2 de octubre de 2025

2 de octubre: San Cipriano de Antioquía


Las Iglesias orientales celebran hoy la «Memoria del santo hieromártir Cipriano y de la santa virgen mártir Justina († 304)». Por primera vez en la vida de este blog nos referiremos a este santo.

En el frente de la iglesia iglesia de San Jorge del Patriarcado de Antioquía, junto a la puerta, hay una imagen de San Cipriano junto con su biografía, como puede apreciarse en la foto adjunta. 

Transcribimos a continuación el texto que aparece en el cartel.

«San Cipriano de Libia, Cartago  creció en Antioquía, Siria, durante el reinado del Emperador Zakios a partir del 250 d.C. Fue un hombre noble y rico, un filósofo y brujo famoso. Destacado en la brujería hasta el punto de que los paganos lo visitaban desde todos los lugares para pedirle que actuara con la ayuda de los demonios, y que les proporcione servicios específicos como por ejemplo causar daño a algunas personas. Cipriano desarrolló su trabajo en varios libros de diferentes tipos de magia, visitando lugares famosos por su magia y de allí tomo más conocimiento sobre ello. Y por todo esto se convirtió en un hombre rico y temeroso. No hay duda de que causó, consciente o inconscientemente, mucho dolor a otros sin importarle.

Se sintió atraído por la fe cristiana de la siguiente manera: Sucedió que había una virgen entre las vírgenes de Antioquia cuyo nombre era Justina quien era de origen pagano y vivía sola con sus padres. Ella se volvió hacia el Señor Jesús y se bautizó junto a sus padres y juró castidad en búsqueda de Cristo. En una época de gran locura y engaño, un joven griego llamado Aglaidas se enamoró de ella, pero ella lo rechazó. ¿Por qué falló su intención? ¿Qué hizo? Recurrió a Cipriano, el brujo, para alcanzar su malvada intención. Cipriano procedió, después de leer los libros de magia que tenía, enviando diferentes tipos de demonios con el propósito de engañar a la joven virgen hasta que ella se enamore de Aglaidas y luego enviando al principal de entre los demonios sin tener éxito y todos los demonios fracasaron. Y cuando Cipriano fue consciente del poder de Cristo no luchó más contra Él, después de que los demonios eran vencidos por Justina y volvían a él abatidos y derrotados, abandonó su error y creyó en Cristo Habiéndose encontrado dispuesto a reconocer al Dios de los cristianos, el Dios Todopoderoso que supera todos sus demonios y su hábil magia, se dedicó a aprender sobre el cristianismo.

Así de esta manera, él fue llevado también a Jesucristo. Entonces para dar mayor prueba al Obispo, decidido a ser bautizado en Cristo, trajo todos sus libros de magia y los quemó frente al Obispo. También juntó su dinero y lo distribuyó a los pobres, y tuvo como preocupación principal el perdón de sus pecados, con cálidas lágrimas y actos de amor para saldar el mal y el daño que había hecho contra muchas personas. Así, a través de la gracia del Espíritu Santo, se convirtió en un cordero racional de las ovejas de Cristo. Luego fue gradualmente ordenado como lector, hipodiacono, diácono, sacerdote y por último como Obispo. Él es quien llamo a la Santa con su nombre Justina, porque antes ella se llamaba Justa. Ella fue contada entre las diaconisas y luego se convirtió en Madre Abadesa del monasterio de las ermitas que se encontraban esparcidas allí.

Cuando su rebaño creció por sus palabras y su vida virtuosa y divina, llenó el este y el oeste con su conocimiento. Una persona denunció a Cipriano enfrente del emperador Zakios y cuando el Santo estuvo enfrente de él, no les dio importancia a todas las condenaciones y amenazas por parte del emperador, entonces fue exiliado. Pero, desde el exilio no se detuvo y siguió mostrando su interés en su rebaño fortaleciéndolo con escritos pues deseaba dejar de lado la orientación pagana. Por lo tanto, el gobernador de Oriente en Damasco lo llevó a la prisión junto con la virgen Justina y luego se presentaron frente al tribunal donde confesaron a Cristo abiertamente.

Como castigo a Cipriano lo colgaron, golpearon y desgarraron, mientras que a Justina la golpearon en la cara sin piedad. Después de torturarlos los tiraron juntos en un horno de leña, pero con el Poder de Cristo se mantuvieron a salvo del peligro del tormento.

