Elías estuvo disponible para la obra de Dios y enviado a proclamar su palabra. Emprendió un largo viaje por el desierto, un viaje que lo dejó exánime. Se cobijó bajo un árbol y pidió la muerte. Pero Dios no permitió su muerte, sino que lo impulsó a continuar su viaje hasta el monte Horeb. Cuando llegó, Dios se mostró a Elías, no en los consabidos signos del Antiguo Testamento: fuego, terremoto o del fuerte viento, sino en una ligera brisa. Elías fue enviado nuevamente a su pueblo para continuar cumpliendo la voluntad de Dios.
De Elías, los carmelitas aprenden a oír la voz de Dios en el silencio y en lo imprevisible. Buscamos permitir que la Palabra de Dios conforme nuestra mente y nuestra corazón de manera que el modo de vivir y trabajar sea profético y fiel a la memoria de nuestro Padre Elías».
(Fuente)


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