19 de abril de 2022

Martes de la Octava de Pascua

La Primera Lectura (Hech 2,  36-41) de la Misa de hoy, Martes de la Octava de Pascua, comienza con estas palabras pronunciadas por San Pedro el día de Pentecostés:

«Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías».

La contraposición crucifixión/glorificación señalada por Pedro en este discurso también aparece en la Secuencia de Pascua,  como veremos más abajo, y está plásticamente representada en este "díptico" de vitrales de la iglesia   de Lourdes en Santos Lugares.


La muerte y la vida se enfrentaron
en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto,
y ahora vive.

(Secuencia "Victimae Paschali Laudes")

17 de abril de 2022

Domingo de Pascua de Resurrección




En  la pequeña iglesia dedicada a  la Inmaculada Concepción en el barrio de Almagro hay un hermoso Vía Crucis. Hoy celebramos la Pascua con la figura que en ese templo cierra el conjunto iconográfico: la estación que corresponde a la Resurrección del Señor.

Invitamos a escuchar la Secuencia  Victimae Paschali Laudes, propia de la misa de hoy.

14 de abril de 2022

Jueves Santo


Hermanos: Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía».Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.


El texto que transcribimos es la Segunda Lectura de la Misa Vespertina In Coena Domini. Corresponde a la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, y es el texto más antiguo que recoge lo ocurrido en la Última Cena. 

Las imágenes corresponden a una pintura en la iglesia de la Resurrección del Señor,  que justamente decora la capilla del Sagrario.

9 de abril de 2022

9 de abril: Santa Casilda


En la  iglesia de San Ignacio, la más antigua de Buenos Aires, se venera a Santa Casilda de Toledo.

Era hija de un rey musulmán, cruel enemigo de los cristianos. A los discípulos de Cristo a quienes su padre enviaba a la cárcel hasta dejarlos morir, Casilda les  llevaba alimentos en secreto. Cuando su padre escuchó los rumores de que su hija visitaba las mazmorras, decidió espiarla para sorprenderla.  Pero los panes que llevaba se transformaron en rosas. Autorizada a seguir su camino después del encuentro con su padre,  las flores volvieron a convertirse en panes.

Casilda empezó a padecer luego una enfermedad incurable. Pero le fue revelado que recuperaría la salud en Burgos, al bañarse en el lago de San Vicente. Pidió a su padre permiso para ir allí; éste, a regañadientes, finalmente cedió a sus súplicas. Casilda viajó a Burgos  y se curó de su mal. Para expresar su agradecimiento, hizo construir cerca del lago un oratorio junto al cual, después de hacerse bautizar, pasó retirada el resto de su vida. Muchos milagros se obraron en su tumba; su culto se extendió por toda España. 

Pese a que la placa indica "9 de mayo", su nombre está inscripto en el Martirologio hoy,  9 de abril, en recuerdo del día en que tuvo lugar la traslación de sus reliquias a la iglesia de Burgos: «En el lugar llamado San Vicente, cerca de Briviesca, en la región española de Castilla, Santa Casilda, virgen, que, nacida en la religión mahometana, ayudó con misericordia a los cristianos detenidos en la cárcel, y después, ya cristiana, vivió como eremita».

6 de abril de 2022

6 de abril: San Pedro de Verona

El Martirologio Romano trae hoy el recuerdo de San Pedro de Verona:  «En Milán, de Lombardía, pasión de San Pedro de Verona, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, el cual, nacido de padres seguidores del maniqueísmo, todavía niño abrazó la fe católica y, siendo aún adolescente, recibió del mismo Santo Domingo el hábito. Dedicado a combatir la herejía, de camino hacia Como cayó víctima de los enemigos, proclamando hasta en el último momento el símbolo de la fe».

En uno de los cuatro nichos del crucero de la Basílica del Santísimo Rosario de Buenos Aires hay una imagen del protomártir dominico. La fotografiamos en septiembre de 2019.

En un sitio oficial de la Orden de Predicadores se publica la siguiente biografía: 
«San Pedro de Verona nació a finales del siglo XII. Fue un gran predicador y combatió al catarismo. Por fidelidad a su misión fue martirizado en Barlassina. Es el primer mártir dominico.
Fiel hasta el final y dispuesto a dar la vida por la fe que había dado sentido a su existencia, San Pedro de Verona fue el primer mártir de la Orden de Predicadores. 
Nació en Verona a finales del siglo XII. La mayor parte de su familia era adepta de la herejía cátara. Sin embargo, desde muy pequeño mostró especial afinidad e interés por la fe de la Iglesia, a pesar de la oposición de muchos familiares. Conoció a la Orden de Predicadores mientras estudiaba en la universidad de Bolonia. Tomó el hábito dominicano en 1221, poco antes de la muerte de Santo Domingo. Su actividad apostólica se desarrolló principalmente en Milán, donde fundó en 1234 las «Sociedades de Fe» y «Cofradías de María». Predicaba y organizaba debates públicos con los cátaros en varias ciudades italianas.  Fray Pedro fue nombrado inquisidor de Milán y Como por Inocencio IV. Sin embargo, su participación en el tribunal ha sido distorsionada a lo largo de la historia. Lejos de tener los rasgos de muchos inquisidores posteriores a él, Pedro de Verona, según atestiguaron sus contemporáneos, siempre profesó el principio «Hay que persuadir a la fe, pero no imponerla». El rápido culto que se difundió después de su muerte demuestra la fama de santo y predicador evangélico que poseía en el pueblo. La oposición a la predicación de fray Pedro, por parte de sectores afines a la herejía, iba aumentando. Fue martirizado el 7 de abril de 1252 mientras se encaminaba desde Como a Milán. Más tarde su asesino se arrepintió del crimen y acabó ingresando a la Orden de Predicadores como hermano cooperador».