Cuando vieron el milagro, un hombre llamado Atanasio estaba sentado junto al gobernador, se agitó violentamente y con necedad quería mostrar cómo sus dioses eran más poderosos que Cristo e invocando a los dioses "Dia y Asclepton" corrió y saltó sobre el fuego, pero se quemó inmediatamente. Entonces después de esto el gobernador no supo qué hacer, entonces envío a los santos a Nicomedia, donde se encontraba el rey Claudio en el año 268 d.C. Cuando este comprobó la valentía y la firmeza de los dos santos, les cortó las cabezas. De esta manera, recibieron la gloria trinitaria con la corona del martirio que no decae. Sus santos restos fueron devueltos a Roma junto con los cristianos que venían de esas zonas y trajeron con ellos los documentos y los testimonios del martirio de ambos santos. Y guardaron sus reliquias en la montaña más elevada en la ciudad de Roma y donde sucedieron muchos milagros a quienes acudieron a ellos con fe.

Por las intercesiones de San Cipriano y Santa Justina, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.

La Iglesia recuerda a los dos Santos el 2 de octubre».

30 de septiembre de 2025

30 de septiembre: San Jerónimo

El año pasado, en esta misma fecha litúrgica, compartimos la primera parte de una una catequesis de Benedicto XVI sobre San Jerónimo, y anunciamos que hoy, en una nueva Memoria de ese santo, publicaríamos la segunda parte.

Cumplimos ahora aquella promesa. El texto de la mencionada catequesis es acompañado en este caso por una imagen de San Jerónimo que se exhibe en el ingreso al Museo de Arte Religioso "Juan de Tejeda" de Córdoba, ciudad de la que es Patrono. Tomamos las fotos (la imagen y sus explicaciones) en septiembre de 2019.

San Jerónimo. 
Talla en madera policromada y tela encolada.
Fines del siglo XVIII
Museo Juan de Tejeda (Córdoba)

«Continuamos hoy la presentación de la figura de San Jerónimo. Como dijimos el miércoles pasado, dedicó su vida al estudio de la Biblia, hasta el punto de que mi predecesor el Papa Benedicto XV lo reconoció como "doctor eminente en la interpretación de las sagradas Escrituras". San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos: "¿No te parece que, ya aquí, en la tierra, estamos en el reino de los cielos cuando vivimos entre estos textos, cuando meditamos en ellos, cuando no conocemos ni buscamos nada más?" (Ep. 53, 10).

En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en cierto sentido presencia del cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues "ignorar la Escritura es ignorar a Cristo". Es suya esta famosa frase, citada por el Concilio Vaticano II en la constitución Dei Verbum (n. 25).

Verdaderamente "enamorado" de la Palabra de Dios, se preguntaba: "¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?" (Ep. 30, 7). Así, la Biblia, instrumento "con el que cada día Dios habla a los fieles" (Ep. 133, 13), se convierte en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para todas las personas.

Leer la Escritura es conversar con Dios: "Si oras —escribe a una joven noble de Roma— hablas con el Esposo; si lees, es él quien te habla" (Ep. 22, 25). El estudio y la meditación de la Escritura hacen sabio y sereno al hombre (cf. In Eph., prólogo). Ciertamente, para penetrar de una manera cada vez más profunda en la palabra de Dios hace falta una aplicación constante y progresiva. Por eso, San Jerónimo recomendaba al sacerdote Nepociano: "Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que el Libro santo no se caiga nunca de tus manos. Aprende en él lo que tienes que enseñar" (Ep. 52, 7).

A la matrona romana Leta le daba estos consejos para la educación cristiana de su hija: "Asegúrate de que estudie todos los días algún pasaje de la Escritura. (...) Que acompañe la oración con la lectura, y la lectura con la oración. (...) Que ame los Libros divinos en vez de las joyas y los vestidos de seda" (Ep. 107, 9.12). Con la meditación y la ciencia de las Escrituras se "mantiene el equilibrio del alma" (Ad Eph., prólogo). Sólo un profundo espíritu de oración y la ayuda del Espíritu Santo pueden introducirnos en la comprensión de la Biblia: "Al interpretar la sagrada Escritura siempre necesitamos la ayuda del Espíritu Santo" (In Mich. 1, 1, 10, 15).

