3 de octubre de 2026

Sábado de la Semana XXVI Durante el Año


El Leccionario Bienal del Oficio de Lecturas ofrece para  hoy un fragmento del Libro de Judit (13, 6-31). 
Hagamos primero una introducción general  a ese texto, basándonos en la que publica El Libro del Pueblo de Dios.

El Libro de Judit  contiene «un relato didáctico, con un marco histórico completamente imaginario, del que sólo se conservan las versiones griega y latina». Fue escrito «probablemente en el siglo II a. C., para mantener el ánimo de la pequeña comunidad judía que luchaba tenazmente por conservar su independencia frente al avance helenista».


«Este Libro refleja cierta influencia de la literatura «apocalíptica», tan en boga en esa época, según la cual las luchas del tiempo presente no son sino la manifestación del combate librado continuamente entre las fuerzas del bien y del mal».

En el fragmento que se lee hoy, aparece Holofernes, que  simboliza «a los eternos enemigos de Dios. Judit -que significa «la Judía»- personifica el alma de su nación. Fiel a Dios y a su pueblo, ella expone la vida para salvar a sus compatriotas».

«A la prepotencia y la fuerza de un jefe militar, el Libro opone la debilidad de una mujer, sin más armas que su fe en Dios y en el poder de la oración. Los recursos que ella emplea no son del todo ejemplares, pero más que dar una lección moral lo que pretende el autor es poner de relieve que la aparente «debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres» (1 Cor. 1.25). La astucia decidida de Judit triunfa sobre el opresor del Pueblo elegido, como en otra ocasión pudo más la honda de David que la insolencia y la espada de Goliat».



La liturgia cristiana ha visto en Judit una figura de la Virgen María. Tanto el canto de la Virgen como el de Judit celebran el triunfo de los débiles  sobre los poderosos de este mundo.  De ahí la aparición de Judit (junto con otras mujeres bíblicas), como vemos en las fotos, en el techo de la Basílica de la Merced.




El fragmento que se lee hoy en el Oficio de Lecturas Holofernes se encuentra en su lecho, totalmente borracho. Ha llevado hasta allí a Judit, prendado por su hermosura.  La joven aprovecha las circunstancias para darle muerte.


Este es el texto que se lee hoy en el Oficio Divino (Jdt 13, 6-31):

«Cuando salieron todos, sin que quedara en la alcoba nadie, ni chico ni grande, Judit, de pie junto al lecho de Holofernes, oró interiormente:

«Señor, Dios todopoderoso, mira ahora benévolo a lo que voy a hacer para exaltación de Jerusalén. Ha llegado el momento de ayudar a tu heredad y de cumplir mi plan, hiriendo al enemigo que se ha levantado contra nosotros».

Avanzó hacia la columna del lecho, que quedaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó el alfanje y, acercándose al lecho, agarró la melena de Holofernes y oró:

—¡Dame fuerza ahora, Señor, Dios de Israel!

Le asestó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas, y le cortó la cabeza.

Luego, haciendo rodar el cuerpo de Holofernes, lo tiró del lecho y arrancó el dosel de las columnas. Poco después salió, entregó a su ama de llaves la cabeza de Holofernes y el ama la metió en la alforja de la comida. Luego salieron las dos juntas para orar como acostumbraban. Atravesaron el campamento, rodearon el barranco, subieron la pendiente de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad.

Judit gritó desde lejos a los centinelas:

«¡Abrid, abrid la puerta! Dios, nuestro Dios, está con nosotros, demostrando todavía su fuerza en Israel y su poder contra el enemigo. ¡Acaba de pasar hoy!»

Cuando los de la ciudad la oyeron, bajaron en seguida hacia la puerta y convocaron a los concejales. Todos fueron corriendo, chicos y grandes. Les parecía increíble que llegara Judit. Abrieron las puertas y las recibieron; luego hicieron una gran hoguera para poder ver, y se arremolinaron en torno a ellas.

Judit les dijo gritando:

«¡Alabad a Dios, alabadlo! Alabad a Dios, que no ha retirado su misericordia de la casa de Israel; que por mi mano ha dado muerte al enemigo esta misma noche».

Y sacando la cabeza guardada en la alforja, la mostró, y dijo:

—Esta es la cabeza de Holofernes, generalísimo del ejército asirio. Este es el dosel bajo el que dormía su borrachera. ¡El Señor lo hirió por mano de una mujer! Vive el Señor que me protegió en mi camino; os juro que mi rostro sedujo a Holofernes para su ruina, pero no me hizo pecar. Mi honor está sin mancha.

Todos se quedaron asombrados, y postrándose en adoración a Dios, dijeron a una voz:

—Bendito eres, Dios nuestro, que has aniquilado hoy a los enemigos de tu pueblo.

Y Ozías dijo a Judit:

«Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra. Bendito el Señor, creador de cielo y tierra, que enderezó tu golpe contra la cabeza del general enemigo. Los que recuerden esta hazaña de Dios jamás perderán la confianza que tú inspiras. Que el Señor te engrandezca siempre y te dé prosperidad, porque no dudaste en exponer tu vida, ante la humillación de nuestra raza, sino que vengaste nuestra ruina procediendo con rectitud en presencia de nuestro Dios».

Todos aclamaron: —¡Así sea, así sea!».

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