspasa mi corazón para que mi actuar / sea coherente con mis palabras" (Misión de los Apóstoles, 2).

Examinemos ahora algunos de sus temas principales. Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre la creación y la historia de la salvación, la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo. En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que existe entre Cristo, que ha ascendido al cielo, y los Apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: "Con la fuerza divina han conquistado a todos los hombres; / han tomado la cruz de Cristo como una pluma, / han utilizado las palabras como redes y con ellas han pescado al mundo, / han usado el Verbo como anzuelo agudo; / para ellos ha servido de cebo / la carne del Soberano del universo" (Pentecostés, 2; 18).

Naturalmente, otro tema central es la cristología. No entra en el problema de los conceptos difíciles de la teología, tan debatidos en aquel tiempo, y que rasgaron la unidad, no sólo entre los teólogos, sino también entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental: la cristología de los grandes Concilios. Pero sobre todo está cerca de la piedad popular —de hecho, los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano—; así, Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero hombre-Dios es una sola persona, la síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del Verbo mismo de Dios. "Cristo era hombre —dice—, pero también Dios; / sin embargo, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es Uno solo" (La Pasión, 19).

Por lo que se refiere a la mariología, agradecido a la Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más hermosos: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva.

Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (cf. Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión haciendo penitencia y ayuno. De modo positivo, el cristiano debe practicar la caridad, la limosna. En dos himnos, Las Bodas de Caná y Las diez vírgenes, pone de relieve el primado de la caridad sobre la continencia. La caridad es la más grande de las virtudes: "Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta, / pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto. / Las otras brillaron con las lámparas del amor a la humanidad, / por eso las invitó el esposo" (Las diez vírgenes, 1).

Los cantos de Romano el Meloda están impregnados de humanidad palpitante, de ardor de fe y de profunda humildad. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, ha nacido la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural no muere, sino que sigue viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes; no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos "en casa": en ellas encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música —el canto gregoriano, o Bach o Mozart— es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe.

Si la fe es viva, la cultura cristiana no se convierte en algo "pasado", sino que sigue viva y presente. Y si la fe es viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: "Cantad al Señor un cántico nuevo".

Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos».


En el mural con los santos del Patriarcado de Antioquía, en la iglesia de San Jorge, se ve la imagen de nuestro santo de hoy. 

30 de septiembre de 2026

30 de septiembre: San Gregorio Iluminador

 

En una de las galerías superiores de la Basílica del Espíritu Santo, en el nivel donde se encuentra el magnífico órgano de tubos del templo, fuera de la vista del público, se encuentra un cuadro de San Gregorio Iluminador, cuya Memoria se celebra hoy.

La presencia de una imagen del Apóstol de Armenia en un templo católico romano puede resultar sorprendente, pero no lo es tanto para quien conoce el vínculo histórico entre la soberbia basílica del barrio de Palermo y la comunidad armenia católica, cuya catedral se yergue desde 1981 a un par de cuadras de allí. Antes de esa fecha, y por varios años, en la Basílica del Espíritu Santo se celebraban regularmente misas en rito armenio.

Copiamos la biografía del santo que aparece en el sitio oficial de la Parroquia Armenia Católica Nuestra Señora de Narek:

Սուրբ Գրիգոր Լուսաւորիչ
(h. 250 - h. 330)


«Nació en Vagharshapat, Armenia, hacia el año 250 y fue bautizado y educado en Cesarea de Capadocia. De chico, siempre tuvo una gran devoción por la Eucaristía y por la Santísima Virgen María. De grande, se casó y tuvo dos hijos, Aristakés y Vêrtanés, que hoy son santos.

Gregorio y el rey
En aquella época, el rey de Armenia era Dêrtád (Tirídates) III, que era pagano. Gregorio trabajaba junto al rey, quien no sabía que éste era cristiano. Cada año, el rey y su corte ofrecían sacrificios en el templo pagano de la diosa Anahíd, pero Gregorio no participaba. En una oportunidad, el rey se dio cuenta de esto. Al año siguiente, llamó a Gregorio y le ordenó llevar personalmente al templo de la diosa Anahíd una corona de flores; a lo que el Santo respondió: “Mi querido rey Dêrtád, yo soy cristiano, sólo puedo adorar y alabar al único Dios verdadero, creador del cielo y de la Tierra, y a Jesucristo Hijo de Dios y juez supremo de todos los reyes de la historia. El Dios verdadero te invita hoy a abrazar la fe en Cristo”.