Así pues, San Jerónimo, durante toda su vida, se caracterizó por un amor apasionado a las Escrituras, un amor que siempre trató de suscitar en los fieles. A una de sus hijas espirituales le recomendaba: "Ama la sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes" (Ep. 130, 20). Y añadía: "Ama la ciencia de la Escritura, y no amarás los vicios de la carne" (Ep. 125, 11).

Para San Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Nunca podemos leer nosotros solos la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error. La Biblia fue escrita por el pueblo de Dios y para el pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el pueblo de Dios podemos entrar realmente con el "nosotros" en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere comunicar. Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica.

No se trata de una exigencia impuesta a este Libro desde el exterior; el Libro es precisamente la voz del pueblo de Dios que peregrina y sólo en la fe de este pueblo podemos estar, por así decir, en el tono adecuado para comprender la sagrada Escritura. Por eso, San Jerónimo exhortaba: "Permanece firmemente adherido a la doctrina de la tradición que te ha sido enseñada, para que puedas exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen" (Ep. 52, 7). En particular, dado que Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro, todo cristiano —concluía— debe estar en comunión "con la Cátedra de San Pedro. Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia" (Ep. 15, 2). Por tanto, abiertamente declaraba: "Yo estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro" (Ep. 16).

San Jerónimo, obviamente, no descuida el aspecto ético. Más aún, con frecuencia reafirma el deber de hacer que la vida concuerde con la Palabra divina, y sólo viviéndola encontramos también la capacidad de comprenderla. Esta coherencia es indispensable para todo cristiano y particularmente para el predicador, a fin de que no lo pongan en aprieto sus acciones, cuando contradicen el contenido de sus palabras.

Así exhorta al sacerdote Nepociano: "Que tus acciones no desmientan tus palabras, para que no suceda que, cuando prediques en la Iglesia, alguien en su interior comente: "¿por qué entonces tú no actúas así?" ¡Qué curioso maestro el que, con el estómago lleno, diserta sobre el ayuno! Incluso un ladrón puede criticar la avaricia; pero en el sacerdote de Cristo la mente y la palabra deben ir de acuerdo" (Ep. 52, 7).

En otra carta, San Jerónimo reafirma: "La persona que se siente condenada por su propia conciencia, aunque tenga una espléndida doctrina, debería avergonzarse" (Ep. 127, 4). También con respecto a la coherencia, observa: el Evangelio debe traducirse en actitudes de auténtica caridad, pues en todo ser humano está presente la Persona misma de Cristo. Por ejemplo, dirigiéndose al presbítero Paulino —que después llegó a ser obispo de Nola y santo—, San Jerónimo le da este consejo: "El verdadero templo de Cristo es el alma del fiel: adorna este santuario, embellécelo, deposita en él tus ofrendas y recibe a Cristo. ¿Qué sentido tiene decorar las paredes con piedras preciosas, si Cristo muere de hambre en la persona de un pobre?" (Ep. 58, 7).

San Jerónimo concreta: es necesario "vestir a Cristo en los pobres, visitarlo en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, acogerlo en los que no tienen una casa" (Ep. 130, 14). El amor a Cristo, alimentado con el estudio y la meditación, nos permite superar todas las dificultades: "Si amamos a Jesucristo y buscamos siempre la unión con él, nos parecerá fácil incluso lo que es difícil" (Ep. 22, 40).

San Jerónimo, definido por Próspero de Aquitania, "modelo de conducta y maestro del género humano" (Carmen de ingratis, 57), nos ha dejado también una enseñanza rica y variada sobre el ascetismo cristiano. Recuerda que un compromiso valiente por la perfección requiere vigilancia constante, frecuentes mortificaciones, aunque con moderación y prudencia, trabajo intelectual o manual asiduo para evitar el ocio (cf. Epp. 125, 11 y 130, 15), y sobre todo obediencia a Dios: "No hay nada que agrade tanto a Dios como la obediencia (...), que es la más excelsa de las virtudes" (Hom. de oboedientia: CCL 78, 552).

En el camino ascético pueden entrar también las peregrinaciones. En particular, San Jerónimo impulsó las peregrinaciones a Tierra Santa, donde los peregrinos eran acogidos y alojados en edificios surgidos junto al monasterio de Belén, gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, hija espiritual de San Jerónimo (cf. Ep. 108, 14).

