10 de noviembre de 2020

10 de noviembre: San León Magno

En el púlpito de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera encontramos, entre otras, esta pequeña estatua del Papa San León I "Magno".

Evocamos la figura del santo de hoy con palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la audiencia del 5 de marzo de 2008:

«Continuando nuestro camino entre los Padres de la Iglesia, auténticos astros que brillan desde lejos, en el encuentro de hoy vamos a considerar la figura de un Papa que en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de San León Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuyó la tradición, fue verdaderamente uno de los más grandes Pontífices que han honrado la Sede de Roma, contribuyendo en gran medida a reforzar su autoridad y prestigio. Primer Obispo de Roma que llevó el nombre de León, adoptado después por otros doce Sumos Pontífices, es también el primer Papa cuya predicación, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones, ha llegado hasta nosotros. (...)

San León era originario de la Tuscia. Fue diácono de la Iglesia de Roma en torno al año 430, y con el tiempo alcanzó en ella una posición de gran importancia. Este papel destacado impulsó en el año 440 a Gala Placidia, que entonces gobernaba el Imperio de Occidente, a enviarlo a la Galia para resolver una situación difícil. Pero en el verano de aquel año, el Papa Sixto III, cuyo nombre está ligado a los magníficos mosaicos de la basílica de Santa María la Mayor, falleció; y como su sucesor fue elegido precisamente San León, que recibió la noticia mientras desempeñaba su misión de paz en la Galia.

Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del año 440. Así inició su pontificado, que duró más de 21 años y que ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del año 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de San Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la basílica vaticana.

El Papa San León vivió en tiempos sumamente difíciles: las repetidas invasiones bárbaras, el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial en Occidente y una larga crisis social habían obligado al Obispo de Roma —como sucedería con mayor evidencia aún un siglo y medio después, durante el pontificado de San Gregorio Magno— a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y políticas. Esto no impidió que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana.

Es famoso un episodio de la vida de San León. Se remonta al año 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegación romana, salió al encuentro de Atila, el jefe de los hunos, y lo convenció de que no continuara la guerra de invasión con la que ya había devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salvó al resto de la península. Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblemático de la acción de paz llevada a cabo por el Pontífice.

No fue tan positivo, por desgracia, tres años después, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifestó una valentía que todavía hoy nos sorprende: en la primavera del año 455, San León no logró impedir que los vándalos de Genserico, tras llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, salió al encuentro del invasor para pedirle que se detuviera, impidió al menos que Roma fuera incendiada y logró que no fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que se refugió parte de la población aterrorizada.

Conocemos bien la acción del Papa San León gracias a sus hermosísimos sermones —se han conservado casi cien en un latín espléndido y claro— y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el Pontífice se muestra en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a través de un ejercicio asiduo de la palabra, que lo muestra a la vez como teólogo y pastor. San León Magno, constantemente solícito por sus fieles y por el pueblo de Roma, así como por la comunión entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoyó y promovió incansablemente el primado romano, presentándose como auténtico heredero del apóstol San Pedro: los numerosos obispos, en gran parte orientales, reunidos en el concilio de Calcedonia, fueron plenamente conscientes de esto.

Este concilio, que tuvo lugar en el año 451, con 350 obispos participantes, fue la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristología de los tres concilios ecuménicos anteriores: el de Nicea, del año 325; el de Constantinopla, del año 381; y el de Éfeso, del año 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma San Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que «acoge y venera los cuatro concilios como los cuatro libros del santo Evangelio», porque sobre ellos —sigue explicando san Gregorio— «se eleva la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada». El Concilio de Calcedonia, al rechazar la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios, afirmó la unión en su única Persona, sin confusión ni separación, de las dos naturalezas humana y divina.

Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al Obispo de Constantinopla, el así llamado «Tomo a Flaviano», que al ser leído en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: «Pedro ha hablado por la boca de León», exclamaron al unísono los padres conciliares. Sobre todo a partir de esa intervención, y de otras realizadas durante la controversia cristológica de aquellos años, resulta evidente que el Papa sentía con particular urgencia la responsabilidad del Sucesor de Pedro, cuyo papel es único en la Iglesia, pues «a un solo apóstol se le confía lo que a todos los apóstoles se comunica», como afirma San León en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo (83, 2). Y el Pontífice supo ejercer esta responsabilidad tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y mediante sus legados. Así mostraba cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo.

Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana —en un período de profunda crisis—, San León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las Cuatro Témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.

En particular, San León Magno enseñó a sus fieles —y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros— que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Lo subraya en un sermón (64, 1-2) a propósito de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del año, «no como algo del pasado, sino más bien como un acontecimiento del presente». Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el santo Pontífice: así como el Creador animó con el soplo de la vida racional al hombre modelado con el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envió a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo mediante la nueva vida de la gracia.