De las torturas al fondo del pozo
El rey se enojó, mandó a torturarlo y lo hizo sufrir mucho. Pero el Santo alababa y adoraba a Dios, y Dios lo curaba de cada tortura que recibía. El rey nunca quiso admitir los milagros de Dios, a pesar de que Gregorio lo llamaba continuamente a la conversión. En una ocasión, el rey ordenó capturarlo y encarcelarlo en un pozo muy profundo llamado Jor Viráb (o Khor Virap) en la llanura del Ararat, donde sobrevivió 14 años ayudado -según la tradición- por una mujer que le llevaba cada día un trozo de pan.

Curación del rey
Un día el rey cayó en profunda tristeza, rozando la locura, y comenzó una vida errante en el bosque, padeciendo una grave enfermedad, ante la que nadie podía acercársele ni llevarlo al palacio. Se cuenta que la hermana del rey tuvo una visión en la que Dios le reveló que solamente Gregorio podía curarlo. Entonces, fueron a buscarlo para que restaurara la razón del rey. Una vez en la corte, predicó la religión cristiana y oró a Dios para curar al rey Tirídates.

Conversión de Armenia
Cuando el rey sanó, pidió el bautismo, y en el 301 Armenia se convirtió en el primer país que adoptó el cristianismo como religión del estado. A partir de ese momento, tanto el rey como el Santo trabajaron juntos por la evangelización de Armenia. Destruyeron los templos paganos y los transformaron en iglesias cristianas.

El Iluminador
Una vez canonizado, se lo conoció como San Gregorio el Iluminador, porque precisamente “iluminó” a nuestro pueblo armenio con la luz de la Fe y nos hizo conocer el amor de Dios. Es el patrono de la Iglesia Armenia, es nombrado en la Santa Misa y en otros oficios litúrgicos, siempre con el nombre de Surp Krikór Lusavorích (San Gregorio el Iluminador).

Martirologio Romano:
“En Armenia, San Gregorio, apellidado el Iluminador, obispo, que, después de sobrellevar muchos trabajos, se retiró a una cueva cerca de la confluencia del Éufrates ramificado y allí descansó en paz. Es considerado apóstol de los armenios (c. 326)”».


«Existen en el calendario armenio varias fechas que conmemoran episodios de la vida de San Gregorio el Iluminador:
- El 5º sábado de Cuaresma se recuerda la entrada en el pozo.
- El 2º sábado de Pentecostés se conmemora la salida del pozo.
- El 4º sábado de Pentecostés se celebra el hallazgo de sus reliquias».

Nosotros lo honramos aquí en la fecha que le asigna el Martirologio Romano.

Tomamos las fotos del cuadro en diciembre de 2025.

29 de septiembre de 2026

29 de septiembre: Fiesta de los Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

 


Leemos en "Los santos del Calendario Romano" de Enzo Lodi:

«La actual fusión de las tres fiestas de San Miguel (29 de septiembre), de San Gabriel (24 de marzo) y de San Rafael (24 de octubre) en una sola fiesta tiene la fecha de la "Dedicatio sancti angelí", es decir, de la más antigua que las otras dos (introducidas en el calendario romano sólo en 1921)». Connmemoraba la dedicación de una basílica levantada en el siglo V en la vía Salaria. 


«Esta fiesta acredita, pues, un culto antiquísimo, como se deduce de los cinco formularios del sacramentario veronense para San Miguel, y también de la tradición oriental». 


«El culto únicamente de los tres ángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, fue aprobado el año 745 por el concilio de Letrán, presidido por el papa Zacarías, para defenderlo del culto de ángeles apócrifos, que llevaban nombres venerados en Oriente (Uriel, Salatiel, Jebudiel, Baraquiel)». 


Abre esta entrada una imagen general del retablo que les está dedicado a los tres arcángeles en la porteña basílica del Santo Rosario; luego hemos visto una  foto de la imagen cada uno de ellos por separado.  Y terminamos con otra foto general del altar:


28 de septiembre de 2026

28 de septiembre: Beato Juan Pablo I


Tras la muerte de Pablo VI, que después de Juan XXIII había gobernado la Iglesia durante los complejos años del Concilio y del postconcilio, el Colegio de Cardenales eligió para sucederlo al Patriarca de Venecia, el cardenal Albino Luciani.  En honor de sus dos predecesores tomó un nombre compuesto (Juan Pablo I) y se destacó desde el inicio de su breve pontificado por su humildad y su simpatía; es recordado como el "Papa de la sonrisa". Su papado duró sólo 33 días. Su sucesor tomó los mismos nombres porque, dijo, «dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no sólo continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida» ¹

Los cuatro pontífices mencionados, elevados al honor de los altares, aparecen en sendos cuadros en una pared lateral de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Junto al cuadro de Juan Pablo I se exhibe también un trozo de la ropa que llevaba al entrar al cónclave de 1978 y una página de su breviario.