No hay que olvidar, por último, la contribución ofrecida por San Jerónimo a la pedagogía cristiana (cf. Epp. 107 y 128). Se propone formar "un alma que tiene que convertirse en templo del Señor" (Ep. 107, 4), una "joya preciosísima" a los ojos de Dios (Ep. 107, 13). Con profunda intuición aconseja preservarla del mal y de las ocasiones de pecado, evitar las amistades equívocas o que disipan (cf. Ep. 107, 4 y 8-9; también Ep. 128, 3-4). Sobre todo exhorta a los padres a crear un ambiente de serenidad y alegría entre sus hijos, a estimularlos en el estudio y en el trabajo, también con la alabanza y la emulación (cf. Epp. 107, 4 y 128, 1), a animarlos a superar las dificultades, favoreciendo en ellos las buenas costumbres y preservándolos de las malas porque —dice, citando una frase de Publilio Siro que había escuchado en la escuela— "a duras penas lograrás corregirte de las cosas a las que te vas acostumbrando tranquilamente" (Ep. 107, 8).

Los padres son los principales educadores de sus hijos, sus primeros maestros de vida. Con mucha claridad, san Jerónimo, dirigiéndose a la madre de una muchacha y luego al padre, advierte, como expresando una exigencia fundamental de toda criatura humana que se asoma a la existencia: "Que encuentre en ti a su maestra, y que en su inexperta niñez te mire a ti con admiración. Que nunca vea en ti ni en su padre actitudes que la lleven al pecado por imitación. Recordad que (...) podéis educarla más con el ejemplo que con la palabra" (Ep. 107, 9).

Entre las principales intuiciones de San Jerónimo como pedagogo hay que subrayar la importancia que atribuye a una educación sana e integral desde la primera infancia, la peculiar responsabilidad que reconoce a los padres, la urgencia de una seria formación moral y religiosa, y la exigencia del estudio para lograr una formación humana más completa.

Además, un aspecto bastante descuidado en los tiempos antiguos, pero que San Jerónimo considera vital, es la promoción de la mujer, a la que reconoce el derecho a una formación completa: humana, académica, religiosa y profesional.

Y precisamente hoy vemos cómo la educación de la personalidad en su integridad, la educación en la responsabilidad ante Dios y ante los hombres, es la auténtica condición de todo progreso, de toda paz, de toda reconciliación y de toda exclusión de la violencia. Educación ante Dios y ante los hombres: es la sagrada Escritura la que nos ofrece la guía de la educación y, por tanto, del auténtico humanismo.

No podemos concluir estas rápidas observaciones sobre este gran Padre de la Iglesia sin mencionar la eficaz contribución que dio a la salvaguarda de los elementos positivos y válidos de las antiguas culturas judía, griega y romana en la naciente civilización cristiana. San Jerónimo reconoció y asimiló los valores artísticos, la riqueza de los sentimientos y la armonía de las imágenes presentes en los clásicos, que educan el corazón y la fantasía despertando sentimientos nobles.

Sobre todo, puso en el centro de su vida y de su actividad la palabra de Dios, que indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad. Por todo esto no podemos menos de sentirnos profundamente agradecidos a San Jerónimo, precisamente en nuestro tiempo».



27 de septiembre de 2025

27 de septiembre: San Vicente de Paúl

En la «Memoria litúrgica de San Vicente de Paúl, patrono de las organizaciones caritativas católicas», recordamos unas palabras de Benedicto XVI pronunciadas en septiembre de 2010 en Castelgandolfo:

«En la Francia del 1600, precisamente, conoció de primera mano el fuerte contraste entre los más ricos y los más pobres. De hecho, como sacerdote, tuvo ocasión de frecuentar tanto los ambientes aristocráticos como los campos, igual que las barriadas de París. Impulsado por el amor de Cristo, Vicente de Paúl supo organizar formas estables de servicio a las personas marginadas, dando vida a las llamadas «Charitées», las «Caridades», o bien grupos de mujeres que ponían su tiempo y sus bienes a disposición de los más marginados. De estas voluntarias, algunas eligieron consagrarse totalmente a Dios y a los pobres, y así, junto a santa Luisa de Marillac, san Vicente fundó las «Hijas de la Caridad», primera congregación femenina que vivió la consagración «en el mundo», entre la gente, con los enfermos y los necesitados.