4 de abril de 2022

4 de abril: San Isidoro de Sevilla

En el día de la Memoria de San Isidoro, compartimos casi en su totalidad  la catequesis del papa Benedicto XVI en su audiencia del 18 de junio de 2008, mientras mostramos dos fotos (la primera tomada en 2021 y la otras en 2015) de la imagen del santo que se venera en la iglesia parroquial de San  Antonio de Areco.

«Hoy voy a hablar de San Isidoro de Sevilla. Era hermano menor de San Leandro, obispo de Sevilla, y gran amigo del Papa San Gregorio Magno. Este detalle es importante, pues permite tener presente un dato cultural y espiritual indispensable para comprender la personalidad de San Isidoro. En efecto, San Isidoro debe mucho a San Leandro (...) 

La casa de San Leandro y San Isidoro contaba con una biblioteca muy rica en obras clásicas, paganas y cristianas. Por eso, San Isidoro, que se sentía atraído tanto a unas como a otras, fue educado a practicar, bajo la responsabilidad de su hermano mayor, una disciplina férrea para dedicarse a su estudio, con discreción y discernimiento.

Así pues, en el obispado de Sevilla se vivía en un clima sereno y abierto. Lo podemos deducir por los intereses culturales y espirituales de San Isidoro, como se manifiestan en sus obras, que abarcan un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un conocimiento profundo de la cultura cristiana. De este modo se explica el eclecticismo que caracteriza la producción literaria de San Isidoro, el cual pasa con suma facilidad de Marcial a San Agustín, de Cicerón a San Gregorio Magno.

El joven Isidoro, que en el año 599 se convirtió en sucesor de su hermano Leandro en la cátedra episcopal de Sevilla, tuvo que afrontar una lucha interior muy dura. Tal vez precisamente por esa lucha constante consigo mismo da la impresión de un exceso de voluntarismo, que se percibe leyendo las obras de este gran autor, considerado el último de los Padres cristianos de la antigüedad. Pocos años después de su muerte, que tuvo lugar en el año 636, el Concilio de Toledo, del año 653, lo definió: «Ilustre maestro de nuestra época y gloria de la Iglesia católica ».

San Isidoro fue, sin duda, un hombre de contraposiciones dialécticas acentuadas. En su vida personal, experimentó también un conflicto interior permanente, muy parecido al que ya habían vivido San Gregorio Magno y San Agustín, entre el deseo de soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la palabra de Dios, y las exigencias de la caridad hacia los hermanos de cuya salvación se sentía responsable como obispo. Por ejemplo, a propósito de los responsables de la Iglesia escribe: «El responsable de una Iglesia (vir ecclesiasticus), por una parte, debe dejarse crucificar al mundo con la mortificación de la carne; y, por otra, debe aceptar la decisión del orden eclesiástico, cuando procede de la voluntad de Dios, de dedicarse al gobierno con humildad, aunque no quisiera hacerlo» (Sententiarum liber III, 33, 1: PL 83, col. 705 B).

Un párrafo después, añade: «Los hombres de Dios (sancti viri) no desean dedicarse a las cosas seculares y gimen cuando, por un misterioso designio divino, se les encargan ciertas responsabilidades. (...) Hacen todo lo posible para evitarlas, pero aceptan lo que no quisieran y hacen lo que habrían querido evitar. Entran en lo más secreto del corazón y allí tratan de comprender lo que les pide la misteriosa voluntad de Dios. Y cuando se dan cuenta de que tienen que someterse a los designios de Dios, inclinan el cuello del corazón bajo el yugo de la decisión divina» (Sententiarum liber III, 33, 3: PL 83, col. 705-706).

Para comprender mejor a San Isidoro es necesario recordar, ante todo, la complejidad de las situaciones políticas de su tiempo (...): durante los años de su niñez experimentó la amargura del destierro. A pesar de ello, estaba lleno de entusiasmo apostólico: sentía un gran deseo de contribuir a la formación de un pueblo que encontraba por fin su unidad, tanto en el ámbito político como religioso, con la conversión providencial de Hermenegildo, el heredero al trono visigodo, del arrianismo a la fe católica.