La Memoria de Juan Pablo I, que fue beatificado el 4 de septiembre de 2022, se celebra hoy, en el aniversario de su muerte. Hoy la recordamos por primera vez en este blog.





Terminamos esta entrada con fragmentos de la catequesis de Juan Pablo I en la segunda audiencia general de su pontificado, el 13 de septiembre de 1978:

(...)

Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Agustín ha narrado la trayectoria de su fe; especialmente las últimas semanas fue algo terrible; al leerlo casi se siente cómo su alma se estremece y se retuerce en luchas interiores. (...) Esta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios.

Mi madre me solía decir cuando empecé a ser mayor: "De pequeño estuviste muy enfermo; tuve que llevarte de médico en médico y pasarme en vela noches enteras; ¿me crees"? ¿Cómo podía contestarle "Mamá, no te creo"? Claro que te creo, creo lo que me dices, y sobre todo te creo a ti. Así sucede con la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.

Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.

Un gran obispo francés, Dupanloup, solía decir a los rectores de seminarios: Con los futuros sacerdotes sed un padre, sed una madre. Esto agrada. En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino; me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no!; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe.

Hay, además, otra dificultad, la Iglesia. San Pablo preguntó: ¿Quién eres, Señor? Soy ese Jesús a quien tú persigues. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa: indivisible, inseparable.

Leed a San Pablo: Corpus Christi quod est Ecclesia. Cristo y Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús, acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia, tal como es; y ¿cómo es esta Iglesia? El Papa Juan la ha llamado Mater et Magistra, maestra también. San Pablo ha dicho: “Nos acepte cada uno como ayudantes de Cristo, y administradores y dispensadores de sus misterios”.

(...) 

Yo estaba presente cuando el Papa Juan inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962. Entre otras cosas, dijo: “Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia delante”. Todos lo esperábamos. Un salto hacia adelante, pero ¿por qué caminos? Lo dijo enseguida: sobre las verdades ciertas e inmutables. Ni siquiera le pasó por la cabeza al Papa Juan que eran las verdades las que tenían que caminar, ir hacia adelante, y después cambiar, poco a poco. Las verdades están ahí; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos.


 

También el Papa Pablo tenía la misma preocupación. Lo primero que hice en cuanto fui Papa, fue entrar en la capilla privada de la Casa Pontificia; en ella, al fondo, el Papa Pablo hizo colocar dos mosaicos, uno de San Pedro y otro de San Pablo: San Pedro muriendo y San Pablo muriendo también. Pero debajo de San Pedro figuran estas palabras de Jesús: “Oraré por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”. Y debajo de San Pablo, que está recibiendo el golpe de la espada: “He cumplido mi carrera, he conservado la fe”. Ya sabéis que en el último discurso del 29 de junio pasado, Pablo VI dijo: "Después de quince años de pontificado puedo dar gracias al Señor porque he defendido la fe y la he conservado".

También es madre la Iglesia. Si es continuadora de Cristo y Cristo es bueno, también la Iglesia debe ser buena, buena con todos; pero ¿y si se diera el caso de que alguna vez hubiera gente mala en la Iglesia? Nosotros tenemos madre. Si una madre está enferma, si mi madre se quedase coja, yo la querría todavía más. Lo mismo en la Iglesia: si existen defectos y faltas —y existen— jamás debe disminuir nuestro amor a la Iglesia.

(...)

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¹ Juan Pablo II, Encíclica Redemptor Hominis, 2

26 de septiembre de 2026

Santa María "en sábado"

En esta Memoria de Santa María en Sábado visitamos por primera vez en este blog la iglesia de la Parroquia  Espíritu Santo de Villa Urquiza ¹.


La estatua de la Virgen es la tradicional representación de la Medalla Milagrosa. Pero la gran imagen del Espíritu Santo en el muro del fondo del presbiterio, que hemos captado también en la foto, nos mueve a invocar a María como Esposa del Espíritu Santo. Lo hacemos con esta antífona, compuesta por San Francisco de Asís:

Santa Virgen María,

no ha nacido en el mundo

ninguna semejante a ti entre las mujeres,

hija y esclava del altísimo y sumo Rey,

el Padre celestial,

Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo,

esposa del Espíritu Santo:

ruega por nosotros

ante tu santísimo amado Hijo, Señor y maestro.