Queridos amigos, ¡sólo el Amor con la «A» mayúscula da la verdadera felicidad!».

La imagen de San Vicente de Paúl de esta entrada es la misma que aparece en la entrada de 2018, pero fotografiada  el 28 de septiembre del año pasado, cuando estaba ubicada excepcionalmente (justamente con motivo de su fiesta) en el presbiterio de la iglesia de la Medalla Milagrosa. 

La foto que vemos a continuación, tomada en la misma ocasión,  es singularmente expresiva al mostrar a un mismo tiempo a Cristo en la Cruz, a su Madre en la advocación de la Medalla Milagrosa, y a nuestro santo de hoy.

25 de septiembre de 2025

Jueves de la Semana XXV Durante el Año

 


Pese a lo que señala el título de esta artículo de la revista Liturgia,  esta meditación se corresponde con las lecturas de hoy, Jueves XXV Durante el Año, impar, cuya Primera Lectura (Ageo 1, 1-8) dice:

    

En el segundo año del rey Darío, el primer día del sexto mes, la palabra del Señor fue dirigida, por medio del profeta Ageo, a Zorababel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, y a Josué, hijo de Iehosadac, el Sumo Sacerdote, en estos términos:

Así habla el Señor de los ejércitos: Este pueblo dice: «Todavía no ha llegado el momento de reconstruir la Casa del Señor». Y la palabra del Señor llegó, por medio del profeta Ageo, en estos términos:

¿Es este acaso el momento de que ustedes vivan en sus casas revestidas de madera, mientras esta Casa está en ruinas? Ahora bien, así habla el Señor de los ejércitos: ¡Consideren la situación en que se encuentran! Ustedes han sembrado mucho, pero han cosechado poco; han comido, pero no se han saciado; han bebido, pero no han apagado su sed; se han vestido, pero no se han abrigado; y el asalariado ha puesto su jornal en saco roto.

Así habla el Señor de los ejércitos: Suban a la montaña, traigan madera y reconstruyan la Casa; yo la aceptaré gustoso y manifestaré mi gloria.


Transcribimos a continuación la "meditación" de la hermana María Cándida Cymbalista osb, escrita hace aproximadamente 50 años. La ilustramos con imágenes de la iglesia Nuestra Seora de Belén, en cuyo frente se lee la frase "Haec est domus Domini", "Esta es la casa del Señor".





Publicado en la revista Liturgia. Sin referencias de fecha. De nuestros archivos en papel.


24 de septiembre de 2025

24 de septiembre: San Vicente María Strambi

De un misal pasionista tomamos la siguiente información acerca de San Vicente María Strambi, cuya Memoria se celebra hoy:

Nació en Civitavecchia en 1745. Al poco tiempo de su ordenación sacerdotal ingresó en la Congregación Pasionista, recientemente fundada. Trabajó en favor de la promoción de la vida cristiana, mediante la predicación de la Pasión de Cristo, recorriendo casi toda Italia. Compuso libros de carácter doctrinal y piadoso. Entre estos últimos, sobresale el folleto sobre la Preciosísima Sangre. Se distinguió como director de almas. Con su consejo ayudó, entre otros, a San Gaspar del Búfalo y la Beata Ana María Taigi.

Consagrado Obispo de Macerata y Tolentino, promovió con celo apostólico la reforma del clero y del pueblo, actuando como verdadero pastor de su rebaño. En los conflictos políticos de su tiempo, se mostró como intrépido defensor de la libertad de la Iglesia, prefiriendo el destierro al juramento de fidelidad a las usurpaciones napoleónicas. Vuelto a su diócesis, brilló aún más su solicitud pastoral y su gran caridad con los pobres. El papa León XII lo llamó al Quirinal como consejero. Allí murió el 1° de enero de 1824, después de haberse ofrecido al Señor en lugar del Papa gravemente enfermo. Sus despojos mortales reposan desde 1957 en Macerata.

La estatua del santo se encuentra en el frente de la iglesia porteña dedicada a la Santa Cruz. 

19 de septiembre de 2025

19 de septiembre: San Jenaro

En 2018 nos ocupamos de este popular santo, destacando, sobre todo, el milagro de la licuefacción de su sangre, que se repite tres veces por año. De ello se deriva su atributo iconográfico principal: dos ampollas con sangre que el obispo sostiene en sus manos.

