18 de abril de 2026

Sábado de la II Semana de Pascua: Nuestra Señora del Valle



Por primera vez en la vida de este blog visitamos la Catedral Basílica del Santísimo Sacramento y Santuario de la Virgen del Valle, es decir, la Catedral de Catamarca. 

Y como es lógico,  esta primera visita tiene lugar en la fiesta de Nuestra Señora del Valle, cuya milagrosa y venerada imagen se conserva en ese hermoso templo.


Y, dado que en pocos días se cumplirá el bicentenario del nacimiento de Fray Mamerto Esquiú, completamos esta entrada con un fragmento del sermón pronunciado por el beato en la Iglesia Matriz de Catamarca el 27 de octubre de 1861, en que se refiere a esta advocación tan querida en esa provincia.

Sin menoscabo de esta nuestra fe, (…) cuadra muy bien llamar Brazo de Dios a María, Océano de las Divinas gracias (...) María es verdaderamente el Brazo de la Bondad y Misericordia de Dios, que tiene el ejercicio de su infinita ternura (…). Cuando necesitamos que la Divina Bondad se derrame inmensa, poderosísima cual es, para salvarnos de muy grandes males, de las calamidades muy terribles que nacen del pecado y producen innumerables pecados, como es la guerra, ¿a quién habíamos de recurrir sino a María, Brazo de la Misericordia Dios sin mezcla de Justicia? ¿A quién debíamos ir sino a la que tiene un corazón de Madre de Dios? (…)

A estos motivos generales de confianza en María Santísima añadid los especiales que tenemos en ella por el culto a esta Venerable Imagen. ¡Ay! Cuánta ternura para tus devotos, cuántos prodigios, cuántos consuelos ha derramado en nuestros corazones Nuestra Señora del Valle. La que libró a un infeliz del poder del demonio en este mismo Templo, ¿no arrancará de nuestros pechos el fiero demonio de la discordia? La que salvó tantas veces a nuestros Padres de la ferocidad de los calchaquíes, ¿no hará cesar este ruido de las armas fratricidas? ¡Oh, Virgen del Valle! ¡Oh, Madre Nuestra amantísima! Haced que este tu Pueblo, y que todos tus devotos muestren en la paz y en la concordia en que viven, que son hijos vuestros, ¡y que en ti moran contentos y alegres! Desterrad de nosotros y de todos nuestros hermanos el espantoso azote de la guerra en que perecen eternamente tantas almas, y se cometen tantos crímenes, ¡y nos cuesta tanta sangre y tan amargas lágrimas! Mostrad en esta obra que sois verdaderamente el Brazo de la Divina misericordia y Madre Nuestra (…) Amén.

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