Sin embargo, no se ha de subestimar la enorme dificultad que supone afrontar de modo adecuado problemas tan graves como los de las relaciones con los herejes y con los judíos. Se trata de una serie de problemas que también hoy son muy concretos, sobre todo si se piensa en lo que sucede en algunas regiones donde parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península ibérica del siglo VI. La riqueza de los conocimientos culturales de que disponía San Isidoro le permitía confrontar continuamente la novedad cristiana con la herencia clásica grecorromana. Sin embargo, más que el don precioso de la síntesis, parecía tener el de la collatio, es decir, la recopilación, que se manifestaba en una extraordinaria erudición personal, no siempre tan ordenada como se hubiera podido desear.

En todo caso, es admirable su preocupación por no descuidar nada de lo que la experiencia humana había producido en la historia de su patria y del mundo entero. San Isidoro no hubiera querido perder nada de lo que el hombre había adquirido en las épocas antiguas, ya fueran paganas, judías o cristianas. Por tanto, no debe sorprender que, al perseguir este objetivo, no lograra transmitir adecuadamente, como hubiera querido, los conocimientos que poseía, a través de las aguas purificadoras de la fe cristiana. Sin embargo, de hecho, según las intenciones de San Isidoro, las propuestas que presenta siempre están en sintonía con la fe católica, sostenida por él con firmeza. En la discusión de los diversos problemas teológicos percibe su complejidad y propone a menudo, con agudeza, soluciones que recogen y expresan la verdad cristiana completa. Esto ha permitido a los creyentes, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, servirse con gratitud de sus definiciones.

Un ejemplo significativo en este campo es la enseñanza de San Isidoro sobre las relaciones entre vida activa y vida contemplativa. Escribe: «Quienes tratan de lograr el descanso de la contemplación deben entrenarse antes en el estadio de la vida activa; así, liberados de los residuos del pecado, serán capaces de presentar el corazón puro que permite ver a Dios» (Differentiarum Lib. II, 34, 133: PL 83, col 91 A).

Su realismo de auténtico pastor lo convenció del peligro que corren los fieles de limitarse a ser hombres de una sola dimensión. Por eso, añade: "El camino intermedio, compuesto por ambas formas de vida, resulta normalmente el más útil para resolver esas tensiones, que con frecuencia se agudizan si se elige un solo tipo de vida; en cambio, se suavizan mejor alternando las dos formas" (o.c., 134: ib., col 91 B).

San Isidoro busca en el ejemplo de Cristo la confirmación definitiva de una correcta orientación de vida y dice: «El Salvador, Jesús, nos dio ejemplo de vida activa cuando, durante el día, se dedicaba a hacer signos y milagros en la ciudad, pero mostró la vida contemplativa cuando se retiraba a la montaña y pasaba la noche dedicado a la oración» (o.c. 134: ib.). A la luz de este ejemplo del divino Maestro, San Isidoro concluye con esta enseñanza moral: «Por eso, el siervo de Dios, imitando a Cristo, debe dedicarse a la contemplación sin renunciar a la vida activa. No sería correcto obrar de otra manera, pues del mismo modo que se debe amar a Dios con la contemplación, también hay que amar al prójimo con la acción. Por tanto, es imposible vivir sin la presencia de ambas formas de vida, y tampoco es posible amar si no se hace la experiencia tanto de una como de otra» (o.c., 135: ib., col 91 C).

Creo que esta es la síntesis de una vida que busca la contemplación de Dios, el diálogo con Dios en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, así como la acción al servicio de la comunidad humana y del prójimo. Esta síntesis es la lección que el gran obispo de Sevilla nos deja a los cristianos de hoy, llamados a dar testimonio de Cristo al inicio de un nuevo milenio».

2 de abril de 2022

2 de abril: San Francisco de Paula


El Martirologio consigna hoy:   
«San Francisco de Paula, ermitaño, fundador de la Orden de los Mínimos en Calabria, prescribiendo a sus discípulos que viviesen de limosnas, no teniendo propiedad ni manipulando dinero, y que utilizasen sólo alimentos cuaresmales. Llamado a Francia por el rey Luis XI, le asistió en el lecho de muerte, y célebre por la austeridad de vida, murió a su vez en Plessis-les-Tours, junto a Tours (1507)».

Oración Colecta:

Dios nuestro, recompensa de los humildes, que has elevado a San Francisco de Paula a la gloria de tus santos, concédenos, por sus méritos y ejemplos, alcanzar los premios prometidos a los humildes de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Las fotos que compartimos hoy las tomamos en enero de 2017 en la iglesia dedicada al santo en la ciudad de Río de Janeiro. Recordemos que las "reglas internas" de este blog señalan que todas las fotos que publicamos son propias, y que siempre corresponden a la Argentina y a los países limítrofes.