Hoy vemos un vitral en la iglesia de San Ramón Nonato; tomamos su biografía de Vatican News

«Nacido en Nápoles o quizás en Benevento en la segunda mitad del siglo III, Jenaro ya era obispo de la ciudad a la edad de treinta años».  «Era amado por los fieles y respetado por los paganos por sus obras de caridad hacia los pobres, entre los que no hacía ninguna distinción. Estamos en el primer período del imperio de Diocleciano, cuando a los cristianos aún se les concedía cierta libertad de culto e incluso se les permitía aspirar a altos cargos civiles. Pero poco después, en el 303, todo cambió y los cristianos se convirtieron en el enemigo por erradicar.

La tradición más acreditada afirma que el episodio que llevó al martirio de Jenaro tuvo lugar a principios del siglo IV, con la reanudación de la persecución contra los cristianos. Durante algún tiempo Jenaro había sido un gran amigo de Sosio, diácono de la ciudad de Miseno. Un día, mientras Sosio leía el Evangelio en la iglesia, Jenaro tuvo una visión: una llama sobre la cabeza de Sosio. La llama era el símbolo del amor ardiente que lo habría conducido al martirio. Jenaro dio gracias al Señor y pidió tener el mismo amor ardiente y el mismo destino. El obispo, por lo tanto, invitó a Sosio a la visita pastoral que planeaba hacer a Pozzuoli, para compartir la vida de la fe; el diácono partió, pero durante el viaje se le acercaron los guardias enviados por Dragoncio, gobernador de Campania, y fue encarcelado. En la cárcel recibió la visita de Jenaro que estaba acompañado por el diácono Festo y el lector Desiderio: los tres trataron de interceder por la liberación de Sosio, pero en respuesta recibieron la injusta sentencia de ser echados como alimento a los osos, los cuatro juntos. La noticia de la inminente y pública condena a muerte, sin embargo, no fue bien recibida por el pueblo y por eso, temiendo una revuelta, el gobernador la cambió en una decapitación "más discreta", lejos de los ojos del pueblo. Por si fuera poco, todavía se añadirá el martirio de Próculo, diácono de la iglesia de Pozzuoli, y de los fieles Eutiques y Acucio que habían criticado públicamente la ejecución.

(...) 

Como era costumbre durante la ejecución de los mártires, también a la muerte de Jenaro una mujer, Eusebia, llegó y recogió en dos ampollas la sangre derramada por el obispo, ya en olor de santidad. Se las entregó al obispo de Nápoles, que hizo construir dos capillas en honor de tales reliquias: S. Gennariello al Vomero y S. Jenaro en Antignano. El cuerpo, en cambio, fue enterrado primero en la campiña marciana, y luego sufrió un primer traslado en el siglo V, cuando el culto al santo ya estaba muy difundido. Jenaro será canonizado por Sixto V en 1586. En cuanto a la reliquia de la sangre, ésta fue expuesta por primera vez en 1305, pero el milagro de que ésta adquiera el estado líquido y parezca que está hirviendo, estado en el que permanece durante la siguiente octava, ocurrió por primera vez el 17 de agosto de 1389, después de una grave hambruna. Hoy el milagro se repite tres veces al año: el primer sábado de mayo, en memoria del primer traslado; el 19 de septiembre, en la memoria litúrgica del santo y la fecha de su martirio; y el 16 de diciembre que conmemora la desastrosa erupción del Vesubio en 1631, bloqueada tras la invocación del santo». 

Esas dos ampollas están guardadas en un estuche de plata en la Capilla del Tesoro de San Jenaro en la Catedral de Nápoles.

18 de septiembre de 2025

Jueves de la Semana XXIV Durante el Año

Este es el texto evangélico que se lee hoy, Jueves de la Semana XXIV del Tiempo Ordinario:

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!».

Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte».

«Di, Maestro!», respondió él.

«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?».

Simón contestó:

«Pienso que aquel a quien perdonó más».

Jesús le dijo: «Has juzgado bien».

Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: 

«¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».

Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».

Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?».

Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».


La escena está bellamente representada en un vitral (sin luz exterior) de la Basílica de la Merced, el cual además recoge dos frases del Maestro en la perícopa: "Los pecados te son perdonados"; "Tu fe te ha salvado".