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¹ (No debe ser confundida con la Basílica del Espíritu Santo, sede de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Palermo)

24 de septiembre de 2026

24 de septiembre: San Pacífico de San Severino

San Pacífico  fue un presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, «preclaro por sus penitencias, amor a la soledad y oración ante el Santísimo Sacramento», en palabras del Martirologio Romano.


Nació en 1653 en la ciudad de San Severino. Sus nombres de pila eran Carlos Antonio. Quedo huérfano a los cinco años. Durante mucho tiempo, soportó con paciencia las humillaciones que recibía de su tío, a cuyo cuidado había quedado. Al cumplir 17 años ingresó en a los Frailes Menores de la Observancia y tomó el nombre de Pacífico.


Fue ordenado sacerdote a los 25 años y se  dedicó primero a enseñar filosofía a los frailes más jóvenes; luego se le encomendó la predicación, tarea más adecuada a sus condiciones. Fue enviado a predicar a las aldeas de la comarca, donde sus sermones fueron siempre bien recibidos. 

A los 35 años quedó sordo y ciego y comenzó a padecer  una  enfermedad que le producía úlceras en las piernas. Condenado a la inmovilidad, permaneció en su convento de Forano dedicado a la penitencia y a la plegaria. Salvo por un breve período, vivió allí en Forano el resto de su vida.

San Pacífico dio muestras de poseer el don de profecía y de conocer las conciencias. Se entregaba a mortificaciones hasta el punto en que  sus superiores debieron intervenir para aliviarlas. 

En julio de 1721 recibió la visita del obispo de San Severino;  cuando el prelado se retiraba, Pacífico gritó intempestivamente: «¡Mi señor! ¡El cielo, el cielo! Yo os seguiré pronto». Pocos días después murió el obispo y el 24 de septiembre Pacífico lo siguió a la tumba. Tras su muerte se multiplicaron sus milagros. 

En 1752 se abrió su proceso de canonización. Pacífico fue beatificado en 1768 y canonizado en 1839.


La imagen de San Pacífico se venera en la Basílica de San Francisco, y la fotografiamos el 18 de septiembre de 2024, al día  siguiente de la reapertura del templo después de una larga restauración.

22 de septiembre de 2026

22 de septiembre: San Florencio

No siempre es fácil identificar con total certeza a los santos cuyas imágenes fotografiamos, sobre todo en el caso de los menos conocidos, que no tienen una iconografía precisa sino genérica. Se da el caso de santos del mismo nombre con datos históricos mínimos que no permiten diferenciarlos; de santos cuyos nombres tienen variantes; de santos que aparecen sólo en santorales muy antiguos o de uso local muy restringido; de santos sólo mencionados, sin mayores referencias...

En la  iglesia de la Inmaculada Concepción de Tandil, como relatamos el 4 de julio de 2018, hay vitrales con cuatro santos poco conocidos: Manuel, Donata, Berta y Florencio.  De los tres primeros ya nos hemos ocupado en este blog. Restaba San Florencio, y con él se planteó la dificultad a que nos hemos referido arriba: la imagen del santo no da muchas pistas. Las personas que atienden el museo anexo al templo tampoco supieron decir (como relatamos aquí) a qué se debe la presencia de esos santos en la hermosa iglesia tandilense. 



El Martirologio nombra a varios santos de nombre Florencio: cinco son obispos, lo que no parece ser el caso del santo de la imagen, que carece de todo símbolo episcopal; tres son mártires, pero tampoco el vitral muestra atributos alusivos al martirio, como podría ser una palma.  Por descarte, sólo queda un San Florencio, el que aparece registrado en el Martirologio en la fecha de hoy de este escuetísimo modo:

En el monte Glonna, a orillas del Loira, en la región de Poitiers, en la Galia, San Florencio, presbítero.

El Martirologio Romano de 1956 nombra a este mismo presbítero con las mismas palabras en esta idéntica fecha, pero también añade a un confesor de igual nombre el 22 de febrero (muerto en Sevilla) y a los santos Eutiquio y Florencio, monjes, inscriptos el 23 de mayo, fallecidos en Norcia. Todos los demás Florencios del texto de 1956 son obispos y/o mártires, categorías que ya hemos descartado por los motivos que expusimos.

De modo que, con razonable certeza, suponemos que el San Florencio del templo tandilense es el sacerdote que hoy menciona el actual Martirologio Romano, copiando al anterior.

Tomé la foto en 2018.