Este es el misterio cristológico al que San León Magno, con su carta al Concilio de Éfeso, dio una contribución eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a través de ese concilio, lo que dijo San Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Por este motivo, al ser a la vez Dios y hombre, «no es ajeno al género humano, pero es ajeno al pecado» (cf. Serm. 64). Con la fuerza de esta fe cristológica, fue un gran mensajero de paz y de amor. Así nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Por tanto, con San León Magno, aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo».

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7 de noviembre de 2020

7 de noviembre: Beato Francisco Palau y Quer

Francisco Palau y Quer nació en Lérida en 1811, de una familia pobre pero muy cristiana. En 1828 ingresó en el seminario de Lérida, donde estudió filosofía y teología durante cuatro años. En 1832 vistió el hábito de carmelita descalzo en Barcelona, donde profesó al año siguiente.  Fue ordenado sacerdote en 1836 y se entregó de lleno al apostolado y a la oración. Vivió doce años exiliado en Francia (1840-1851) y, vuelto a España, fue desterrado a Ibiza por el gobierno de entonces, que perseguía a la Iglesia. 

Allí en las Baleares fundó en 1860 dos congregaciones religiosas: las Hermanas Carmelitas Misioneras y las Hermanas Carmelitas Misiones Teresianas. 

Dotado por Dios con el don de profecía y milagros, tuvo que soportar varias denuncias y juicios por las numerosas curaciones que hacía sin ser facultativo. En varias ocasiones practicó los exorcismos con el más cumplido éxito. Pudo volver a la península gracias a la intervención de la Reina Isabel. Predicó diversas misiones populares en las islas y en el continente. Difundió grandemente la devoción a María.

Murió en Tarragona el 20 de marzo de 1872.  Fue beatificado en 1998 por el papa Juan Pablo II. 

La imagen que ilustra esta entrada se venera en la capilla del Seminario San Pablo VI de la Diócesis de Avellaneda-Lanús.


Oh Dios, que por medio de tu Espíritu enriqueciste al Beato Francisco, presbítero, con el don insigne de la oración y de la caridad apostólica; concédenos por su intercesión, que la amada Iglesia de Cristo, resplandeciente con la belleza de María, la Virgen Madre, sea más eficazmente sacramento universal de salvación. Amén.

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1 de noviembre de 2020

1° de noviembre: Solemnidad de Todos los Santos



La Primera Lectura de hoy es del libro del Apocalipsis (7, 2-4. 9-14); transcribimos a continuación un fragmento de la perícopa:
(...) Vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!». Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: «¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!».     Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?». Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor». Y él me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero».
Bellamente está representado este episodio en el techo de la iglesia de Balvanera. 


Con la misma imagen ilustramos el año pasado, en el Domingo III de Pascua del Ciclo C, el fragmento del mismo libro del Apocalipsis  (5, 11-14) que se lee ese día como Segunda Lectura. Sin embargo, creemos que es aún más apropiado para el texto de hoy.

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31 de octubre de 2020

31 de octubre: San Alonso Rodríguez


«En la ciudad de Palma, en la isla de Mallorca, en España, San Alonso Rodríguez, que al perder a su esposa e hijos entró como religioso en la Orden de la Compañía de Jesús y estuvo como portero del colegio de aquella ciudad durante largos años, mostrando una gran humildad, obediencia y constancia en una vida penitente», dice el Martirologio.

Alonso Rodriguez nació en Segovia en 1531.  A la muerte de su padre, debió interrumpir sus estudios para encargarse del negocio familiar de lanas y paños. En 1557 se casó con María Suárez, de la que tuvo una hija y un hijo. Su esposa y sus hijos murieron relativamente pronto; Alonso se preguntó entonces qué quería Dios de él y finalmente decidió ofrecerse en la Compañía de Jesús como hermano coadjutor. Lo rechazó la provincia de Castilla, pero fue admitido en la de Aragón y comenzó su noviciado en 1571. 

Destinado a Mallorca, pasó  allí el resto de su vida. Su ocupación fundamental fue la de portero, lo que le dio ocasión de tratar a muchas personas que comenzaron a fijarse en los grandes valores  que encerraba el modesto hermano; ello le granjeó una universal. Por orden de sus superiores escribió acerca de sus experiencias espirituales. Entre los religiosos de su comunidad estuvo un tiempo San Pedro Claver, con quien Alonso tuvo una santa y profunda amistad. 

Alonso falleció el 31 de octubre de 1617. El virrey y toda la nobleza de Mallorca asistieron a sus funerales, así como  una multitud de pobres y enfermos. 

Fue canonizado junto con San Pedro Claver en 1888.

