Virgen de Luján, Señora
intercesora ante Dios
dame tu luz protectora
y que por mi voz cantora
cante el pueblo con su voz.
Quiero cantar una vida
que despuntó en este suelo.
Perdona mi desmedida
fe, si no doy la medida
fiel de esa espiga del cielo.
Con estas palabras comienza un poema que José María Castiñeira de Dios, en su obra "El santito Ceferino Namuncurá" (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968), dedicó al Beato que hoy honramos.
En la revista Jauja número 25/26/27, de marzo de 1969, apareció un comentario a esa obra, junto con fragmentos de la poesía:
«He aquí un poema netamente argentino que hubiera alegrado a Hernández. ¡Y cómo! Es un relato en quintillas de una vida donde no hay nada que relatar — o casi nada; pero que es como una oración». Ceferino Namuncurá -añade el comentarista- «es un caciquillo pampa que los Padres Salesianos bautizaron, que aspiró a ser sacerdote, que enfermó de tisis y llevado a Roma murió allí, como era lo probable. ¡Había que haberlo dejado en Córdoba, quizás! Trajeron sus restos aquí e iniciaron el proceso de beatificación, por lo cual ahora lo llamamos "Venerable"; y lo llama "santito" el cantor».
En Roma, Ciudad Eterna,
Urbe de la Cristiandad,
se nos ha muerto el Santito,
lo llevamos a enterrar.
Camino a Campo Verano
los romanos ven pasar
a cuatro fieles amigos
que en hombros llevando van
un ataúd pequeñito
de madera natural
pintado con ramos de oro
por el sol primaveral.
***
Bajo la luz matinal
Ceferino, indio araucano,
avanza hasta el Vaticano
para la audiencia papal.
Sube hasta el áureo portal
del palacio del Señor
y entra por un corredor
a la Capilla Sixtina
donde su alma se acoquina
ante tamaño esplendor.
...
Después con su clerecía
entra el Papa a la colmada
sala donde arrodillada
está la feligresía.
Cagliero entonces lo guía
al pie de Su Santidad
y doblado en humildad
aquel Piedra penitente
inclina su alma y su frente
al Piedra de la verdad.
(Uno es la piedra esencial
de la Verdad Revelada:
el otro, piedra apagada
de un pueblo indígena austral.
Uno es la piedra vital
otro la piedra yacente;
uno, la piedra fulgente
que contiene la Esperanza
el otro, piedra que avanza
a la luz, cristianamente.
Los dos Piedra son, ahora,
por este indiecito santo
dos piedras de un mismo canto
que el amor de Cristo dora.
Bajo la Cruz salvadora
Ceferino se arrodilla
y ante el Padre Santo humilla
la soberbia de la raza...
Un viento de gloria pasa
en medio de la capilla.
El Padre Santo levanta
al Príncipe, y ya su mano
bendice al indio cristiano
arrodillado a su planta.
Enseguida se adelanta
y en gesto de amor divino
da un abrazo a Ceferino
que, colmado de emoción,
lo aprieta a su corazón
por todo el pueblo argentino.
Y transcurrido un instante
pide gracia para hablar
y ya comienza a parlar
en el idioma de Dante.
Él es el representante
de una raza derrotada
que viene ahora postrada
al pie de Su Santidad
a agradecer la bondad
de la Verdad Revelada.
Es el fruto misionero
que Don Bosco entresoñó
y en Patagonia se dio
por voluntad de Cagliero.
Él quiere ser un obrero
de la Casa del Señor
para llevar el calor
de Dios a su propia raza
y misionar con la hogaza
de la Verdad y el Amor.
Terminada la lectura
que el Papa escucha de pie,
tal testimonio de fe
cubre su alma de dulzura.
Entonces su mano pura
da la bendición ritual
con la cruz sacramental
sobre aquel indio araucano
que llega al último hermano
de la Patagonia austral.
Después el pío varón
nacido en hogar modesto
lo atrae a sí con un gesto
de infinita compasión.
Ve en el indio el corazón
del sufriente, del herido,
del humilde perseguido
del pobre desamparado.
Ve a Cristo crucificado
y liberado al bandido.
Ajeno a este pensamiento
el indio extrae de un saco
un quillango de guanaco
y dice con sentimiento:
Esta piel cubre del viento
y la nevada inclemente
la pobreza de mi gente,
y es todo lo que tenemos.
A la Iglesia lo ofrecemos
como modesto presente.
Una emoción contenida
vivió la sala, y se vio
que el mismo Papa bajó
la mirada humedecida.
Era esa piel ofrecida
la piel del dolor humano;
y la tomó con su mano
y acercó a su corazón
en prueba de compasión
por el indígena hermano.
Con la bendición que dio
se despidió el Padre Santo
y con los ojos en llanto
el indio se despidió.
Las grandes salas cruzó
hasta el portal de salida
y al ver la luz encendida
de la mañana romana
pensó en su tribu lejana
y le prometió su vida.
La imagen que ilustra esta entrada corresponde a la iglesia de San José del Talar.

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