La Memoria de Santa Clara de Montefalco aparece en santorales agustinos. Transcribimos la Segunda Lectura del Oficio de Lecturas (1) junto a fotos que tomamos en la iglesia de San Agustín en nuestra Ciudad de Buenos Aires.
Cuando Clara, que era ya espejo y norma de santidad, fue elegida abadesa, enseñaba a las hermanas con el ejemplo y con la palabra cómo debían progresar en el amor de Dios. Ponía la humildad como fundamento del edificio espiritual y añadía que para alcanzar un alto grado de virtud eran útiles el trabajo y la fatiga y, sobre todo, la actividad mental y la elevación de la mente a Dios. En realidad, no se puede llegar a un alto nivel de virtud sin una vida de austera penitencia y trabajo. El trabajo manual fortalece el alma y la dispone a la adquisición de las virtudes.
Había una gran fuerza persuasiva en su elocuencia. Parecía que de sus palabras brotaba como un fuego que encendía la mente de los que la escuchaban, e infundían en ellos una dulzura espiritual. Por eso, quien la escuchaba se alejaba de ella con un deseo ardiente de cosas espirituales.
Tuvo también fama por su doctrina. Tanto más, que, dotada de espíritu profético, le eran conocidas las cosas ocultas de la mente, conocía los acontecimientos ocurridos, daba un juicio exacto de las cosas presentes y predecía el futuro, comprendiendo claramente todas las cosas en la contemplación de aquel que es esplendor y espejo reluciente.
Aunque Clara no era mujer letrada, con su vida y con sus enseñanzas manifestaba de hecho a quien se le acercaba, cuánta comprensión tenía de las Escrituras y con cuánto fervor de caridad su alma aspiraba hacia Dios.
Su inteligencia se asombraba al contemplar las obras de la inmensa bondad del Altísimo, especialmente los misterios de la encarnación y de la pasión del Señor Jesucristo, y al meditar las acciones todas que realizó el Señor en esta vida.
Con frecuencia manifestaba su especial amor a la cruz de Jesucristo, diciendo: «Yo no tengo necesidad de la cruz exterior, porque llevo impresa en mi corazón la cruz de mi Señor Jesucristo».
Ardía con gran caridad hacia los pobres y la manifestaba distribuyéndoles con ánimo misericordioso cuanto podía: vestidos, alimentos y medicinas.
Daba también a las religiosas de su monasterio lo que a veces se daba a ella para sus necesidades particulares, no permitiendo que ninguna poseyera cosa alguna en propiedad, sino que a cada una se le proporcionara cuanto necesitaba, según las posibilidades del monasterio. Quería además que no se tuviese en cuenta, al proveer a quien tenía necesidad, si la cosa distribuida había sido dada para el convento, para la abadesa o para otra en particular.
A lo largo de su vida hubo de superar no pocas dificultades. Algunas veces decía: «Son muchos los que conspiran contra mí. Antes, no pocas veces sufría por la tribulación o el pudor; otras veces, por el honor y la prosperidad; ahora no me preocupa nada».
En la fiesta de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, dos días antes de su muerte, Clara mandó llamar a todas las religiosas. Exhortándolas y alentándolas al servicio divino, les decía, entre otras cosas: «Hijas y hermanas mías queridísimas, os confío a todas vosotras y a mi propia alma a la muerte de nuestro Señor Jesucristo y os entrego al Señor, lo mismo que las fatigas que he soportado por vosotras. Sed humildes, obedientes, pacientes, unidas en el amor, y comportaos de modo que Dios sea alabado en vosotras y no perezca la obra que el Señor Dios ha obrado en vosotras».
Clara nació en Montefalco, Perusa (Italia), en 1268. Ingresó a los seis años en un reclusorio situado a extramuros de su ciudad natal, en el que vivía con gran austeridad su hermana Juana con algunas compañeras. En 1290 el reclusorio se convirtió en convento bajo la regla de San Agustín, y Clara hizo su profesión religiosa con el nombre de Clara de la Cruz. A la muerte de Juana (22 de noviembre de 1291), fue elegida abadesa del convento, cargo que desempeñó hasta su muerte, acaecida el 17 de agosto de 1308. La espiritualidad de Clara gira toda ella en torno a la pasión de Cristo y a la cruz. Sus restos se conservan incorruptos; la cruz y otros instrumentos de la Pasión fueron encontrados en el corazón de Clara, formados en el tejido fibroso (las pruebas de la historicidad de este fenómeno son fehacientes); también está registrada la licuación de su sangre.
Su culto fue confirmado por Clemente XII en 1737; la canonizó León XIII el 8 de diciembre de 1881.
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(1) De la Vida de santa Clara de la Cruz, de Berengario Donadei (Ed. A. Semenza, O.S.A., Typ. Polygl. Vaticanis 1944, 18-20, 27, 29, 46, 54-56)



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