La imagen que vemos en la foto se venera en la iglesia Regina Martyrum de la ciudad de Buenos Aires.

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25 de octubre de 2020

Domingo XXX Durante el Año


Hoy, Domingo XXX del Tiempo Ordinario, se lee en el actual Ciclo A, como Evangelio de la misa, el fragmento de Mateo (22, 34-40) que a continuación transcribimos:
«Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?.
Jesús le respondió: 
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”».

Sobre este fragmento, y en particular sobre la frase que destacamos en las fotos, dice San Agustín: (De doctrina christiana, 1,22):

«Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable». 

Y en De Trinitate (8, 7), dice:

«Siendo, pues, dos los preceptos de los cuales dependen la Ley y los Profetas -el amor de Dios y del prójimo- con razón la Sagrada Escritura los presenta muchas veces como uno solo. Ya como amor de Dios, según aquello de San Pablo: "Sabemos que a los que aman a Dios todo les sale bien" (Rom 8,28), ya como amor del prójimo, como dice el mismo Santo; "Toda la ley está comprendida en un solo punto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Gál 5,14). Por lo tanto, como el que ama a su prójimo consiguientemente amará también a Dios, amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad, aunque debemos amar a Dios por sí mismo, y al prójimo por Dios».

El campanil de la Catedral de Zárate-Campana recoge la frase "Amarás al Señor tu Dios", como vemos en las fotos, tomadas en febrero.

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24 de octubre de 2020

Santa María "en sábado"

«Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con «María, la madre de Jesús» (Hech 1, 14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu.


(...) Toda la Iglesia es invitada a vivir más profundamente el misterio de Cristo, colaborando con gratitud en la obra de la salvación. Esto lo hace con María y como María, su madre y modelo: es ella, María, el ejemplo de aquel amor maternal que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres. Por esto, "la Iglesia, confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro del Señor que llega. Pero en este camino ... procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María".

A la "mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su poder salvífico" confío la Iglesia y, en particular, aquellos que se dedican a cumplir el mandato misionero en el mundo de hoy».

(San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio) 

En el Mes de las Misiones, dedicamos la Memoria sabatina al mandato misionero y compartimos una imagen de la iglesia Mater Misericordiae. 

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23 de octubre de 2020

23 de octubre: Santa Josefina

No siempre es fácil identificar a un santo a través de sus representaciones en los templos, ni siquiera, en ocasiones, si al pie de la imagen aparece su nombre.

En la iglesia del Patrocinio del San José, entre otros vitrales, hay uno dedicado a San Mauricio y otro a Santa Josefina. La presencia de esos santos tan poco usuales se debe, como recordamos hace unas semanas, a que la construcción del templo se realizó gracias a los aportes de  Mauricio Braun Hamburger y su esposa Josefina Menéndez Behety, quienes en acción de gracias por sus bodas de oro matrimoniales decidieron -en los años 40 del siglo pasado- donar al Arzobispado un templo. La piedra fundamental de la iglesia fue bendecida el 20 de julio de 1946; la parroquia fue erigida el 15 de octubre de 1949.



En septiembre nos referimos al vitral dedicado a San Mauricio.  Pero, ¿quién es la santa que aparece en el otro vitral? No hay muchas santas llamadas Josefina en el Martirologio. Por la fecha en que fue erigido el templo (lo que descarta a toda mujer beatificada con posterioridad) y por algunas pistas iconográficas nos inclinamos por suponer, sin absoluta certeza, que se quiso representar a la beata Josefina Leroux, virgen y mártir.

Ana Josefa Leroux nació en Francia en 1747. En 1769 profesó «en las clarisas urbanistas de Valenciennes (...) con el nombre de sor Josefina».   Las “urbanistas” son clarisas que siguen una Regla dada por el papa Urbano IV en 1263, sólo diez años después la muerte de Santa Clara. Josefina vivió en la época de la persecución religiosa de la Revolución Francesa. «Religiosa excelente, cuando su monasterio es suprimido, se va a Mons y toma el hábito ursulino con tal de seguir siendo religiosa. Con las ursulinas vuelve a Valenciennes y es acusada, como las demás religiosas, de ser emigrada que había regresado. Condenada a muerte, manifestó su felicidad por el martirio. Fue guillotinada el 23-10-1794. Beatificada el 13-6-1920». Los párrafos entrecomillados y en cursiva pertenecen al libro "Todos los Santos", de José Luis Repetto Betes (publicado por la B.A.C. en 2007).



El ramo en que parecen entrelazarse lirios de pureza y palmas de martirio, así como el hacha (que aludiría a que murió decapitada) son indicios de que la santa del vitral podría ser la Josefina que recuerda hoy el Martirologio.

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